La calle duerme. La ciudad está vacía. Está oscuro. El silencio es tan profundo que la atmósfera se siente más pesada. Hay calma. Suena la alarma del celular. La ignoras. Sigue sonando. Estiras los dedos de los pies. Alargas el brazo. Buscas en la oscuridad. Aún no deja de sonar la alarma. Tomas tu celular. Regresa el silencio. Respiras profundo. Aún no abres los ojos. Te quitas la sábana. Estiras las piernas y los brazos en direcciones opuestas. Giras sobre tu costado. Te enderezas y sientas al borde de la cama. Pestañeas un par de veces. Prendes la luz de tu mesa de noche. Te levantas con trabajo. Te lanzas algo de agua en la cara. Te frotas los ojos. Dejas caer tu pijama. Te pones una playera, unos pantalones holgados, calcetines, sudadera y tus tenis. Te agachas a amarrarte las agujetas. Tomas tu celular y los audífonos. Sales a la calle. Está desierta.  Un tímido rayo de luz cruza los árboles y baña el pavimento. Te pones los audífonos. Cierras por un instante los ojos. Inhalas profundamente. Abres los ojos. Exhalas. Presionas el botón de play. Ajustas el volumen. Subes tus brazos a la altura del pecho. Das los primeros pasos hacia adelante. La calle comienza a despertar.

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