“De que Nahui Olin tenía el mar en los ojos no cabe la menor duda. El agua salada se movía dentro de las dos cuencas, y adquiría la placidez del lago o se encrespaba furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas del mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”.

Elena Poniatowska

A principios del siglo pasado, por las calles de la Ciudad de México derrochaba glamour la enigmática Nahui Olin. Musa, poeta y artista, sedujo a una generación entera con sus enormes ojos verdes y mirada penetrante. Algunos se preguntan si acaso su belleza arrebatadora no distrae de su obra poética sus pinturas, lo cual sería una pena, en verdad, puesto que  Nahui Olin pinta—se pinta y la pintamos todos—como una figura fantástica en nuestra mitología nacional.

Bautizada con el nombre de María de Carmen Mondragón, nació en el seno de una acaudalada familia capitalina a finales del siglo XIX. Como toda niña rica de la época atendió a una escuela de monjas de la cual, según cuenta el poco fiable Diego Rivera (así lo califica Beatriz Espejo, en su artículo sobre la pintora que puedes leer aquí), se escapaba constantemente para encontrarse con sus diversos amores (entre ellos Rivera, si su testimonio ha de creerse).

Su padre, el general Manuel Mondragón participó en el asesinato del presidente Francisco I. Madero junto con Victoriano Huerta en la rapaz lucha por el poder de los años de la Revolución Mexicana. Cuando Huerta llegó al poder nombró al padre de Carmen Secretario de Guerra y Marina, pero pronto cayó de su gracia y Mondragón tuvo que exiliarse, con todo y su familia, al Viejo Continente, donde estuvieron primero en Francia y luego en España.

La vida de la señorita Mondragón, según se cuenta, era todo un torbellino de experiencias torrentosas y arduas pasiones.  Se casó a los veinte años con un novio de diecisiete—entonces cadete militar, más tarde pintor, el tocayo de su padre, Manuel Rodríguez Lozano— a quien conoció en la Madre Patria, y de quien se cuentan historias igual de truculentas.

Nahui Olin: belleza en la provocación en www.oddcatrina.com

Ante la belleza hipnótica de Nahui Olin cayeron rendidos artistas como el Dr. Atl, Diego Rivera y el fotógrafo americano Edward Weston.

Mondragón y Lozano fueron pintores autodidactas, y al viajar a Paris se empaparon de los movimientos artísticos de la época, y conocieron a pintores como Pablo Picasso y Henri Matisse.

Se dice que el suyo no fue un matrimonio feliz, su unión sin duda destrozada por la muerte de su hijo aún de cuna. La causa de la muerte es altamente disputada: que si lo mató la misma Carmen en un ataque digno de La Llorona al enterarse de la homosexualidad del marido, que si fue un accidente, que si fue muerte de cuna. En fin, murió el niño y con él el matrimonio.

Ya en México, por ahí de 1921, Carmen Mondragón conoció al pintor tapatío Gerardo Murillo—conocido por sus paisajes y retratos de volcanes— y éste quedó irrevocablemente prendado de su belleza e intrepidez. Acto seguido decidió rebautizarla; así como él había escogido para sí mismo el nombre náhuatl Atl (Dr. Atl), a Carmen la llamó Nahui Olin, que es el quinto y último sol del calendario azteca, imagen que evoca una era de transformación y movimiento.

Conocí a Nahui Olin por primera vez en una exposición en el museo de arte contemporáneo Rufino Tamayo llamada Olinka, o donde se crea el movimiento (que duró del 11 de diciembre de 2012 al 15 abril de 2013). La exposición recogía el trabajo de varios artistas mexicanos del siglo pasado, entre ellos Nahui Olin y el Dr. Atl.

Olinka, donde se crea el movimiento; Nahui Olin causa y principio de tantas grandes obras de arte, musa de artistas, inspiración de tantos poetas. El dinámico quinto sol de la mitología azteca toma un nuevo significado en la figura de la  joven mexicana de los fulminantes ojos verdes que tan fácilmente desafió el estatus quo de su época.

Se dice que fue la primera mujer en México en usar minifalda por cierto. Amó al Dr. Atl con pasión desmesurada y le celó constantemente también (cuenta el chisme popular que Nahui se ponía tan celosa de las admiradoras de Lozano que éste la rapó. Sí, el Dr. Atl suena encantador).

Plasmó sus delirios y placeres en cuadros que se han denominado estilo naif. Hizo de su vida un arte y el mundo se encargó de hacer arte a partir de su vida. Un bonito circulo simbiótico.

Aquí un fragmento del poema Bajo la mortaja de nieve duerme la Iztatzihuatl (léelo completo aquí), de Nahui Olin:

Bajo la mortaja de leyes humanas, duerme la masa mundial de mujeres, en silencio eterno, en inercia de muerte,y bajo la mortaja de nieve —son  la Iztatzihuatl, en su belleza impasible, en su masa enorme, en su boca sellada por nieves perpetuas,— por leyes humanas.

Comentarios