Place de la Liberation, sus callejones y fuentes iluminados de noche; frente al Palacio de los Duques. ph. Karen García

Más que una mostaza, el corazón de Francia; o así lo veo porque ahí tengo el mío.

Dijón: el corazón de Francia. Para no ser criticada por los que sí son expertos en el tema, reconozco que es una opinión subjetiva. Todo lo que opino sobre el arte y la cultura está enteramente basado en mi opinión personal y mi enorme pasión por dichos temas. Tal vez debería haber estudiando algo diferente a Comunicación, aunque es la carrera que me permitió seguir siendo indecisa y justificó mi ansia de querer comerme el mundo.

De hecho mi meta inicial era pasar aquel año de intercambio universitario en Toulouse. Soñaba con estudiar durante un año en el SciencesPo, pero la política me ha decepcionado últimamente. No fue por voluntad propia que llegué a Dijon (de hecho no la tenía ni contemplada), me escogió, y hoy me sigue guardando en secreto el por qué.

Llegué al aeropuerto Charles de Gaulle preparada con mi escudo anti-parisino-hostil. Me emocionaba el reto de pedir direcciones en mi francés al ¾ y lidiar con aquel mítico mal genio regional. ¡Qué decepción!, ni idioma ni genio. Cuando quise practicar el francés por primera vez en su tierra natal, pidiendo direcciones para la Gare de Lyon, ¡Nadie lo hablaba!…esos turistas. Peor todavía: ¡Me ayudaron con mi equipaje! atención que no me esperaba. Un señor incluso subió las escaleras para volver a bajar cargando mi maleta grande, otro se paró de su asiento en el tren para ponerla arriba. Increíble. Los parisinos me decepcionaron.

Llegando a Dijon decidí tomarme mi tiempo para conocer realmente. Tan pequeña ciudad, de 150,000 habitantes, que se cruza en tranvía en menos de 20 minutos, me continuaba sorprendiendo después de varias semanas. No entiendo cómo es tan poco turística y más personas piensan que Dijon es una mostaza y no una ciudad (De lo cual incluso yo me podía sentir culpable).

Vista de St. Michel desde la Rue de la Liberté, frente al Palacio de los Duques y la Place de la Liberation. ph. Karen García
Vista de St. Michel desde la Rue de la Liberté, frente al Palacio de los Duques y la Place de la Liberation. ph. Karen García

Los “dijoneses” no caben en el molde del estereotipo francés y sin embargo, su ciudad es la esencia del país. No son románticos, apasionados (de hecho la cultura francesa tiene un cierto desprecio hacia la pasión, pues dicen, nubla la razón), impacientes, intolerantes, chefs, artistas ni conquistadores. Eso sí, son orgullosos. Se enorgullecen de todo lo francés sólo por ser francés, ellos en especial de lo borgoñón.

He notado que los franceses se auto-critican, están perfectamente concientes de su forma de complicar la vida y su incongruencia con sus teorías tercas. Tienen un lema “¿Para qué hacerlo simple cuando se puede hacer complicado?” y están obsesionados con las leyes aunque no las cumplen. ¿Será que pretenden ser orgullosos o que su orgullo es incondicional? En México nuestros defectos nos avergüenzan, en Francia les enorgullecen, porque son defectos franceses.

Tomé dos clases con el profesor M. Chapuis, la cual hizo duplicar el valor de mi intercambio: Historia de Francia y la Borgoña y Cultura y Sociedad Francesa. Él es un auténtico borgoñón, alegre, culto, con sentido del humor y un viñedo. En nuestra segunda clase de Historia nos preguntó espontáneamente -¿Tienen ganas de caminar?- Y nos llevó al grupo de 12 estudiantes a hacer un tour por la ciudad. Fue el mejor de los guías y gracias a él descubrí que la Borgoña sí es el tesoro que tanto presumen.

