Ilustraciones de Pilar Gómez
“Considerando las dos naturalezas que se disputaban el campo de mi conciencia,(…) aprendí a cobijar con placer, como en un bonito sueño con los ojos abiertos, el pensamiento de una separación de los dos elementos. Si éstos, me decía, pudiesen encarnarse en dos identidades separadas, la vida se haría mucho más soportable.”

El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde

Robert Louis Stevenson (1886)

Hoy contemplo perpleja y fascinada la compleja creatura que conocemos como Internet.  No es que sepa mucho (o algo) de cómo funciona u opera esa red digital que conecta a millones de usuarios a lo ancho del globo de manera instantánea, pero se ha vuelto una parte demasiado natural  y necesaria de mi vida diaria (tengo, por ejemplo,  al menos  Facebook, Spotify y claro, Odd Catrina abiertos mientras escribo) como para que no me horrorice al  avistar sus esquinas más obscuras y desagradables.

No es seguido que me doy a la tarea de tomar distancia de mi brazo extendido para analizarlo. La Web para mí siempre ha sido simultáneamente la plataforma de las redes sociales que utilizo sin pensarlo dos veces y una especie biblioteca/hemeroteca/videoteca/audioteca de magnitudes inimaginables, repleta de todos lo que jamás se me podría ocurrir buscar. El internet es ya un componente orgánico e inexorable de nuestras vidas: nos entretiene, informa y conecta. Vaya, les hago llegar estas palabras a través de él.

Pero el Internet puede ser también la fantasía de todo anarquista: un reino donde impera el anonimato, donde las convenciones de la interacción social no prevalecen, donde un usuario queda fuera del alcance de cualquier tipo de repercusión.

Como bien dijo Naief Yehya en su artículo “Replay all: nosotros y la era digital” (publicado en Letras Libres en abril de este año), “Las redes sociales son la arena de encuentro, discusión, gozo y fraternidad entre amigos y friends, en donde se redefine hoy el concepto de individuo. Pero este parque de recreo digital es también un espacio hostil, infestado de criminales y trolls tóxicos capaces de saquearnos o de escribir las aberraciones más increíbles. Este es un territorio donde la precaución, la mesura, y el autocontrol son frivolidades irrelevantes”.

El mundo virtual llega a funcionar como un válvula de escape para todos aquellos pensamientos, opiniones y críticas que una persona jamás se permitiría decir en “la vida real”.  Bajo la capa del anonimato un usuario se puede permitir publicar los aspectos más reprochables y ásperos de su mente, sin miedo a las consecuencias.

El auge de la aplicación Secret en México por si sólo es muestra del perturbador ímpetu con el que nos abrazamos a la promesa de anonimato para ventilar pensamientos repulsivos. Esta app permite compartir imágenes y comentarios de manera anónima con un círculo de amigos, amigos de amigos o de manera pública.  El appeal, ultimadamente, radica en que es factible encontrar el nombre de algún conocido en algún post, ya sea insultante o no. El contenido que circula en Secret va desde secretos inofensivos y hasta graciosos con los que el usuario puede sentirse identificado hasta links que llevan a carpetas que contienen fotos de desnudos de gente conocida y torrentes de insultos apuntados a una persona en específico.

No necesariamente todos los usuarios de Secret aportan este contenido tóxico de acoso y difamación; muchos se limitan a navegar, dar like y compartir. Cuando confronto a aquellos de mis amigos que utilizan el app (¿qué rayos pueden apreciar de un app así de venenosa?) la mayoría se excusa con un: “Ay, ¡está chistoso!”

En Internet nos nutrimos de varios megabites al día de #fails y de #lolz, de horas de morbo y  Schadenfreude que no podemos contener al convertir los infortunios de otros en carcajadas internas (externas también).

