La ficción siempre trae consigo un cierto toque de escapismo. Una buena parte de acurrucarnos con una novela nueva tiene que ver con el deseo de sumergirnos en un mundo ajeno, presumiblemente alejado de las insignificancias y molestias de nuestra cotidianidad.

Muchos autores específicamente responden a este deseo tácito del lector y escriben acerca de  emocionantes aventuras en locaciones exóticas. Irónicamente,  muchas veces  estos exuberantes lugares son tan ajenos al autor como lo son para el lector y el primero escribe desde una realidad casi tan aburrida como la del segundo.

Al menos así solía suceder en época de Jane Austen, cuando las novelas góticas eran la adoración del público inglés. Este género, que tuvo su origen a mediados del siglo XVIII, es una forma de romanticismo extremo en el que proliferan  las maldiciones, las  heroínas  propensas a desmayarse y los castillos medievales. Anne Radcliffe, por ejemplo, fue una de las contemporáneas de Jane Austen que cultivo el género gótico y sus novelas invariablemente se sitúan en evocativos escenarios en países lejanos que la autora jamás visitó.

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El verano pasado tuve la oportunidad de conocer la casa de Jane Austen en Chawton, Reino Unido

Desde luego que el que un autor se imagine fantásticas historias en lejanos parajes no tiene nada de malo y no dudo que las obras de Anne Radcliffe y compañía sean entretenidas y meritorias. Sin embargo siempre me ha parecido mucho más admirable lo que hizo Jane Austen en sus novelas: no las situó en castillos góticos, ni produjo personajes misteriosos y extranjeros:  no se valió de elementos fantasiosos para transmitir historias repletas de grandeza y profundidad.

Austen rescató la inspiración de su vida diaria, las ridiculeces de la rutina,  y todo aquello que conocía. Todos sus personajes son ingleses, primordialmente del sur de Inglaterra donde vivió toda su vida. Todas sus tramas giran en torno a los problemas que enfrentaba ordinariamente una mujer sin fortuna a principios del siglo XIX.  Y todas sus novelas son consideradas clásicos hoy en día y son leídas y releídas con cariño más de dos siglos después de que fueron publicadas. ¿Qué hace que las novelas de Jane Austen sean tan especiales? ¿Por qué aun encontramos punto de conexión con sus personajes y con sus tramas?

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Rincón de escritura de Austen.

Mucho se ha intentado decir acerca de la personalidad, los gustos y la vida “verdadera” de Austen. Desde aquellos en el siglo XIX que la intentaron pintar como la amable tía soltera por excelencia hasta recientes películas como Becoming Jane (Julian Jarrold, 2007) que procuran proporcionarle una apasionada historia de amor y deseo muy distinta a las que ella plasmó en sus memorables novelas. Todos ellos, siento, la han llevado a extremos, ya de romanticismo, ya de tedio…

Porque Jane Austen ni vivía una vida secreta llena de todo aquello que carecen sus novelas, ni era una aburrida solterona que escribía para entretener a sus sobrinos. Jane Austen era una mujer tan normal y común como cualquiera de sus heroínas: disfrutaba de ir a bailes y tuvo más de algún pretendiente en su vida y a la vez era una artista tremendamente talentosa.

Esta dicotomía es lo que hace de sus novelas algo tan especial: Austen tiene un conocimiento inmediato del mundo que describe, con sus personajes, problemas y costumbres; además de que es una excelente retratista del carácter humano. Así, su ficción no sólo resulta auténtica sino también profunda y mordaz.

Porque si hay algo que Jane Austen supo hacer es burlarse de aquello que le parecía ridículo. Tomemos por ejemplo su primera novela, Northanger Abbey en la que se burla perspicazmente de la ficción gótica haciendo de su heroína una mujer completamente ordinaria que busca  situaciones súpernaturales (y fracasa) por donde sea que va.

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Al interior del patio de la casa de Jane Austen.

Austen tuvo un verdadero talento para poner en boca de sus heroínas, especialmente aquellas que son particularmente francas como Lizzie Bennet o Emma Woodhouse,  miles de irónicos comentarios que denotan las hipocresías e incongruencias de la sociedad de la época.

Y sin duda, parte el encanto que poseen sus personajes es que son extremadamente verosímiles. Si Mr. Darcy pasó a la historia, no fue porque era un príncipe encantador cualquiera, sino por ser un hombre terco, orgulloso y sí, un poco sangrón.  Austen nunca deja de dotar a sus personajes de tanto defectos como cualidades, los hace tropezar (aún de manera graciosa como lo hace con Emma) y aprender de sus errores.

Jane Austen ha pasado a la historia como una de las más grandes autoras de la literatura inglesa no necesariamente porque sus personajes masculinos son la aspiración y el anhelo de toda mujer (de siglos presente y pasados) sino porque sus novelas denotan agudos análisis acerca de la naturaleza humana, un espectacular uso de sátira e ironía y sobretodo, un universo de  personajes entrañables.

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