Escena del filme Así es Mi Tierra (1937). Imagen adaptada de obtenida de la edición #50–Charrería– de la revista Artes de México

 

¿No les queda otro camino que adornarnos?

Caballeros, ¿y si les decimos que no queremos ser adoradas?

No nos malentiendan, queremos su cariño y respeto, pero estar malabareando entre ser “ese obscuro objeto de su deseo” y a la vez un símbolo de todo lo que ustedes no pueden ser porque su hombría los inclina a ser menos “angelicales” que nosotros,  pues nos trae un poco mareadas y hasta confundidas.

El que se nos trate como ídolos cuando somos tan de carne y hueso como un varón—aquel que con fascinación nos ha escrito bellas letras que cualquiera de nosotras canta con gusto con una buena dosis de mariachi, tequila y amigos—puede salirnos más caro de lo que nos damos cuenta.

¿Qué implica ser una mujer divina?

Rocío nos ofrece una exploración al respecto a partir del El laberinto de la soledad (1950), donde Octavio Paz plasmó sus reflexiones sobre los mexicanos, sin querer queriendo , sobre las mexicanas también.

-Pilar

Encuentro  con el laberinto

Llega el momento en la vida de todo mexicano, en el que, ya sea por inspiración divina, patriotismo puro, obligación escolar o curiosidad genuina, obtiene y lee El laberinto de la soledad de nuestro ¡salve, oh, nuestro único Premio Nobel de Literatura!: Octavio Paz.

Nuestro primer sentimiento al abrir esa destartalada—¿o flamantemente nueva? —copia de dicho conjunto de ensayos, es el de estar repitiendo un ritual, pues, ¿cuántas generaciones de mexicanos antes que nosotros no han ya explorado y saboreado esa apasionante indagación de nuestra caótica identidad nacional?

Las palabras de Paz no reflejan ya sólo su época y generación, sino todas las épocas y generaciones de todo mexicano que ha sentido y vivido su prosa con gusto o disgusto. Uno mismo sin saberlo, va coloreando cada palabra que lee con el influjo de su tiempo. Así, El laberinto… no se siente nunca “fuera de nuestro tiempo” sino parte del tiempo universal del ser mexicano.

“El mexicano frecuenta [a la muerte], la acaricia, la festeja (…) es su amor más permanente”, nos dice el autor, e inmediatamente pensamos en la gran cantidad de altares de muertos que hemos visto o ayudado a poner en nuestra vida, pensamos en las calacas catrinas y en el mercado del día de muertos del Parque Morelos (para aquellos que, como yo, crecieron en Guadalajara), o en la mística experiencia que es celebrar la mexicana muerte en Janitzio, Michoacán. Nos sentimos identificados.

El mexicano vive y sale de su soledad en la fiesta, el mexicano tiene un lenguaje secreto y “mágicamente ambiguo” en las groserías, el mexicano ama las máscaras, el mexicano ama el albur. ¡Sí, sí, sí! Aclamamos y asentimos, mientras disfrutamos de la colorida poesía que utiliza Paz para delinear nuestro carácter. Todo eso somos, bien dicho.

Hasta aquí vamos bien, pero si “el mexicano” que se encuentra embelesado por las palabras de Octavio Paz es mujer, en algún punto de su lectura se da cuenta que cuando el autor habla del mexicano, se está refiriendo al mexicano varón, es decir,  no está utilizando el termino genéricamente neutro para hablar de todo habitante de México.

No, no. Está hablando del mexicanO, del hombre, del macho.

Por contraste, son pocos y bastante desperdigados, los párrafos que describen el carácter de la mexicana. Ella no es para vivir la fiesta, o amar el albur, decir groserías, construir, crear o actuar−y así contribuir a delinear el perfil nacional−oh no.

¿Y por qué? Porque la mujer, descrita así por Octavio Paz en su colección de ensayos, no funciona como principio activo en su mundo, sino como la máxima figura estática.

 

“Es broma”: de folclor con tintes machistas en un baño de una tienda en una localidad rural de Jalisco. Foto:  Pilar Gómez

La pasividad de la mexicana

Miren nomás esta cita:

La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y sensualidad masculina esculpen 

(Paz, Madrid: Cátedra, 2010, p.173)

Chale… ¿Por qué se atreve nuestro gran poeta a utilizar semejante elección de palabras para describir el papel de la mujer en México? Es simple: porque así lo observaba en su diario acontecer.

