Fotografías y montaje: Pilar Gómez

Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir. Y a nadie le gusta verlas. Son tantas y nosotros tan poquitos que ya  ni la lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas (Rulfo, 2006,  p. 55).

 

El mexicano, incuestionablemente, tiene una relación bastante única con la figura de la muerte. Esa que en otros países se considera con aprensión y miedo, en México se celebra con decoraciones y juguetes, se burla emperifollándola y llamándola Catrina y se come en forma de pan. Se juega con la muerte componiéndole refranes y se le ama nunca perdiéndole de vista; se le representa en poemas, pinturas, sátiras y conversaciones.

A un extranjero nunca dejará de resultarle extraño que un mexicano pueda considerar divertido o insignificante entregarle a su hijo una calavera con su nombre en la frente. No ve que para el mexicano la muerte no es amenaza y no es misterio, que la calavera con nombre no es más que un dulce socarrón y no un presagio tenebroso. Le parece inconcebible que un cementerio sea un lugar de reunión, de alegría y de flores de colores, y no un lugar lúgubre, sombrío y tenebroso. Pero para todo mexicano, la muerte nunca es nada menos que un componente natural de la vida.Ésta  peculiar y cotidiana relación entre muerte y mexicano quedó inmortalizada en la célebre novela de Juan Rulfo,  Pedro Páramo.

Pedro Páramo encierra una contradicción aparente, por un lado es considerada una novela que trasciende las barreras del tiempo y el espacio. Las mujeres y los hombres de Comala, Juan Preciado, Damiana Cisneros, Susana San Juan y el mismo Pedro Páramo son, en fin, variaciones de ese mismo organismo llamado ser humano. Es una novela completamente  afín al sentir del hombre universal, separado de sus ataduras locales e individuales.

rulfo y muertos-4

¿Cómo puede ser entonces que sea también una novela tan prototípica y excelentemente mexicana? Comala es todo pueblo mexicano, con el temblor del paso de las carretas cada madrugada que “llegan de todas partes copeteadas de salitre, de mazorcas, de yerba de pará (…) a la misma hora en que se abren los hornos y huele a pan recién horneado”.

Los personajes que llenan sus calles tanto en vida como en muerte son las almas de todo y cualquier mexicano. La viejita platicadora en Doña Eduviges, el gran cacique en Pedro Páramo, la bella mujer admirada en Susana San Juan (la locura latente en todo hombre asimismo), el joven aventurado en Miguel Páramo, la piedad y superstición mexicanas encarnadas en la mujer que vive con su hermano.

La profunda mexicanidad de la novela radica precisamente en que sus personajes principales no son ni Pedro Páramo, ni Juan Preciado, ni Comala misma, sino el mexicano y la muerte.

La gran naturalidad con la que el mexicano ve a la muerte queda plasmada en la descripción de Comala, un pueblo abandonado, “un puro vagabundear de gente que murió”(p. 56). Ánimas se compadecen de otras ánimas y no se dan cuenta de que también están muertas. Eduviges Dyada se enorgullece y maldice su capacidad especial de escuchar al fallecido Miguel Páramo galopar hacia la Media Luna: “Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición”(p. 24). Pero ella también está muerta. La misma Damiana Cisneros, que es quien informa a Juan Preciado de este asunto, participa asimismo ya del mundo de los muertos.

Resulta incluso gracioso observar lo inconscientes que están estos espíritus de su propia naturaleza. Porque según ellos, a la manera de Bruce Willis en Sexto Sentido, están vivos. Cuando Juan Preciado se encuentra dentro de la casa de los ancianos hermanos, ve cómo entra una mujer al cuarto y, tras esculcar un poco, sale sigilosamente con unas sábanas en mano. Intenta explicar, algo asustado, esta visión a los ancianos y la anciana le dice al marido con desdén: “Déjalo solo. Debe ser un místico.”, a pesar .de que ellos mismos, al ser animas, son objetos potenciales para la visiones de un “místico”.

Muertos entre muertos, muertos que creen que están vivos, que no se reconocen. Éste es el mundo de Comala. Y así como Damiana no se sorprende de que su comadre fallecida pudiera habitar su antigua casa y recibir un huésped, aprende Juan Preciado a convivir con estos espíritus y no asombrarse de su vitalidad.

Y, en su momento, llegará a unírseles. Su transición entre vida y muerte es tan invisible e imperceptible como las fronteras  entre lo fantástico y lo real en Pedro Páramo…y para el mexicano. La defunción de Juan Preciado funciona como metáfora de la posición del mexicano frente a este fenómeno: no existe diferencia entre la vida y la  muerte.

rulfo y muertos-5

Muere de un modo extraño, de pronto siente que le falta aire: “lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre. Digo para siempre.”   La siguiente vez que lo vemos, lo encontramos conversando con una mujer llamada Dorotea que ridiculiza el motivo de su fallecimiento: “¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? (…) De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y con más para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.”

¿Cuál es entonces, se pregunta el lector, la diferencia entre la vida y la muerte? Si uno puede sufrir, conversar, burlar y sentir miedo en ambas. No existe, nos contesta pugnante y repetidamente la novela. No existe para el mexicano. La muerte no es un estado extraño, sobrenatural. La muerte es una continuación de las penas y realidades de la vida. No en vano, lo primero que sabemos del pueblo que refleja este profundo sentir mexicano son las siguientes palabras del arriero Abundio: “Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija.”  Y ¿cómo no iba a regresar el mexicano de tan temido castigo sobrenatural, si la muerte no es más que un poco más de vida para él?

 rulfo y muertos-6

Comentarios