Globo sobre volando Amatitán. Fotografía por Ana Pau de la Borbolla

Pese a que soy del tipo de personas que funciona mejor temprano en las mañanas que entrada la noche, levantarme a las 4am en sábado fue toda una odisea.

Mi teléfono sonó media hora más tarde: “Ya llegué, córrele para llegar a tiempo”- me dijo mi novio con voz dormida pero alegre (y eso que a diferencia de mí, él no es una morning person) y fue entonces que comencé realmente a emocionarme. Cuarenta minutos más tarde y rodeados de la oscuridad de una noche sin luna, llegamos al Oxxo de las afueras de Amatitán, un pequeño pueblo hacia el noroeste del estado.

Ahí nos esperaba alegre y despierta Susana Aparicio, piloto y co-fundadora del proyecto Jalisco en Globo. Nos llevó entonces a una explanada; la luz del amanecer comenzaba a delatar el  cielo completamente despejado de una perfecta (y algo fría) mañana de primavera.

Entonces fue que vi, aún acostado y llenándose de aire con un ventilador inmenso, al globo aerostático que nos pasearía por el paisaje agavero en dirección al pueblo mágico de Tequila.

Mientras terminaba de estar listo, Susana comenzó a explicarnos las medidas de seguridad y un poco de la experiencia que estaríamos por vivir. “Volar en globo es, literal, flotar en el aire y dejar que el viento te mueva” y he de confirmar, que no pudo definirlo de forma más clara.

Ese día volarían dos globos, otra pareja en un globo grande y blanco y el nuestro, más pequeño y colorido. La canastilla era de tamaño suficiente para que estuvieran cómodos nosotros dos y Susana como nuestra piloto, aunque nos explicó que la compañía tiene además otros 5 globos, que varían en tamaño y capacidad hasta para 8 pasajeros. Dicho esto sentí el calor proveniente del quemador y lentamente nos separamos del suelo.

Despegamos a la hora perfecta. Era el pleno amanecer. El pequeño pueblo a nuestros pies apenas despertaba, pero eso sí, el ruido de los perros y gallos del lugar se volvía casi tan ensordecedor como el del quemador soltando bocanadas de aire caliente al interior del globo. “Al parecer siguen sin acostumbrarse a nuestro sonido” nos explicó Susana.

Amanecer en Amatitán. Foto: Ana Pau de la Borbolla

Bajo el lento y delicioso baño de luz dorada, las sombras dieron paso a formas más definidas, patios con fuentes al centro, techos con algo de maleza crecida sobre ellos, ropa colgada meciéndose suavemente con la brisa y un paisaje un poco más adelante que estaba para quitar el aliento. No me sorprendió saber, pocos días después, que fue nombrado patrimonio Cultural de la humanidad por la UNESCO en 2006. Bajo el baño dorado del amanecer, el campo cubierto de agaves se veía espectacular.

“Tenemos vuelos diarios, igual a esta hora, excepto durante los meses de lluvia” nos explicó Susana. Cuando le preguntamos qué era lo que más le gustaba de volar no dudó ni un segundo: “La navegación”. El buscar diferentes corrientes de aire, subirse a ellas, desplazarse, brincar de una corriente a otra dependiendo de la dirección a la que se desea ir; subir varios metros hacia el cielo o bajar hasta rozar con la canastilla los altos y majestuosos agaves, como sucedió repetidas veces en nuestro vuelo.

Sombras proyectadas en campo de agave. Foto: Ana Pau de la Borbolla

Ese día no había casi aire, así que pasamos varios minutos a la altura del campo, flotando y viendo silenciosamente cómo crecía y se proyectaba la sombra de nuestro globo sobre el paisaje, “Volar de esta manera, a esta altura sólo se puede hacer en globo”.

Entonces Susana sacó de una pequeña mochila una botella de vino espumoso, ¡A las 7 de la mañana!, y nos preguntó la ocasión especial. “Es por nuestro aniversario”, le dijo Eugenio. Y brindamos a esa temprana hora, justificando que ya pasaban de las 12pm en alguna parte del mundo.

Realmente  pienso no que pudo haber sido más perfecta la vista del campo al despertar, acompañados de aquel sabor dulce y burbujeante.

Corrimos la suerte que, a falta de que soplara mucho el aire ese día, el vuelo duró más de una hora. Cuando aterrizamos pasaban de las ocho de la mañana. Una vez que fue seguro bajarnos de globo, nos reunimos con los otros pasajeros.

El piloto, Julián Aparicio fundador de la empresa, jovialmente nos pasó un caballito, abrió una botella de tequila El Fogonero y, ante nuestras caras de sorpresa (y no puedo negar que algo de temor), justificó: “Allá arriba se brinda con vino, pero aquí abajo es obligación brindar con tequila”.

Globo sobre campo de agave. Foto por: Ana Pau de la Borbolla

La experiencia continuó con un desayuno bufete de comida mexicana, seguido de una visita por la fábrica de tequila amatitense El Fogonero para conocer más de la elaboración del tequila y de paso degustar un poco de sus productos.

Es desde 2010 que la empresa Jalisco en Globo (Razón Volando en Globo S.A de C.V.) hace este tipo de vuelos sobre los campos de agaves del estado, sin duda para asombrar y deleitar a quienes viven la experiencia, pero igual para dar a conocer a nivel mundial la región en la cual se procesa uno de los productos de origen mexicano más reconocidos a nivel internacional.

Hasta el momento la empresa ha volado sobre el valle de Tequila, en Teuchitlán y próximamente en Jamay, estado de Jalisco. En el resto de la República han volado en Aguascalientes, la laguna de Torreón, Durango y, en varias ocasiones, en el Festival Internacional de Globos de ciudad de Albuquerque, NM.

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