“La cortesía está regida por el tú: la consideración del otro, de la cual no se siguen reglas de qué decir ni cómo decirlo, aunque sí conocer la historia artística que hay detrás de una regla y estudiar las cuestiones que la hacen operante o expresiva. (…) El acto cortés, como el acto poético, igual puede acogerse a una fórmula milenaria que volverse experimental”.

(Gabriel Zaid ,“Hacia una cortesía experimental”)

De que nos gustan caballeros, nos gustan caballeros. No hay la menor duda.  Te abren la puerta, esperan a que pases primero, te ayudan con tu mochila, te ofrecen el asiento. Nadie, por instinto grita ¡qué asco me choca que me ofrezcan un asiento aunque me duelan los pies y no pueda más con mi bolsa!

Por razonamiento muchas han aprendido a hacerlo, y por costumbre muchas esperan mucho más que esto.

¿Qué significa la caballerosidad? ¿Es compatible con el feminismo moderado? ¿O esperarla y reclamarla no es más que un signo de hipocresía femenina?

Es un tema escabroso sin duda, y no haré más que intentar ofrecer una honesta disección de su esencia y  los problemas que postula.

 El caballero convenenciero

Crecí conociendo a los amigos que mantengo hoy. Me malacostumbraron a una caballerosidad “no strings attached”, porque siempre han sido igual de caballerosos con todas las mujeres; sus amigas, sus hermanas, sus abuelitas, la señora del camión y sus novias. Ellos no esperan nada a cambio al abrir la puerta, ceder el asiento, o lo que sea.  Para mí, esa caballerosidad es perfecta.  Detalles agradables que restauran tu fe en la humanidad.

Peeeero….

No tardé mucho en darme cuenta de que el resto de mis conocidos hombres no practicaban este tipo de caballerosidad. Más bien le tiraban al condicional: si yo te abro la puerta del carro, tu sales conmigo; si te pago el cine, la cena, te llevo, te traigo…. tú me das lo que yo espere de la relación, cuando y como yo lo quiera.

Más evidentemente: si yo te invito tu vino en el antro, tú me besas/te acuestas conmigo.

Este es el contrato implícito en la mayoría de las relaciones humanas: el intercambio de bienes. Este es el carácter que adopta la caballerosidad cuando es falsa y vacía: la mitad de un acuerdo.

Porque también las niñas esperan la caballerosidad en este sentido como parte del contrato. ¿No me vas a pagar el cine? ¿Por qué no me abriste la puerta del carro? ¿Por qué entraste al restaurante antes que yo?

Se espera la caballerosidad como comportamiento merecido, obligatorio y así se “da” caballerosidad a regañadientes y como deber. Ahí es cuando desagrada, cuando repugna, cuando tanto hombres como mujeres se quieren deshacer de ella.  Ellos, porque ven que las mujeres manipulan sus acciones  bajo su nombre; ellas porque ven que los hombres la utilizan para manipularlas a ellas por medio de compromisos implícitos y favores falsos.

Mal, mal, mal…

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Las niñas esperan la caballerosidad en este sentido como parte del contrato. Foto: tianguis de Antigüedades en El Trocadero, Guadalajara

El caballero machista

Tuve una compañera en la prepa famosa por su eterna relación de cortadas, regresadas y “no somos nada pero hay algo”. Todas nos la sabíamos y todas opinábamos que el susodicho la trataba con la punta del pie. Un día me estaba contando su última reencontrada con él en una boda y salió al caso que “mientras me exprimía el limón se manchó la corbata”.

—¿Qué, qué? Susana,*¿te exprimió tu limón? —Sí. — ¿Te partió la carne? — Sí. —¿Tú se lo pediste? —No, siempre lo hace. —Ó sea que cree que eres una perfecta inútil. (No, no se lo dije)

Ya hablamos del caballero convenenciero, pero hay un tipo aún más peligroso: el machista. El que opina algo así como: “te ayudo porque sin mí no puedes ni siquiera exprimir tu limón”.

Abrirte la puerta, dejarte pasar primero, cederte el asiento, cargarte las cosas, pagarte la entrada, entre otras cosas, toman un significado muy diferente.

No son acciones que manifiesten la preocupación del “caballero” por el bienestar de la niña, sino su superioridad. Tu eres débil, yo fuerte, tu eres frágil, yo resistente, yo gano dinero, tu no. Tú no puedes sola, no puedes sin mí.

Este, a mi parecer, es el peor de los tipos de caballerosidad, porque es un insulto muy engañoso. Así como el primer tipo esconde interés bajo la apariencia de desinterés este segundo tipo esconde denigración bajo la apariencia de consideración.

Se verá un poco exagerado el uso de la palabra denigración. Pero un “yo cuidare que no te falte nada nunca mi reina, tú quédate tranquilita sin hacer nada” dicho bajo el influjo de esta “caballerosidad” machista trae consecuencias muy desagradables.

Por ejemplo: un matrimonio en el que el hombre utiliza su superioridad salarial para chantajear a la mujer por favores sexuales; así de gacho,  así de real.

El caballero genuinamente cortés

No es secreto para nadie que soy verdaderamente propensa a vomitar defensas de la mujer y el feminismo por doquier: en sobremesa, en clase, en reuniones; que defiendo que la mujer es capaz de todo lo que el hombre y que no existen cualidades o aptitudes intrínsecamente masculinas y femeninas (el hombre puede disfrutar de musicales y la mujer de tomar cerveza).

Sin embargo, no puedo negar que soy físicamente menos resistente y capaz que el 98% de mis conocidos (mi pésame a ese par de espaguetis chaparros que forman el 2% restante, que no por ello son menos hombres o menos nada).

¿Que me siento honrada y agradecida cuando me ayudan con un objeto pesado? Por supuesto. ¿Qué me agrada que me ofrezcan el asiento? Efectivamente.

A mi parecer la mejor de las características del ser humano es su capacidad de preocuparse por el bienestar del otro.  Por su comodidad, seguridad y bienestar. Cualquiera que fuese su sexo, edad o condición física. En este sentido la caballerosidad es eso: deferencia y atención a las necesidades de los demás particularmente enfocado al sexo femenino.

O no: un hombre también puede ser un caballero con otro caballero. Una mujer puede mostrarse particularmente deferente a las necesidades del sexo opuesto o a las del propio y ser así “caballerosa”.

Quienquiera y comoquiera que seamos, nos distinguen ciertas aptitudes y cualidades. Ponerlas al servicio de los demás (en especial aquellos que carecen particularmente de ellas) es practicar esta acepción de caballerosidad.

Así aunque probablemente ningún hombre se pudo mostrar caballeroso con—en paz descanse—Soraya Jiménez, en cuanto a objetos pesados se refiere, seguro hubo más de mil de otras maneras por las que algún ser humano le pudo mostrar preocupación por su bienestar y comodidad.

Cuidémonos ante todo del segundo tipo de caballerosidad, falsa y corrosiva, que no hace más que truncar el desarrollo personal de la mujer. Cuidémonos también de saber juzgar con qué tipo de caballerosidad nos enfrentamos antes de tacharla de innecesaria o insultante. Todavía hay niños verdaderamente amables.
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La mujer también puede ser caballerosa, al ser “genuinamente cortés” con otro ser humano. Foto: tianguis de Antigüedades en El Trocadero, Guadalajara

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