Fotografía por Averie Woodard via Unsplash

La cultura pop está llena de referencias a la clásica novela roadtripera del escritor estadounidense Jack Kerouac. En el camino (On the road, 1957) “vendió un trillón de Levis y un millón de maquinas de espresso y también llevó a innumerables jóvenes al camino” de acuerdo a la contraportada de mi edición de Penguin Classics. Es de esos libros de los que se escucha decir que marcaron a una generación entera.

Decidí que era mi solemne obligación leer tan importante antorcha cultural tras escuchar a un amigo hablar y  hablar sobre la grandeza que encierra En el camino. Sus brillantes y complejos personajes, su extraordinaria técnica literaria (aquí parafraseo un “te cuenta bien chido las cosas”), su manera de transmitir sentimientos clásicos del enajenamiento del ser humano como si fuera un tema nuevo.

Además, ¡que gran personaje era Kerouac mismo! Mi amigo simplemente lo idolatra. Un dia caminando por la Roma me señaló emocionado la calle en la que había vivido el tiempo que residió en la tumultuosa capital de México.

No había duda. Había que leerlo. Lo tomé prestado poco antes de que comenzara el verano y me di a la tarea de sumergirme en el mundo de los hitchikers y las carreteras gringas a mediados del siglo pasado. Me uní al alias de Kerouac , Salvatore Paradise, en su inquietud por encontrar su camino en la vida explorando el que lleva de San Francisco a Nueva York una y otra vez.

En el camino es una gran novela.  No lo niego. Es diferente a cualquier novela que haya leído antes y sin duda alcanza un gran número de logros literarios y ha tocado la imaginación de millones de lectores. Sin embargo, todo el tiempo que tuve el libro entre mis manos no podía sino pensar una y otra vez. ¿A quién se le ocurren personajes femeninos tan perfectamente ineptos?

Marylou, Camille, Galatea y Lee Ann son algunas de las bonitas figuras de cartón que adornan las páginas de  En el camino.  Todas ellas perfectamente diseñadas para los fines del autor: agradarle y entretener a sus existenciales protagonistas.

Marylou,  una de las novias/esposas/parejas intermitentes del indomable y ocurrente Dean Moriarty ejemplifica perfectamente  mi punto.  Mientras Sal y Dean arrasan por la vida, fumando, tomando, escribiendo, gozando y discutiendo, llenando los capítulos de En el camino, encontramos a  Marylou, página tras página, sentada apaciblemente entre los dos, sin decir mucho.  Nos asegura de vez en cuando lo locamente enamorada que está del apasionado Dean. Lo triste que la pone el saber que ella no es suficiente para alguien tan lleno de vitalidad, locuras e ideas.

Marylou es una perfecta caricatura de la mujer como un hombre la podría querer. ¿Dean quiere llevarla por todo Estados Unidos y  declararle su amor? Marylou va. ¿Marylou sabe que Dean planea reunirse con su segunda esposa Camille al concluir el viaje en San Francisco? Sí, Marylou lo sabe. ¿Dean sugiere que cuando esto suceda Marylou debería juntarse con su amigo Sal? Bueno, Marylou no está ahí sino para seguir los deseos de Dean.

A lo largo del segundo roadtrip del libro, Marylou se nos presenta como la novia perfecta: devota, amorosa y dispuesta a todo. Y me refiero a todo.  En un episodio perfectamente perturbador Dean le ordena a Salvatore que la bese. ¿La razón?  Quiere ver cómo se comporta Marylou con otro hombre. Y Marylou encantada de consentir, por supuesto. Al final es Sal el que se muestra demasiado incómodo como para terminar con la “tarea”. Dean sugiere ahora ver las maravillas de la carretera encuerados. Marylou es la primera en seguirle la corriente.

Y mientras tanto, Sal nos regala observaciones  como “Dean estaba convencido de que Marylou era una puta. (…) una mentirosa patológica. Pero cuando miraba a Dean así, era amor verdadero; y cuando él se daba cuenta siempre le regresaba una grande y coqueta sonrisa falsa (…) cuando hace unos cuantos momentos solo pensaba en la eternidad.” (Kerouac, p. 148)

Por supuesto, Dean es el personaje interesante. El que hace las locuras y piensa en cosas profundas como la eternidad. Es un personaje tan excepcional que desde luego tiene que tener alguna hermosa tonta perdidamente enamorada de él, pero lectores, Dean es demasiado personaje como para devolver amores tan frívolos. Marylou es adorno, es diversión, es entretenimiento pasajero. Dean es eternidad.

Marylou es cosa de Dean (con él, para él) y no propia. Asunto nunca mejor ejemplificado que en el siguiente pasaje, en el cual nuestros heroicos protagonistas se han quedado sin dinero para la gasolina.

“Un universitario sudaba ante la imagen de la deliciosa Marylou e intentaba que no se notase. Dean y yo lo consultamos, pero decidimos que no éramos proxenetas.” ( Kerouac, p. 147) Ah, bueno saberlo. Dios los bendiga.

Camille, la segunda esposa de Dean, no escapa con mucho desarrollo como personaje tampoco. Es esa estereotípica figura de la paciente Penélope que espera a Dean al final de todos sus roadtrips, siempre lista para perdonar el abandono y recibirlo con los brazos abiertos. Al igual que Marylou está perdidamente enamorada de él: está ahí para ilustrar lo magnífico y complejo que es el personaje de Dean Moriarty. Es un accesorio narrativo, no un personaje.

Es discutible hasta que punto las mujeres de  On the Road representan o no a la figura de la mujer como la veía Kerouac. Sin embargo,  el análisis de estos personajes permite al menos dar pie a pensar que un personaje femenino bien creado no es un mero accesorio en la historia de otro.

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Casey Fyfe via Unsplash.com

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