La fruta prohibida debió haber sido la granada. ¿Qué tiene la manzana de especial? Nada es más exquisito que el jugo de granada, y prepararla es un deleite. ¿Qué se necesita? Una helada tarde invernal de julio, un agudo sentido del oído, tres medidas de paciencia, un amigo especial y, naturalmente, un espécimen de este fruto bizarro.  

Primero es necesario hacer un orificio en la punta de la granada, en el extremo decorado por esa estrella que alguna vez fue una flor. “Acércate,” murmura suavemente con una sonrisa traviesa, mientras prensa la bola frutal contra la mesa y la pasea hacia adelante, y luego hacia atrás, como lo haría con un rodillo.

“Escucha,” bop. bop. bop: es rico escuchar como los granitos van sucumbiendo a la presión. Bop. bop. bop. bop .bop… Te acercas y entonces él, en un movimiento fugaz, te apunta con el fruto y dispara un chorro colorado contra tu nariz. Los dos ríen. Las gotas caen luego a tus labios: las degustas pasando la punta de tu lengua contra ellos. Aunque no lo ves, sientes su mirada fija en tu boca. Y tu blusa blanca ha perdido su aspecto groseramente pulcro. Le arrebatas la granada, y comienzas a exprimir el contenido en un vaso high ball. Tomas un trago, él toma un trago: es un elixir de los dioses.

“¿Lo mezclamos con algo? ¿qué chupe crees que le quedará bien a esto?” te consulta. Tu encoges los hombros. “¿Ginebra?” propone. “Sí, ginebra me tinca” le respondes. Desaparece de la cocina, y vuelve en seguida con una botella de Beefeater. El líquido escarlata se diluye mientras el aguardiente lo penetra. Plop, plop. Un par de hielos no pueden faltar.

Los dos miran el vaso con nerviosismo. Tú eres la primera en probarlo. Gran decepción: la ginebra le ha matado el gusto. Él toma del vaso y opina lo mismo.  Entonces ambos deciden prepararse un espresso y trepan las escaleras de vuelta a su estudio. El continúa haciendo su maqueta, mientras tú hojeas un libro de la obra de Friedensreich Hundertwasser.

Sigur Ross instrumentaliza el momento y afuera se ven los Andes engalanados con nieve, iluminados con la débil luz anaranjada del sol que se despide. De vez en cuando lo miras de reojo, y estás segura que él hace lo mismo cuando tú no lo ves. Mientras tanto, el fallido experimento yace sobre la mesa en la cocina; los hielos que se derriten en él diluyen aún más el recuerdo de lo que alguna vez fue un licor glorioso: ahora sabes que nunca debes mezclar ginebra con jugo de granada recién hecho.

Andes-Naranjas
Vista de los Andes desde esa ventana que no existe más

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