Fotografía por: Andrea Ochoa
Vancouver desde Granville Island. Fotografía por: Andrea Ochoa

El verano pasado gané una beca para participar en un proyecto de investigación en la Universidad de Calgary, Alberta. En cuanto supe la noticia, comencé a planear cómo conocería Canadá lo más que pudiera.

Calgary es una ciudad muy tranquila, con poca vida nocturna (a comparación de otras ciudades de su tamaño). Cuando realmente vi jóvenes fue durante el festival de Stampede, una feria al estilo cowboy que inició con un desfile en el centro. Durante el día habían juegos mecánicos para los niños, exposiciones de arte indígena, representaciones, un rodeo e infinidad de puestos de comida frita con combinaciones inesperadas, por ejemplo el  fried-oreo y el fried cheesecake  (¡sabían glorioso!).

Stampede Rodeo. Fotografía: Andrea Ochoa
Stampede Rodeo. Fotografía: Andrea Ochoa

Pero en mi opinión, lo mejor de la feria fue el Grand Evening Show, un evento con música en vivo y bailarines de todas las edades en donde la calidad de los vestuarios y el profesionalismo no le pidieron nada a un espectáculo en Disney.

Calgary desde Calgary Tower. Fotografía: Andrea Ochoa
Calgary desde Calgary Tower. Fotografía: Andrea Ochoa

A una hora de Calgary se encuentra Lake Louis, un lago entre montañas en donde se pueden rentar kayaks o, como nosotros hicimos, hacer hiking hasta unas casitas, en donde fuimos recibidos con chocolate caliente, bombones y un maravilloso apple crumble. Con el dulce sabor de un buen merecido descanso y la espectacular vista al lago, me sentí en el Canadá que imaginaba conocer, rodeada de la naturaleza en su máximo esplendor.

Lake Louis. Fotografía: Adrián Gil
Lake Louis. Fotografía: Adrián Gil
Montañas de Banff. Fotografías por: Andrea Ochoa.
Montañas de Banff. Fotografías por: Andrea Ochoa.

Pero la verdadera aventura del viaje fue unos días mas tarde cuando decidí volar a Montreal, rentar un coche con amigos y recorrer, en tan sólo cuatro días, además de esta ciudad, Quebec, Toronto y las Cataratas del Niágara.

Entre calles de Quebec. Fotografía: Adrián Gil
Entre calles de Quebec. Fotografía: Adrián Gil

La primera parada de nuestro acelerado paseo fue conocer Quebec durante una tarde. Esta pequeña ciudad está conformada por angostas calles y casas al estilo europeo. A diferencia de Calgary, la vida nocturna mereció dormir tan sólo tres horas para retomar la carretera y dirigirnos a Toronto al amanecer.

Esa noche, las actividades incluyeron presenciar un Pride Parade, pasar por Diamond Square, una zona al estilo de Broadway en Nueva York y terminar bailando en un bar en el centro (de cuyo nombre no me acuerdo). Como el día anterior, sólo dormimos en total 3 horas para alcanzar a conocer a la mañana siguiente un poco de la ciudad. Con el único amigo valiente que pudo separarse de la almohada, recorrí el downtown, conocimos la torre CNN y partimos hacia las Cataratas del Niágara para alcanzar al resto de la comitiva.

El trayecto de la ciudad a las cataratas suele de ser de una hora y media, pero como ese fin de semana se conmemoraba el Canada Day, estuvimos cuatro horas en el coche esperando con impaciencia. Recuerdo claramente el momento de nuestra llegada: imagina el vapor de agua provocado por la presión de las cataratas al caer, una capa densa de bruma blanca que da la impresión que algo se quema y que conforme te acercas va tomando forma e inmensidad el lugar en el que te encuentras, que incluye nítidos arcoíris.

Cataratas del Niágara desde el Lady of the Mist. Fotografía: Andrea Ochoa
Cataratas del Niágara desde el Lady of the Mist. Fotografía: Andrea Ochoa

Este espectáculo me quitó todavía más el aliento cuando nos subimos al Lady of the Mist, un pequeño barco que te acerca a las cascadas. El poder y ruido del agua no se comparan con nada que haya presenciado antes. Es impresionante. De pronto eran las nueve de la noche y teníamos que llegar a nuestra reservación de hotel en Montreal, por lo que un amigo tuvo que manejar durante toda la noche para llegar a tiempo.

