Muna Kassis tocó a la puerta de la oficina de su abuelo.

— Pasa — una voz le replicó desde el interior del cuartito. La niña abrió la puerta tímidamente. Muna tenía ocho años, era muy inteligente, chaparrita, muy bonita, y tenía unos enormes ojos almendrados y pelo rizado negro.

Jidu, — dijo con su temblorosa vocecita,- tetta me dijo que te avisara que ya estaba lista. Aquí está tu  abrigo.

Kamel Kassis se levantó y se puso su boina gris. Luego cerró su computadora portátil, tomó el abrigo de los diminutos brazos de su nieta, y sonrió. — Vamos, pues.-

Muna se dejó tomar la mano por su abuelo y ambos descendieron a la parte baja de la casa de tres pisos. Shireen Kassis, su abuela, los esperaba pacientemente en la puerta. En el ambiente se respiraba un aire festivo: era la víspera de Navidad, y para ellos, cristianos palestinos,era tiempo de ir a saludar a su patriarca, que visitaría la Iglesia de la Natividad ese día. Mientras caminaban cuesta arriba para llegar a la plaza, Muna comenzó a contar soldados. Hasta entonces había contado seis soldados palestinos: estaban ahí para  proteger al presidente Abbas y otras personalidades,como el presidente de Turquía, que asistirían a la Misa de Navidad a medianoche.

Había días que podía vislumbrar uno o dos tanques del ejército israelí. Su cara se torcía en muecas de disgusto cada vez que los veía. Su padre le decía que los israelíes eran los culpables del estado miserable en el que se encontraba su ciudad , de que la mitad de los betlemitas estuviera sin trabajo, y de que los que podían se salieran cuanto antes del país. Ella se limitaba a lanzarles miradas de furia; no era como otros niños palestinos, que les arrojaban piedras cada vez que los veían. Muchos de ellos habían perdido la vida por provocar a los soldados israelíes, que, al comparecer ante oficiales de su ejercito, o los medios, habían argumentado haber confundido a los infantes por terroristas.

Pero hoy no era día para pensar en esas cosas. Después de todo, era Navidad, la fiesta de Belén por excelencia, y una ráfaga de deleite recorrió el cuerpo de Muna al mirar hacia arriba y observar todas las decoraciones que llenaban de colores las calles de tono arenisco.

* * *

Har Homa
El desarrollo de Har Homa erigido frente a Belén. Imagen de  Alan Kotok (runneralan2004) vía Flickr, con una licencia de Creative Commons.

Hoshia Schor, un flacucho niño de pelo castaño claro y ojos azules estaba sentado en el pórtico de su casa, mientras miraba hacia abajo hacia aquel sobrio y alto muro de concreto gris que rodeaba Cisjordania. Poco sabía Hoshia del enfurecido graffiti que decoraba el otro lado. “Es para protegernos” su padre había dicho cuando Hoshia había preguntado el por qué de la existencia de aquel cercado, “de los terroristas.”

Tal vez tenía razón. Después de todo, Hoshia, que había cumplido trece un día antes, no había olvidado aquel 14 de marzo de 2002, cuando su primo Samuel no había llegado a cenar. Más tarde lo encontraron tirado en la calle, cubierto en sangre. Lo habían golpeado hasta dejarlo muerto.

Los  Schor, una convencional familia judía, habían vivido en Har Homa desde que Hoshia tenía seis años. Y a pesar de los múltiples actos de violencia que los habían rodeado desde que habían llegado , no tenían intenciones de irse a otro lado en un futuro cercano.

—¡Hoshia!— Erzebet Schor, su madre, le llamó desde adentro de su casa. —¿Estás listo, amor? Deja te digo que tu padre no esta muy feliz de que faltes a clases, pero le dije que te reponías luego.

Hoshia la miró con incertidumbre, ¿Para qué iba a faltar a la escuela?

—Te voy a llevar a Jerusalén con tu tío para que te ayude a escribir tu discurso, ¿no te acuerdas? Y también vas a ir de una vez a recoger tu tefilín.

