Rocío se echa un clavado desde la Palapa de la Meditación en Akalki. Fotos: Pilar Gómez

Nuestro primer destino fue Bacalar, donde—desde cierto punto, a cierta hora del día con cierta dosis de sol—se pueden apreciar hasta siete tonalidades en su superficie, entre el azul profundo y el turquesa cristalino.

Cancún, Playa del Carmen y todo lo que se encuentra dentro de la Riviera Maya tiene su encanto, no lo negaré. Pero a veces me pregunto cómo se habrán visto hace unos treinta años o más, cuando el desarrollo no les había tocado la puerta. ¿Al ser más inhóspitas, se sentirían más paradisíacas?

Aún tenemos la Costa Maya para saciar nuestra sed por playas preciosas y selva inexplorada, libres de turismo prefabricado, y creo que ahora es el momento de aprovecharlo antes de que su aspecto cambie para siempre.

La ruta que seguimos en nuestro viaje por costas mexicanas hace unos meses fue Bacalar-Mahahual-Banco Chinchoro-Punta Herrero (en la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an)

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Ahora, para ir a la Costa Maya hay dos opciones: Volar vía Ciudad de México a Chetumal, la capital del estado de Quintana Roo, o manejar desde Cancún.

De la Ciudad de México a Chetumal hay que estar revisando las fechas y horarios de salida, pero generalmente hay entre uno o dos vuelos diarios tanto de ida como de regreso, en la mañana y en la noche. Si vuelas a Cancún y rentas un carro, tardarás unas 4 horas y media en llegar a la capital ( x381 kilómetros de trayecto).

El aeropuerto de Chetumal es chico, y los taxis para ir tanto a Mahahual como a Bacalar resultan caros y escasos. Lo que intentan hacer sus dueños es acomodarte con otras personas que vayan en la misma dirección que tú, a manera de colectivo, para que el precio se reduzca.

Bacalar

Nuestro primer destino fue Bacalar, donde—desde cierto punto, a cierta hora del día con cierta dosis de sol—se pueden apreciar hasta siete tonalidades en su superficie, entre el azul profundo y el turquesa cristalino.  Aquí, en “La laguna de los siete colores” Rocío escribió  “Este lado del paraíso”.

Nos quedamos en un hotel boutique ecológico, Akalki, cuyas chozas sustentables (alimentadas con energía solar) están construidas sobre la laguna. Literalmente sales de tu cuarto y te echas a nadar. Aquí puedes tomar kayaks para explorar la laguna, bicicletas para pasearte por la selva, además de disfrutar de un temazcal y un spa. El personal en Akalki es muy amable y flexible, además de que la comida es exquisita.

Akalki está retirado del resto del desarrollo de la laguna por lo que en los tres días que estuvimos en Bacalar sólo salimos una vez. Recorrimos la costanera hasta llegar al corazón de la localidad. Ahí puedes visitar las ruinas del fuerte de San Miguel Bacalar, construidas en 1729.

Otro atractivo que dicen vale la pena conocer (aunque nosotros no tuvimos la oportunidad) son los estromatolitos, fósiles de formas curiosas de bacterias primitivas. En Akalki te ofrecen el paseo y desde el centro de Bacalar también puedes contratar tours que te llevan en lanchas hasta ellos.

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Para comer rico en Bacalar, La Playita Comer.

Alrededor de la laguna hay muchas casas de verano de gente de Villahermosa y otras ciudades del sur del país. También puedes encontrar hotelitos y restaurantes. Nosotros comimos delicioso en uno que se llama La Playita Comer y lo recomendamos muchísimo.

Mahahual

La siguiente parada fue Mahahual, un paraíso de viajeros de onda relajada, varios de estos con un aire de esnobismo alternativo (un mesero italiano me dijo que venía huyendo de Playa del Carmen, y esperaba que Mahahual nunca tuviera algo parecido a la Quinta Avenida). Es un lugar ideal para aquellos amantes del buceo.

 En Mahahual, no más de tres hileras de calles se erigen frente a un mar piscinesco, protegido por el segundo arrecife de coral más grande del mundo después del Great Barrier Reef de Australia.

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En Yaya Beach, Mahahual.

En Mahahual no hay ningún hotel de cadena. El más grande se llama 40 Cañones. Nosotros nos quedamos en El Hotelito, nuestro anfitrión, Matteo Musicco, además de ser súper simpático y atento, nos dio consejos de cómo ir a lugares aledaños. En El Hotelito puedes desayunar pan tostado con mermelada, jugos, leche y café, pero hay muchos lugares ricos en las cercanías. Nosotros nos encontramos, retirado de la playa al interior del pueblo, con el Aroma, un local de una pareja de alemanes que cocinan y atienden personalmente a los comensales.