En el segundo ensayo de este libro, “Máscaras mexicanas” el autor propone que la soledad del mexicano se debe a que éste siempre trae puesta una máscara, ya sea ésta de alegría, de virilidad, de entereza o de valor, y  “solamente en la soledad se atreve a ser” (p. 208).

Una de estas máscaras es la del macho mexicano. Éste encierra muchas características particulares: es cerrado, hermético, alburero, dominante, de carácter fuerte y no sentimental. Lo que es más importante, es el escultor de su realidad.

Así, al macho le corresponde atenerse a estas características de su ser como exclusivas e imperantes de su sexo, y por consecuencia,  modela con el deleite de su imaginación el perfil del sexo opuesto.

El macho mexicano funciona como principio activo de su mundo. Crea, impone, destruye y construye. Necesita entonces un contraparte pasivo, que le funcione como principio de estabilidad.

Un “cuerpo que duerma hasta que se le despierte” (p.173), de “materia fácil” y maleable, blanda y abierta frente al hermetismo y dureza que se ha propuesto el varón. El hombre mexicano ve esto así en aquella que es su contraparte por naturaleza: la mujer.

Así lo plasmo Paz en 1950. ¿Será que así lo vemos en nuestro transcurrir diario en el México del siglo XXI? Claro que sí, está impregnada en varias áreas de la realidad nacional. Ahí les va un ejemplo:

Imagínense, por favor, un salón bien ventilado—a veces no tanto—repleto de adolescentes con faldas a cuadros, de una de las muchas preparatorias femeniles privadas de nuestro país. ¿El nombre de la materia? “Orientación vocacional”.

La maestra recalca la imperante necesidad de conseguir una licenciatura: “Recuerden niñas. Es muy, muy, muy importante que estudien y obtengan un título”

Asentimos, ¡claro que lo es! Todas en este salón tenemos sueños, aspiraciones, metas que cumplir. Conocimientos por obtener, nuevos mundos por explorar…

La maestra continúa, “…porque… ¡nunca saben! Las puede dejar el marido o pueden enviudar….”

¿Qué, qué? Pues claro, un título profesional para nosotras, no debía ser más que un ahí por si las moscas. 

Ella no esperaba que fuéramos principios activos de nuestro mundo: que construyéramos o contribuyéramos a la sociedad a través de nuestro esfuerzo y trabajo profesional, no no. Sólo si, por una muy muy mala suerte, el principio activo de nuestro mundo (ese esposo que imperantemente hay que encontrar) desapareciera, entonces sí, hay que ser principio activo nosotras. Ni modo, mis chavas, así es la vida.

Mujeres divinas

Repetidamente, Paz nos deja claro que, para el mexicano, lo “abierto” y lo “cerrado” funcionan como paradigmas de perfección e imperfección. La mujer, ser abierto frente al cerrado macho, es entonces constitucionalmente imperfecta. El macho de verdad cree que la mujer es inferior, por ser mujer.  “Su inferioridad”, nos dice el autor, “radica en su sexo, en su ‘rajada’, herida que jamás cicatriza” (p. 165), y por lo mismo, ésta es material de construcción a disposición de él.

Ya establecida la mujer como arcilla de modelar para el hombre mexicano, natural e incuestionablemente, éste se dedica a fabricar de ella lo que le parece propicio.

Una  de las figurillas que el macho mexicano ha generado, es la de la mujer-ídolo. “Mujeres o mujeres tan divinas,” canta Vicente Fernández, “no queda otro camino que adorarlas”.

Catrinas, no mujeres divinas en www.oddcatrina.com

Hablemos del idolo femenino en el aspecto romántico,  foco de tantos dichos y canciones populares. El macho mexicano necesita un faro hacia donde apuntar sus afectos. Entonces torna su vista a su pasivo ser abierto, a la mujer; ella, que siempre está abierta a sus cariños, a sus atenciones, a sus anhelos y a sus ilusiones. Pero su posición de ídolo (no mujer de carne y hueso) es imperante. “No tiene deseos propios” (p,172), expresa Paz, pues es peligroso que los tenga.

¿Qué tal su uno de esos deseos fuera el no recibir o corresponder los afectos y anhelos del hombre?  Y entonces, ¿pa’ qué somos buenas?, pensaría el macho.