Hoshia suspiró y se levantó. Iba a ser un día muy largo. Quedaban pocos días para que fuera su Bar Mitzvá y su madre, mucho más religiosa que su padre cabe agregar, estaba haciendo  lo posible para que todo saliera perfecto  el sábado. Hoshia le tenía mucho cariño a su tío, el Rabino Eleazar Hirsch, un sabio y amable señor de edad avanzada. Él había sido el que le había enseñado a amar su religión y cultura, y de alguna manera había adoptado el papel de su abuelo, que había muerto cuando Hoshia era pequeño.

Antes de partir subió por una chamarra y luego se acomodó en el asiento del copiloto. Al alejarse de Har Homa hacia Jerusalén, Hoshia no podía dejar de mirar hacia el muro de Belén. Podía ser que hubiera algunos terroristas allá atrás, pero le torturaba el pensamiento de que hubiera gente inocente forzada a vivir dentro de aquella enorme prisión gris.

En su interior, tembló al recordar aquellas historias de su abuelo, un pequeño niño de ocho años en ese entonces, que había sobrevivido a los campos de concentración de la Alemania nazi. Imágenes de su abuelo muerto de hambre cargando pesados yunques–fabricadas con ayuda de las fotografías de sus libros de historia–se repetían una y otra vez en su cabeza. Incluso antes de ser deportados a campos de concentración, recordaba Hoshia, los judíos habían sido forzados a vivir en inhumanas áreas recluidas de algunas ciudades, denominadas guetos. Belén no era una zona recluida, era toda la ciudad privada de su libertad. Hoshia cerró los ojos y suspiró. ¿Acaso no estaban ellos, los judíos, haciéndole a los árabes al otro lado del muro lo mismo que les habían hecho los nazis hace más de sesenta años? ¿Acaso no les estaban construyendo un gueto gigante?

* * *

Bethlehem Christmas2.JPG
Misa de Navidad en Belén. por Donatus (Darko Tepert) . Licencia CC BY-SA 2.5 via Wikimedia Commons.
 

Muna permanecía recargada sobre los barrotes azules que protegían el camino por el que iba a pasar el Patriarca para llegar a la Iglesia de la Natividad. Miraba extasiada a su alrededor. Parecía que el mundo entero se había reunido en Belén ese día.

Podía ver a personas de todas las razas, hablando en todos los idiomas que a Muna se le pudieran ocurrir. Todos, como ella, esperando tras la reja. Había reporteros persiguiendo turistas y hombres del Servicio Secreto con sus trajes negros supervisando que todo saliera bien. El mundo se veían enorme para ella ese día. Algún día, se decía a sí misma, visitaré todos los lugares de los que viene toda esta gente. Todos.

Sus dos abuelos estaban parados a lado de ella. Con su precario inglés, apenas podía seguir pedacitos de las conversaciones que sus abuelos tenían con peregrinos de diferentes países. Su abuela hablaba con unas señoras que parecían ser de la India. Les contaba de cómo no había salido de Belén desde 1994. O algo así.

Su abuelo estaba charlando con dos adolescentes latinoamericanas. A Muna le pareció que les estaba contando de la familia que tenían en México: algunos tíos lejanos. Luego por intuición adivinó que el tema había cambiado al favorito de Kamel: su proyecto de un documental para History Channel. Llevaba meses trabajando en él:  trataba el conflicto palestino-israelí, pero de manera diferente a cualquiera que se había hecho, según le había dicho a Muna, que no entendía la diferencia de todos modos. Los ojos de las niñas brillaban con entusiasmo al oírlo. La pequeña le  sonrió a su abuelo con orgullo, mirando de reojo a las niñas una que otra vez.

—¡Muna!— oyó la voz de su madre gritar. Dalia Kassis apareció sonriente momentos después entre la multitud, acompañada de su padre, Yashua, que traía en brazos a su pequeño hermano Jirhis.

—Pensé que nos íbamos a tardar más en encontrarlos,— le dijo dándole un beso en la frente, —¿y tus abuelos?

Momentos más tarde el desfile, que había empezado unas cuadras antes, llegó finalmente a la Plaza de la Natividad. La procesión estaba conformada por bandas de diferentes escuelas, que tocaban mientras marchaban una tras la otra, cargando banderas palestinas que se paseaban de un lado a otro con el aire.

—Muna, tu tío va a venir a Belén a pasar las vacaciones,— su madre le dijo, traiéndola de vuelta de su soñar despierta. La niña abrió los ojos con sorpresa y emoción.

—¿Es en serio?— le dijo emocionada. —¿Viene aquí…hoy?