Llegamos a las 6am a Montreal, y en honor a los días anteriores dormimos tan sólo tres horas. Luego iniciamos nuestro breve recorrido por esa inmensa ciudad. Como tenía que volar de regreso a Calgary ese día, sólo conocí parte del viejo puerto, aproveché los pasteles gratis y caminé por calles abarrotadas de personas que salían a celebrar.

Montreal. Fotografía: Andrea Ochoa
Montreal. Fotografía: Andrea Ochoa

Esos cuatro intensos días reafirmaron en mí el deseo de seguir conociendo lo más que pudiera, así que continuamos con nuestras escapadas de fines de semana. El lugar más memorable de mi estadía en Canadá fue  Vancouver, una ciudad que tiene prácticamente todo: playa, montañas, una vida nocturna memorable y una arquitectura impresionante en perfecta armonía con la naturaleza. Me pareció de esas ciudades que nunca terminas de conocer, por lo que un fin de semana no fue  ni remotamente suficiente.

La primera actividad en la ciudad fue escalar en Grouse Mountain: más de mil escalones de piedra con una mochila repleta de ropa y tacones para utilizar por la noche (un completo error), finalmente después de una hora y 40 minutos, llegué viva a la cima. Mi recompensa: la impresionante vista de la ciudad desde esa altura.

Grouse Mountain y sus empinados escalones. Fotografía: Andrea Ochoa
Grouse Mountain y sus empinados escalones. Fotografía: Andrea Ochoa

Al día siguiente, con el cuerpo aporreado y desvelado, tomamos un water taxi para conocer el Lynn Park al otro lado de la ciudad. Después de estar en el famoso puente colgante del parque, caminamos por Stanley Park y terminamos en English Bay para presenciar el festival de fuegos artificiales que se lleva a cabo cada año en la ciudad. Una última parada fue visitar Granville Island, con un mercado en donde puedes encontrar infinidad de artesanías, puestos de comida (en donde probé  la mejor hamburguesa de salmón de mi vida) y hasta un mercado especial para niños.

Vista de Vancouver. Fotografía: Andrea Ochoa
Vista de Vancouver. Fotografía: Andrea Ochoa

En algún lugar leí que uno viaja, no para encontrarse, sino para reafirmar lo que ya se es. Esos cortos meses en Canadá, llenos de aventura y desveladas, confirmó en mí el deseo de seguir viajando lo más que pueda, aunque se trate de viajes cortos (de incluso unas pocas horas). El estudiar y poder vivir en un país tan diferente a México, me ayudó a salir de mi zona de confort, a abrirme sin prejuicios a conocer diferentes personas, a querer seguir mis estudios en el extranjero y sobre todo, esperar regresar a este país algún día, para seguir descubriendo sus maravillas.

Entrada Stampede. Fotografía: Andrea Ochoa
Entrada Stampede. Fotografía: Andrea Ochoa
Poutine: papas a la francesa con queso, gravy y carne. Fotografía: Andrea Ochoa
Poutine: papas a la francesa con queso, gravy y carne. Fotografía: Andrea Ochoa

Algunos de mis más grandes descubrimientos en Canadá: 

El poutin: esta palabra que se presta a bromas y albures en México resultó ser un platillo famoso en todo Canadá, que consiste en papas a la francesa con gravy, queso y carne; sin embargo su presentación e ingredientes varían dependiendo del restaurante en donde lo sirvan.

Las hojas de maple: así como hay prejuicios de los mexicanos, con su sombrero y el nopal, ingenuamente yo esperaba ver árboles de maple en todas partes. Sólo en Vancouver tuve la suerte de cumplir mi anhelo y recolectar las hojas de suelo, ya que está prohibido arrancarlas de los árboles.

El Tim Hortons: aunque los paisajes del este de Canadá no son tan espectaculares como los del oeste, ofrecían cada pocos kilómetros el resguardo de un Tim Hortons, una de las cafeterías más famosas de Canadá reconocida por su deliciosos café y su amplia variedad de donas, muffins e irresistibles panecillos.

La gente: durante mi estadía en Calgary, viví una de las peores inundaciones en los últimos 100 años. Las personas que vivían cerca del río fueron desalojadas y rebuscadas en las residencias de la universidad en la que me encontraba. La ayuda y acción inmediata de la sociedad y la solidaridad para apoyar a los damnificados fueron una grata sorpresa y una lección de vida.

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