Tal vez sea a causa del clima húmedo y lluvioso de nubes grises pero luz blanca que me rodea, que recuerdo la llegada de un viaje a lugares inesperados, a parajes lejanos, a calles abarrotadas de gente, cafés y pan dulce o viñedos y campos bañados de brisa fresca.

Sentada en un jardín precioso, entre paredes de ladrillo mohoso y plantas que sostienen entre sus hojas gotas de la suave lluvia que me visitó hace un momento, mi mente viaja. Viaja lejos, aunque no demasiado, hasta hace unos cuantos años en los que la buena suerte me permitió disfrutar de un viaje con mi familia con destino a los castillos de la ruta del Loira y más allá.

Un roadtrip, como a mis papás tanto les gusta, con un coche para cinco personas más sus respectivas maletas y un gran mapa desplegado sobre el tablero del auto (aún no nos tocaba el bendito GPS), además de un par de discos para entretenernos en los largos tramos de carretera.

Ese viaje fue de Coldplay y su disco de X&Y. De hecho, muy probablemente fue con Speed of Sound o White Shadows que mis oídos disfrutaron al tiempo que mis ojos—a través de la ventana cubierta de grandes gotas de lluvia (como las que guardan las hojas del jardín en el que me encuentro)— vieron aquella fortaleza magistral que me dejó sin aliento como muy pocos lugares lo han logrado.

El Mont Saint-Michel (que debe su nombre a la antigua Abadía benedictina situada en su cúspide) llegó a ser ciudadela, prisión durante la Revolución Francesa y actualmente alberga en su interior una iglesia, capillas, restaurantes, casas, locales y hoteles para el deleite de más de 3 millones de turistas al año.

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foto por: AnaPau de la Borbolla

Este lugar se sitúa en la región de la Baja Normandía, al oeste de Francia y a orillas del río Couesnon sobre una isla mareal. ¿Cómo no emocionarse ante la maravilla de aquella isla que se ve privada de contacto con tierra firme durante unas horas al día?  No me sorprende que este lugar fuera de gran interés para los grandes conquistadores;  una fortaleza impenetrable, con una excelente vista desde su punto más alto.

Antes dependía de la marea el que se pudiese o no llegar o salir de ella, ahora una carretera permite el acceso todo el tiempo. Aun así en la zona en la que nos estacionamos advertimos un letrero que decía que debíamos ir por el auto antes de la hora de pleamar (alrededor de las 7pm en verano), de otro modo no se hacían responsables de la inevitable pérdida total del vehículo ante la subida de la marea.

En el momento en que crucé las grandes puertas de acceso tuve la sensación de viajar en el tiempo, de manera surrealista, hasta la Edad Media (con el misticismo de entrar a un mundo en tierras de Tolkien). Sus calles estrechas se encontraban abarrotadas de locales, de pequeñas tiendas con cuadros, vestimentas o accesorios (como espadas, dagas o esculturas) de épocas pasadas o mundos de fantasía como, precisamente, el Señor de los anillos.

foto por: AnaPau de la Borbolla

Niños corriendo, hombres mayores mirando desde el umbral de sus establecimientos, así como el turista evidente que se delata con sus pantalones cortos y la cámara al cuello eran algunos de los personajes que  hacían con cada paso más y más interesante el ascenso a la abadía que se encuentra en el punto más elevado de la isla.

El interior de la abadía es casi tan espectacular como su exterior: grandes techos de estilo gótico que delatan su antigüedad (por lo que investigué posteriormente los cimientos más antiguos datan de 1204), un jardín interior amplio que da, en uno de sus lados, a la sorprendente vista de la bahía que pudimos apreciar con mayor detalle una vez que llegamos a una de las terrazas .

Desde ahí se veía claramente una gran extensión de arena que pocas horas más tarde estaría en su totalidad cubierto de agua.

Patio interior. Foto por:AnaPau del a Borbolla

Recuerdo perfectamente la sensación de estar en esa pequeña cima, con la mirada recorriendo la entrada del agua y por el otro lado la vasta extensión de tierra verde.

Sentía calma, un silencio profundo de esos que recorren las terminaciones nerviosas y dejan a su paso una sensación de tranquilidad con tan sólo el sonido ululante del viento y las voces bajas de quienes se encontraban alrededor para matizar la afonía del recinto .

Tras permanecer ante aquella delirante vista unos buenos minutos, seguimos el recorrido, pasamos por salones de armas, grandes salas, comedores y pequeñas capillas. Cada nueva puerta significaba un agregado más a rincones húmedos y llenos de vida.

Foto por: AnaPau de la Borbolla

El viento nos seguía a través de las ventanas abiertas y cuando llegábamos a otras zonas al aire libre no tardaba en dejarnos en claro que estaba fundada en la verdad la fama de la región de ser extremadamente fría y lluviosa.

Una vez que terminamos de ver el monasterio, regresamos a las calles, nos entretuvimos entrando a varias tiendas y finalmente nos sentamos a disfrutar de una buena comida caliente como sólo los franceses saben hacer además de una vista inigualable.

Como suele suceder, más rápido de lo que habría deseado, llegó la hora de ir a rescatar el coche de la marea y fue con paso lento que me alejé de aquella pequeña ciudad que parece detenida en el tiempo.

No hay muchas maneras de proyectarlo con palabras, me hace falta vocabulario para poder hacer a alguien que no ha visitado este lugar comprender ese misterio y separación del tiempo real en la que se encuentra.

Tal vez sea este clima lluvioso, el sonido de la brisa que mueve las hojas cargadas de suaves gotas que caen sobre mi cabeza, que me han hecho viajar muy lejos en el recuerdo y lo han adornado con más sonidos y olores de los que realmente experimenté aquel verano.

Pero he ahí la verdadera maravilla de Mont Saint-Michel, la magia que deja en el recuerdo de quien lo visita no se disipa con el tiempo, sino que lo cubre por completo y lo perpetua, al menos para mí, en uno de esos cajones de los mejores lugares que creo poder conocer en esta vida.

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