Foto: Kevin Fernandez via unsplash.com

Era una tarde como cualquier otra, un clima normal, un cielo con las suficientes nubes y la cantidad exacta de rayos de sol; ni muy soleado, ni muy nublado, un día como todos o como ninguno.

Ella estaba sentada en el sillón de siempre, un mueble que ni le iba ni le venía, simplemente era el sillón en donde se había sentado toda su vida y estaba ahí por mera costumbre o por que no le llenaba ningún otro sillón de la sala, o quizá la daba  miedo intentar sentarse en otro puesto que aquel era en el que se sentaba siempre. Y estaba completamente amoldado a su figura.

Se escuchaba de fondo una canción que podía haber sido cualquier otra pero ese día, justo esa tarde, que pudo haber sido  cualquier otra tarde, sonaba justamente ésa y no otra.

Tiempo más tarde —no le demos tanta importancia al  número exacto, oscilaba de unos 67 años a unas 32 milésimas de segundo— tocó a la puerta un personaje. Aquél individuo se percató de la existencia de un letrero en la puerta que podía haber sido irrelevante en esa tarde, que pudo haber sido cualquier otra, pero no lo fue.

Lo miró. Decía en letras gigantes y casi incomprensibles:

“Nos reservamos el derecho de admisión, no pierda su tiempo”.

El Sin Nombre tocó la puerta.

La tocó. Sin embargo él podía haber hecho en ese momento cualquier otra cosa, como comprender el teorema de Nash, haber dado vuelta al mundo, descubrir la cura contra el SIDA, embarazado a un muerto, erradicado la pobreza, haber tenido conversaciones de metafísica y estética con un hámster, encontrado Atlantis, haber ganado un Premio Nobel y todas las opciones que se puedan tener en la cotidiana vida de un ser humano promedio; la entropía le brindaba posibilidades inagotables en ese momento. Pero dentro de todas las posibles opciones, en ese momento que pudo haber sido cualquier otro, decidió tocar la puerta.

Ella trató de evitar el ruido, como era usual en su rutina, pero éste se tornó persistente y no pudo ignorarlo. Recordó el letrero que tenía clavado en la puerta de su morada, así que no se preocupó pues ya en varias ocasiones había escuchado un sonido similar al que escuchaba esa tarde que pudo haber sido cualquier otra y como dictaba la tradición el letrero era más que suficiente para ahuyentar a todos los transeúntes que quisieran perturbar la teórica tranquilidad — que ella creía empírica—y casi religiosa que reinaba en su hogar.

Continuó con sus deberes diarios, era feliz (entendiendo esto como “el ejercicio y práctica consumada de la virtud, no en sentido condicional, sino en sentido absoluto”, como diría Aristóteles).

En todas las recámaras de aquella casa se movía con una ligereza casi mágica, pero al llegar a la sala y mirar el sillón, se volvía pesada. No quería compartir ese espacio con nadie, quizá sí lo llegó a hacer, pero nunca más de 10 minutos y a 7 metros de distancia.

El murmullo del ruido que venía de la puerta se confundía con la música. O eso era lo que ella creía creer.

Pasaron exactamente 4 segundos (o quizá 2 años, da igual) y el ruido de nudillos contra madera estaba latente en el ambiente. Se mezclaba con los otros ruidos de la casa, era casi un sonido cotidiano, pero de vez en cuando desentonaba y se alcanzaba a percibir su presencia casi mimetizada, y hasta cómoda, en la sinfonía de los sonidos de la casa.

Se sentó en su sillón y éste la abrazó hasta casi encarnársele como uña a la piel. Le susurró palabras y frases al oído, combinaciones de letras y sonidos que lograban distraerla del latente sonido que invadía el ambiente. Esto la hacía sentir segura, confiada, la hacía pensar de manera fría, calculadora; casi utilitarista.