Escultura de joven llorando en el Museo de Bellas Artes, en el Palacio de los Duques en Dijon. ph. Karen García
Escultura de joven llorando en el Museo de Bellas Artes, en el Palacio de los Duques en Dijon. ph. Karen García

La región fue un ducado que llegaba hasta los Países Bajos antes de que Francia se unificara. Los duques de Valois gobernaban desde Dijon y dejaron una rica herencia arquitectónica y cultural. La capital fue impulsora del Gótico, vio nacer a Eiffel y sus alrededores a San Bernardo. El célebre arquitecto que construyó la iglesia Notre Dame de la Bonne Espoir se apellidaba Chouette, que significa lechuza, por lo que las postales, las placas de los puntos turísticos y una roca detrás del altar del templo están sellados con esa ave.

Éstas y otras curiosidades fueron regalo de aquel tour de M. Chapuis, el cual fue interrumpido por la lluvia y nos obligó a entrar a una cálida cafetería al lado de la casa más antigua de Dijon, donde filmaron escenas de la película Cyrano de Bergerac.

Al poco tiempo de mi estancia llegó de visita Paula, mi amiga tapatía que estudiaba en ese momento en Rennes. Fue durante la semana de la Tussaint, otra excusa más de los franceses para cancelar clases, entonces los estudiantes vaciaron la ciudad. Mientras mis amigas conocían Italia, yo redescubría Dijón con Paula.

El día que llegó fuimos al Auditorio, único edificio moderno de buen gusto en el interior de la ciudad. Era un concierto de Bach y Brahms. Todo el público le aplaudió a las piezas barrocas en clavicordio diseñadas para tocarse al derecho y al revés. El segundo fue motivante, el concierto para violín en Re mayor del aún mayor genio, Brahms. Al siguiente día fuimos a Beaune, la capital borgoñesa del vino, más turístico que Dijón. Visitamos el Hôtel Dieu, y catamos vino en una de las múltiples cavas.

Después tuvimos dos días de intenso turisteo, la cuarta parte del tiempo estuvimos en camino al museo de Bellas Artes, encontrando razones para detenernos en cada esquina. De haber sabido que tenía una zona dedicada especialmente a los impresionistas, con una obra de Manet incluida, hubiera dedicado menos tiempo a los Rude, la célebre pareja de escultor y pintora fruto del orgullo borgoñas.

En los mercados, los vendedores traen sus productos de las distintas regiones de donde ellos provienen, convirtiendo al mercado en una muestra cultural francesa. ph. Karen García.
En los mercados, los vendedores traen sus productos de las distintas regiones de donde ellos provienen, convirtiendo al mercado en una muestra cultural francesa. ph. Karen García.

También fuimos al parque que lleva el nombre de un célebre ingeniero de Dijon, quien entre 1834 y 1840 hizo grandes cosas, como convertir a la ciudad a la segunda de Europa con un sistema de abastecimiento de agua potable o conseguir que la vía férrea de París a Lyon se desviara pasando por Dijon al construir un túnel de 4,100 metros de largo que atravesaba las montañas.

Pero uno de los momentos más memorables fue cuando estábamos ocupadas practicando trucos de fotografía en el parque Darcy cuando un señor sin afeitar, con una sudadera de “I love London” se detuvo en su bicicleta a buscar conversación. Nos incomodamos al principio por el tipo de preguntas que nos hacía y su presunción de sabiduría, que no combinaba con su facha, e intentábamos espantarlo con indiferencia. El señor era otro apasionado dijonés de los que creen que no hay ciudad como la suya, un veterano guía turístico que, adivinamos, estaba cubierto de nostalgia. “Dijon no es importante”, me contestó cuando intenté darle por su lado, “era importante”.

El vagabundo erudito. ph. Karen García
El vagabundo erudito. ph. Karen García

Muy noble él, no me permitió sentirme humillada después de tratar de presumir mi conocimiento y darme cuenta del suyo; lo hacía tan desinteresadamente. Divagó entre los Galos, Napoleón, Darcy, los Rude, Clovis, los duques de la Borgoña y el reloj de Jaquesmart, Jacqueline, Jacquelinet y Jacquelinette. El Vagabundo Erudito, como lo llamamos a partir de entonces, se fue de forma tan misteriosa como llegó, pero todo lo que nos dijo resultó cierto.

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