El humor es también la excusa constante de algunos de los peores trolls. Cada comentario racista, misógino y violento que uno encuentre en cualquier message board, tweet o post en Internet está protegido de cualquier crítica o sanción bajo la guisa de ser burla. Es que no hay que exagerar, no es en serio, es broma.

schadenfreude6

Pero ¿hasta dónde puede llegar con una broma en Internet? ¿Hasta cuándo hay que preocuparse por un comentario amenazador? ¿Qué tanto reflejan estos comentarios un auténtico sentir y pensar colectivo?

Parte del atractivo de estos universos digitales  es que nos permiten fragmentar nuestras identidades. Es posible presentar un frente completamente diferente en cada página y aplicación que se visita. Mis identidades en el social media serían algo así como en Twitter, espectadora, en Facebook, curadora amateur de contenidos, en Instagram, cazadora de instantes, y en Spotify, sonófila adicta a oír álbumes completos, etcétera, etcétera… (inserte 9Gag aquí).

Lo inquietante, sin embargo, es que este don polifacético se ha convertido en algo parecido al la pócima del Dr. Jekyll: nos permite dejar atrás nuestras personalidades cotidianas para transformarnos en auténticos Mr. Hydes: sujetos misántropos y ásperos, sin tener que pensar en las consecuencias. El Internet nos permite alcanzar ese deseo que expresa Jekyll en la cita inicial de este articulo: separar “las dos naturalezas que se disputan en el campo de nuestra conciencia”, ser Jekylls reales y Hydes virtuales. El CEO más respetable de la tierra puede perfectamente ser el usuario más agresivo, misógino y pernicioso del controversial foro 4Chan por ejemplo.

Este foro, que permite el máximo anonimato y no estipula casi ninguna restricción, ha sido el útero  de las “bromas” de Internet más nocivas de los últimos años. Lograron por ejemplo que la inquietante tendencia de belleza “bikini bridge” alcanzara la popularidad en redes sociales.  Hace poco algún simpático subió una ilustración en animé de “la diosa del ébola” que tenía como propósito expandir el virus por África Central, con no pocas repercusiones en estos países. 4chan es el perfecto ejemplo de ese espacio electrónico sin límites que, al no comprometer la identidad de Jekyll, le otorga máxima libertad a Hyde.

Hace unas semanas  un grupo de usuarios de 4chan publicaron fotos de desnudos  de ciertas figuras públicas, entre ellas Jennifer Lawrence, que fueron hackeadas de sus cuentas personales. La publicación fue denominada “The Fappening” (un nombre que combina las palabras inglesas happening y fap: fap es argot de mastubarse), y pronto salió de los límites de 4Chan, las fotos fueron compartidas por millones de usuarios a lo ancho del globo. Seguro más de uno de ustedes tuvo acceso a ellas vía un grupo de Whatsapp.

No sólo les concedemos más libertades a nuestros alter-egos virtuales, permitiéndole a Hyde decir y hacer cosas que no  repetiría jamás Jekyll, sino que tiramos por la borda cualquier esbozo de empatía.

¿Alguien le robó información privada a una persona y violó activamente su intimidad? Meh: compartimos, miramos  y comentamos las imágenes.

Nos sentimos con el derecho de ver todo aquello que está a nuestra disposición en Internet, de comentar cualquier cosa y de compartir cualquier contenido que se nos ocurra, por más ofensivo, ignorante y humillante que pueda ser.

En esos milisegundos de consumo voraz de contenidos,  ni siquiera nos detenemos a pensar que al tener una presencia activa en la Red estamos de igual manera expuestos a toda especie de críticas y comentarios ofensivos, ignorantes y humillantes, y con un poco de notoriedad o un mensaje incómodo, al temible doxing (la exposición de nuestra información privada).

El Internet es un mundo fascinante: sin reglas, sin restricciones… y sin lugar para los débiles. Esto lo hace a veces un lugar verdaderamente aterrador. Y así como podemos ser espectadores risueños de una situación “muy cagada”, en un santiamén podemos convertirnos en el centro de una inclemente tormenta de Schadenfreude viral.

Internet
Ilustraciones de Pilar Gómez

Comentarios