Por mucho tiempo le saqué la vuelta a Cien años de soledad (1967). Sentado apaciblemente sobre el librero del estudio, aquel libro de apariencia erudita, de pasta gruesa y colores sobrios, se me antojaba aburrido. Pero llegó el día (o más bien  el verano) en que me decidí por una buena vez adentrarme en el temido volumen y quedé eterna e irrevocablemente enamorada de Macondo y sus Buendía.

Para aquellas personas que como a mí, a pesar de haber oído el nombre de la novela epónima de Gabriel García Márquez hasta por los codos les da un poco de flojerilla o les intimida de alguna manera acercarse a ella, les dejo aquí cinco razones para no sólo leer sino amar Cien años de soledad.

 

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Gabriel García Márquez. Imagen compartida Flickr por Paul Sedra bajo la licencia de atribución de Creative Commons.

1. Gabriel García Márquez no escribe de manera pretenciosa

Cien años de soledad es un regalo para los sentidos y la imaginación. No esperen nada de cultismos elevados o lenguaje impenetrable al estilo de Alejo Carpentier.  Por algo es García Márquez mi escritor favorito del “boom latinoamericano”: no encuentra uno en él el menor rastro de pretensión. En otras palabras, no es un escritor fantoche. Y al no ser pretencioso es verdaderamente lírico, hay belleza en su simpleza. Sus palabras por ello se vuelven uno con la realidad: son verdaderas.

2.   No hay Aureliano que se parezca al otro, ni José Arcadio que se parezca al primero

Me acuerdo que una de mis compañeras de la preparatoria leía Cien años de soledad bajo su escritorio entre clases y trazaba complicados árboles genealógicos para hacer sentido entre los cientos de Aurelianos y José Arcadios de la familia Buendía. No cabe duda que son muchos los personajes que pueblan las páginas de la novela y muy parecidos sus nombres. Pero en eso recae su belleza: no hay un Aureliano que se parezca a otro. Ni un José Arcadio que se asemeje al primero, el fundador de Macondo. García Márquez rescata la complejidad y profunda individualidad del hombre al darles a todos los mismos nombres.

El mote “Aureliano”, “Amaranta”, “José Arcadio” o “Remedios” (y cualquiera combinación de estos) no hace a los personajes: estos se hacen a sí mismos. ¿En qué se asemeja la osada Meme Buendía a su inocente tía y tocaya Remedios la Bella? ¿Es que Aureliano Segundo se comporta de manera parecida al Coronel Aureliano Buendía? ¿Y qué decir del lacónico gigante José Arcadio y su enguerrillado hijo Arcadio?

 

3.   Identidad y herencia, ilusión y desengaños

Cien años de soledad es una novela de amor, de odio, de familia y del sentido de pertenencia. Es un libro que trata sobre revoluciones, traiciones y matrimonios. Sobre identidad y herencia: sobre ilusiones y desengaños. Es una novela que poco a poco se torna en la vida misma; el transcurso de los años, el crecimiento de Macondo y el nacimiento y muerte de Buendía tras Buendía se torna histórico entre lo ridículo y lo sobrio, lo mundano y lo sagrado, lo admirable y lo despreciable.

Tiene personajes apasionados e indiferentes, todos con distintas fijaciones: los Buendía belicosos buscan las guerras del Coronel Aureliano, los Buendía con aires académicos intentan descifrar los pergaminos de Melquíades, los Buendía lujuriosos sueñan con Amaranta.  La experiencia humana encuentra su representación en Macondo, en Úrsula y en Amaranta, en el último Aureliano y el primero.

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Foto: Nicole Dugas Ruiz.

4.   Macondo es Latinoamérica, y nuestro deber conocerlo

Y es que todo latinoamericano tiene el deber solemne de leer Cien años de soledad. De adentrarse en el torbellino de experiencias e ideas del ficticio pueblo de Macondo y encontrarse a sí mismo. Porque Macondo  ES Latinoamérica, su historia es la nuestra, sus vivencias, nuestras vivencias.

Macondo es Colombia, pero también es México: es Venezuela y es Ecuador, es Chile, tal vez Argentina. Todo Latinoamérica se identifica no sólo en el lente de magia con el que se aprecia lo real. Las revoluciones en las que pelean algunos Buendía son las revoluciones que enfrentaron nuestros jóvenes países al intentar hacerse de una identidad. La abrupta irrupción del capitalismo estadounidense en el aislado mundo de Macondo toma la forma de industria platanera y cada uno de nuestros países tiene su versión sin duda (en México un caso idéntico al sur del país). Así la voz de Cien años de soledad encuentra un correlato directo con cada uno de nosotros.

 

5.    Cien años… ES la novela de lo mágico en lo cotidiano

La belleza que entraña Cien años de soledad está en que García Márquez demuestra cómo las fronteras entre lo real y lo maravilloso se  difuminan en Macondo. Así, en la novela, un riachuelo de sangre recorre todo el pueblo hasta alcanzar de una madre que se entera de esta manera que su hijo ha muerto, una bella joven asciende al cielo entre los trapos blancos de la lavandería y una familia entera vive con el terror constante de parir un hijo que tenga una cola de cerdo. García Márquez lleva a su máximo esplendor el género iniciado por Carpentier, aquella narrativa que juega con esta disolución de las fronteras entre lo real y lo fantástico que se denomina “realismo mágico”.

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Macondo podría ser en cualquier lugar de Latinoamérica. Foto: Nicole Dugas Ruiz. Poblado de Benito Juárez en la Reserva Montes Azules, Chiapas.

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