La mujer como ídolo romántico falto de deseos propios, debe ser pues un ser estático a la que no se le debe mover ni un pelo. Ella no funciona con acción y voluntades propias, puesto que el ídolo no puede ser imperfecto y movimiento implica imperfección; un ídolo no puede tener iniciativa, porque así deja de ser candidata a diosa.El movimiento no sólo implica  imperfección, sino lo que es más: implica cercanía y el ídolo solo es deseable cuando es inalcanzable, en su calidad de ideal.

Esto demuestra la incongruencia en la visión machista de la feminidad: profundamente inferior pero perfectamente idealizada al mismo tiempo.

Depositaria y transmisora

Otra de las figurillas que ha creado el macho mexicano es la de mujer como parámetro moral. Al hombre mexicano  nunca le ha dado vergüenza el admitir sus fallas morales, pero cuidado, es cruelmente intolerante con las de la mujer.

Esto es porque, aclara Paz, ella debe funcionar como compás moral; no como creadora de los valores o virtudes (esto la convertiría en principio activo), sino como depositaria y transmisora de aquellos que “le confía la naturaleza o la sociedad” (p.171).

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Al no tener deseos propios, como ya mencionaba, no debe estar en peligro de caer, pecar o deformarse. Aquella mujer que lo hace, es repudiada irremediablemente por todos−hombres y mujeres− pues ha fallado a su mismo propósito: actuó en lugar de permanecer pasiva (p.174).

¿Si lo ven?

“Qué mal se oyen las niñas diciendo groserías”

“Niñas, se ven feas fumando”

“Qué asco las zorras que van a buscar a los hombres”

“Niñas, qué pena dan cuando se emborrachan”

Frases que escucha una, y curiosamente, nunca con sujeto masculino.

La vida de la mujer como principio estático se define por el debe. “Ante  el escarceo erótico, debe ser ‘decente’; ante la adversidad, ‘sufrida’” (p. 174), apunta Paz. Debe siempre recibir y atender al hombre, debe sonreír y verse bonita para éste, debe cuidar de los hijos y no avergonzar al marido. Debe ante todo funcionar como lo que es: materia esculpida por el hombre, inferior por naturaleza.

¿Se preguntan, acaso, si todavía somos consideradas primordialmente depositarias y transmisoras en lugar de constructoras y creadoras? Pues, sí.

Otro ejemplo del baúl de los recuerdos, una joyita que obtuve de mi maestra de Geografía Política, Historia de México, Metodología de la Investigación y (para mi gran desgracia y por un muy corto tiempo) Filosofía.

Ella nos decía que una señorita escribe siempre con pluma fuente. Así es: “Dime con que escribes y te diré quién eres” nos repetía atribuyéndole el dicho a García Márquez (le daré el beneficio de la duda…).

No es de sorprender que para ella era más importante enseñarle a esa excelente “depositaria y transmisora pasiva” de Paz con qué escribir y no qué y cómo. Mi maestra no esperaba que nos conocieran por el contenido de nuestros escritos, pero si le daba horror pensar que nos pudieran sorprender escribiendo con plumas Bic.

El camino por delante

El problema de la concepción machista de la feminidad mexicana, tan acertadamente descrita por Octavio Paz en su colección de ensayos y tristemente aún vigente, radica, por supuesto, en que el macho pasa por alto el pequeñísimo detalle de que la mujer es esencialmente tan humana como el hombre.

No puede funcionar como el parámetro moral por excelencia porque tiene la misma tendencia a fallar que éste; no puede funcionar como el ídolo perfecto, porque tiene voluntad propia que la mueve hacia sus propios fines y sobre todo, no puede regir sus acciones por el estruendoso “debe” que le impone el macho, porque se encuentra a sí misma igual de racional que éste.

Tan sólo tres años después de la publicación de El laberinto de la soledad, el 17 de octubre de 1953, el presidente Adolfo Ruiz Cortines promulgó las reformas constitucionales que hicieron posible que todas nosotras pudiéramos votar. El papel activo de la mujer dentro de la sociedad en México avanza. A vuelta de rueda, opinarían muchos. Pero lo hace.

La mujer es vida, es acción, es movimiento, es creación, es destrucción, es bondad, es maldad, es todo y es nada. Es ella. Es. Es de manera profunda y verdadera, igual que el hombre, en su calidad de ser humano. No es para el hombre, ni por el hombre, sino como él y junto a él. La catrina, que no mujer divina, sabe esto.

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