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Fotografía y diseño de arte: Pilar Gómez

Somos mestizaje. Un mestizaje en todos los grados posibles: mexicanos que son más indígenas que españoles y viceversa; mexicanos que no saben sentirse mexicanos porque la balanza de su herencia cultural se inclina más de un lado que del otro; porque no saben definir qué es ser mexicano.

Quizá sea justamente ésa la esencia del mexicano: una raza universal, ejemplo peculiar del mestizaje, una mezcla de opuestos que resulta en nada específico, pero que aún así existe, y no de manera sutil, sino estentórea y ruidosa, existencia que no quiere dejar de ser escuchada.

Es cierto que hay ciertas cualidades que comparte todo mexicano y lo hacen sentirse orgulloso de haber nacido en tan diversa patria, herencias tan indígenas como el culto a los muertos, tan españolas como las plazas con sus quioscos, templos y palacios de gobierno, y tan originales como los mariachis o el tequila.

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Una herencia particularmente fuerte, ya que nos llega tanto de las culturas precolombinas como de los colonizadores, fue y sigue siendo nuestra manera de abordar a la realidad más allá de la realidad.

El nuestro es un país del Dios español, de lo sobrenatural, de las limpias y de la magia. Es rasgo distintivo de la nación mexicana la conciencia de sus habitantes acerca de la existencia de una dimensión que no corresponde a la visible, una que se cuela de cuando en cuando la monótona realidad no nos lo explica todo.

Así tenemos las leyendas populares en los pueblos y rincones de ciudades coloniales. La conciencia de la divinidad del mexicano es plausible al verlo orar en templos y colgar milagritos, en el homenaje que rinden a sus queridos difuntos y en la veneración a la Virgen de Guadalupe. En lo sobrenatural intentamos encontrar nuestra identidad, nuestra compleja y variopinta realidad parece que nos empuja a ello.

México es un país de soledad, nos lo dice Octavio Paz hasta el cansancio. O tal vez lo fue y ahora es un país totalmente diferente a aquel que conoció el Nobel mexicano.

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La identidad del mexicano es precisamente la búsqueda de su identidad, resultado de un mestizaje que nunca termina y no dejará de tener consecuencias tanto culturales como sociales.

Con el advenimiento de la tecnología, las redes sociales, la globalización y otros eventos que han cambiado el panorama mundial, México y sus mexicanos poco a poco se transforman en ciudadanos globales, conscientes de su posición en un mapa geográfico y económico, sabedores de que la nación mexicana se alza ahora como una de las principales potencias en Latinoamérica donde se promete un próspero futuro a sus tan largamente solitarios y aletargados habitantes.

Pero el mexicano no puede darse el lujo de adoptar la primera oferta que la globalización le presente, no puede renunciar por conformismo a esa búsqueda de la identidad que nunca perdió, pero no ha encontrado, pues es en verdad su verdadera esencia el encontrarse en un laberinto de soledad, buscando la salida sin olvidar nunca de dónde viene y adónde quiere dirigirse, adoptando la crisis de identidad como suya y distinguiéndose en un mundo donde las culturas tienden a homogeneizarse.

La salida del laberinto será la que cada quien encuentre en la investigación de su pasado personal y colectivo, pues cada mexicano es una raza de mexicano única e irrepetible.

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