Extraño en una persona como ella, que era de ésas que en cualquier otro ámbito de la experiencia humana era muy poco racional (el ser calculadora, consideraba ella, era uno de esos rasgos que hacen al ser humano morir en vida). Pero en este caso los susurros del sillón le parecían prácticos y lógicos.

Durante aquel momento de seducción e hipnosis mental, una pregunta llegó a su cabeza como una puñalada; como un golpe de aire en el esternón; como un  balde de agua fría. Pero en cuanto esta duda trató de entablar un diálogo con ella,  la música de fondo subió olímpicamente el nivel de los decibeles hasta dejarla sorda, muda y ciega.

En un instante, aquel lugar lleno de alboroto sonoro fue invadido por una falsa calma. Falsa porque no era realmente que el ambiente estuviera sereno, sino que la dueña de aquella peculiar morada había perdido noción de lo real o de lo que ella creía real.

De un instante a otro recobró sus sentidos, abrió los ojos y se descubrió con los oídos sangrados y la lengua mordida. Y aquel sonido que la perturbó durante todo ese tiempo, aquel que había estado intentando evitar, esa tarde que pudo haber sido cualquier otra, se había esfumado.

Sintió esa sensación que experimentan los humanos cuando creen que están a punto de tomar una decisión equivocada. Su boca tenía un sabor a incertidumbre, como si se hubiera tragado una bocanada de niebla.

Justo en ese momento preciso, aquella duda ensordecedora regresó a su cabeza, pero ésta no era nada tonta: regresó con un disfraz para que ella no la reconociera. Esta vez la música les dio su espacio de dialogo, ella la invitó a pasar y le ofreció un té de limón. Se sentaron frente a frente, cara a cara; la duda le dijo: ¿Qué es lo que quieres de ti?

En ese momento ella reconoció a la que andaba disfrazada. La trató de atacar, pero Doña Duda era bastante buena para evitar los golpes. Después de dos que tres tiros fallidos, ella se rindió y no tuvo más remedio que escucharla. La duda, cansada del ajetreo, la miró a los ojos y con una voz casi maternal le dijo: a veces no sé qué hacer contigo, pero tampoco sé que hacer conmigo.

La dueña de casa, con la voz quebrada citó a Benedetti y dijo: “usted no sabe cómo valoro yo su sencillo coraje de quererme”. Se abrazaron durante unas 3 décadas. Cuando estaban a 2 sorbos del último trago para terminar la taza de té,  regresó el  sonido, pero está vez ya no le causaba ninguna molestia, es más: lo escuchaba sin intentar desvanecerlo. Ella se levantó del sillón, se sacudió un poco el polvo y caminó hacia la puerta; prendió un cigarro para armarse de valor, contó hasta 86 y abrió la puerta.

No había nada ni nadie, el sabor a incertidumbre regresó a su boca. El ambiente olía concentradamente a confusión con ajo, tomillo y mermelada de guayaba. A lo lejos se veía galopando a una silueta. Durante 17 horas siguió la estela de olor a confusión que emanaba aquel ente, pero al dar el paso número 9, se paró en seco del cansancio.

Ella creía que no había razón alguna para sentir fatiga, pero la verdad de las cosas era que estaba cansada desde el primer paso que dio y no se había percatado de ello; se encontraba muy preocupada por alcanzar la sombra del Sin Nombre, a la vez que se transformaba, sin haberlo pedido, de bastón a salvavidas, de salvavidas a sombrilla y de sombrilla a cada uno de esos artículos que protegen a las sombras del peligro.

La poca experiencia que le brindó ese trayecto la hizo recordar que nadie es dueño de nada ni de nadie. Sólo de sí mismo. Aquél que ya perdió algo que daba por hecho, al final aprende que nada le pertenece.

Regresó a casa, la esperaba la duda recargada en el marco de la puerta, la saludó al estilo europeo: dos besos. Se tomaron de la mano y dudaron juntas en silencio. Se miraron a los ojos y ella le susurró al oído: no lo sé, creo que ya no hay nada que hacer.

Y aquella tarde que pudo haber sido cualquier otra, no lo fue.

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