El Hotelito no tiene vista directa al mar, pero no la necesita. Está a pasos del malecón y uno puede reclamar cualquier pedacito de playa que le plazca. Como en Playa del Carmen, los masajes frente al mar son característicos de Mahahual. Además, hay muchos clubs de playa donde uno se puede echar a pasar el día.  Nosotros no salimos de Yaya Beach, donde día y noche  sirven tragos frescos acompañados de música que varia desde lounge hasta progressive house.

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Banco Chinchorro está conformado por un conjunto de atolones, o arrecifes de coral, algunos casi rozan la superficie.

Banco Chinchorro

Por supuesto, si llegas a Mahahual, un destino obligado es el Banco Chinchorro, un atolón de más de 40 kilómetros de largo que forma parte de la cadena de arrecifes que mencioné arriba. Toma nota: es más fácil conseguir un tour ya estando en Mahahual que reservando en internet o por teléfono con más tiempo. Nosotros estuvimos esperando dos horas (sí, dos largas horas) a una lancha que reservamos por teléfono que, finalmente, nunca llegó.

Regresamos a la playa decepcionados y justo cuando nos acomodamos en los camastros de 40 Cañones, se nos atravesó Álvaro, un alegre pescador de tez oscura y brillantes ojos verdes, quien nos ofreció llevarnos a pasar el día a Banco Chinchorro. Álvaro nos enseñó lugares para esnorkelear (ninguno de nosotros sabía bucear) y se echó al agua con nosotros para mostrarnos los nombres de los pececillos que nos econtrábamos. Algunos eran enormes, e intentaban esconderse detrás de plantas acuáticas de colores vibrantes.

Recuerdo que la tarde fue espectacular. Llegamos a un manglar en el centro del mar (no hay tierra que los divida), muy cerca del Cayo Centro, donde hay una pequeña isla. Platicamos con un par de pescadores que descansaban en sus refugios, y nos aterramos al ver que enormes cocodrilos convivían pacíficamente con ellos. En seguida descendimos a Cayo Centro, donde vivía una decena de familias de pescadores y un centro de investigación del La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.

Cayó la tarde y vimos un cocodrilo caminar entre las casas de los pescadores. Todos los que teníamos celular en mano comenzamos a perseguirlo de manera frenética para tomarle video hasta que un sensato cayó en la cuenta de la locura de perseguir a un reptil de ese tamaño. Los colores del atardecer en Chinchorro resultan aún para mí indescriptibles.

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Punta Herrero

A recomendación de Musicco, al día siguiente nos dirigimos a la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an, para pasar el día en Punta Herrero, una pequeña localidad de pescadores, donde puedes esnorkelear y comer una langosta exquisita. Son unos 80 kilómetros para llegar al acceso sur desde Mahahual, pero es importante mencionar que a partir de que uno entra a la reserva, el camino es pequeño, estrecho, de arena y muchos hoyos, por lo que llegar de Mahahual a Punta Herrero representa una odisea de por lo menos tres horas de ida y tres de regreso.

Al llegar al lugar, preguntamos a los pobladores cómo se podía esnorkelear. Un pescador se ofreció a prestarnos su equipo y llevarnos a las ruinas de un barco hundido. La experiencia fue emocionante pero espeluznante. La marea era fuertísima y daba la impresión que en cualquier momento uno se podría estrellar contra los restos oxidados del navío y  no llevábamos chaleco. Creo que no duramos más de 15 minutos sumergidos y la salida del agua fue vergonzosa porque la lancha en la que íbamos no tenía escaleras. Pero valió la pena la vista.

Nuestro guía no nos dejó hundirnos en nuestro fracaso y decidió mejor cambiar el panorama. Decidió llevarnos al conjunto de diminutas islas que se encuentran arriba de Punta Herrero. El agua de la lluvia había revuelto las aguas que en otro día se hubieran visto totalmente transparentes, pero aún así, la vista de ese paraje tan alejado de todo era exquisita. Descansamos un rato en una playa y luego regresamos a Punta Herrero, donde la esposa del pescador nos preparó una rica langosta casera, mientras sus hijas jugaban en el mar frente a nosotros.

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En el camino de regreso se nos ocurrió parar en una playa en medio de la espesa selva. Al llegar nos dimos cuenta de que la playa estaba llena de basura. Pero la basura no venía de turistas insensibles, sino que de varias partes del mundo (por la Costa Maya pasa el giro oceánico Columbus, que arrastra desechos de todos los rincones de la tierra). Comenzamos a leer las etiquetas, Nicaragua, Jamaica, Martinica y de repente: una lata de leche con caracteres arábigos.

Insólito Caribe Mexicano en www.oddcatrina.com Así terminó nuestro viaje. Llegamos a Mahahual con lluvia y un poco de melancolía al pensar que ni siquiera estos paraísos escondidos del resto de la civilización se escapan de nuestro afán por consumir y desechar. Al día siguiente salimos temprano de Mahahual para tomar nuestro vuelo desde Chetumal. Nos llevamos unas cuántas conchitas y cientos de imágenes de vivencias de esa idílica y exótica esquina de México.  

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