—Si tu papá está hablando ahorita por celular con él. Yo creo que llega en unos minutos.—

Muna no podía con su emoción. Su tío Naím era tal vez la persona que más admiraba en su vida.

Como patriota ardiente que era, había servido en el ejército palestino en sus veintes y ahora, que apenas iba a cumplir 30 años, tenía un importante puesto en el gobierno. Era de los pocos suertudos que podían entrar y salir de Belén cuando quisiera. O bueno, casi casi.

—¡Preciosa!— escuchó Muna en la familiar voz  de su querido tío, al darse cuenta de que unos brazos la habían tomado desprevenida y la levantaban al aire. Eran evidentemente los de Naim, que la subió a sus hombros.

—¿Cómo esta mi sobrina favorita, eh?

-Bien,— respondió Muna sonriente, y luego lo abrazó del cuello —te extrañamos mucho, tío.

— Yo también los extraño a todos,— le dijo, tratando con dificultad de voltear hacia atrás a ver a su sobrina. Sus enormes ojos verdes le brillaban. —¿Y mi hermanote?

Muna le grito a su padre, que aún trataba, ya un poco desesperado por localizar a su hermano en el celular.

La pequeña palestina miraba, desde los hombros de su tío a su alrededor. Le saltó a la vista un turista americano que estaba parado arriba de la columna de la puerta de la casa para peregrinos de los franciscanos, el Casa Nova, que la descubrió mirándolo y la saludó amistosamente.

—¿Cuánto falta para que llegue el patriarca?— gimió un rato más tarde algo desesperada, tratando de divisar aquel séquito de sacerdotes que lo escoltaban cada año. Pero nada. Y ninguno de los adultos le contestó. Jirhis jugaba con el pelo de su madre, que trataba con paciencia de soltarle su manita cada vez que le jalaba el pelo. De repente, se percató que su padre y su tío alegaban acaloradamente.

—¡Claro que estoy juntando dinero!— oyó a su padre decir, —y en cuánto pueda, me voy a llevar a Dalia y a los niños fuera de aquí. Ya pedí nuestras visas ¡Esta tierra está perdida, Naím! ¡es inútil soñar con una patria palestina, no va a pasar!

Muna no podía ve la cara de su tío, tan solo su cachete, que estaba rojo de ira.

—No puedo creer que tú me estés diciendo esto, —dijo con una voz que buscaba ocultar su enojo—tú que solías decir que los sacrificios de nuestros compatriotas no habían sido en vano y que aunque se llegara a una guerra, no importaba con tal de que viéramos nacer un país nuestro, un país libre ¡Eres un hipócrita!—

—Era muy joven y muy tonto entonces,— Yashua Kassis respondió, ya un poco más pensativo y melancólico, —No quiero que mis hijos vivan lo que yo viví. Algún día, cuando tengas familia, tal vez lo entiendas.—

Naim exhaló ruidosamente, en signo de exasperación, pero no dijo nada más. Muna, que seguía encaramada en sus hombros, rompió el incomodo silencio entre los adultos al gritar insolentemente:

—¿Por qué se está tardando tanto?—

—Estará aquí en diez minutos.— su padre murmuró irritado. Ella volteó los ojos; le habían dicho lo mismo cada que preguntaba acerca de la tardanza del patriarca.Debía haber estado allí hacia años; había pasado mucho más que diez minutos.

—¡Miren! ¡Ahí viene!— Shireen, su abuelita, exclamó de repente, apuntando hacia algún lugar entre la multitud. Todos voltearon a donde señalaba. Muna entrecerró sus ojos, atisbando entre la multitud. Al fin los vio venir: el séquito de sacerdotes, todos de blanco, cantando en latín. Entre ellos caminaba el patriarca, un hombre diminuto con una sotana rosa oscuro y una amable cara escondida tras un par de grandes lentes.

Escuchó una ola de aplausos y porras recorrer la multitud y decidió unírseles.

* * *

The Bar Mitzvah Boy
Joven judío colocándose la Filacteria. Imagen de Chaim Zvi (chaim zvi) vía Flickr, con una licencia de Creative Commons
 

Hoshia suspiró sonoramente mientras examinaba la hoja en la que había empezado a escribir su discurso; nada podía estar más lejos de lo que le hubiera gustado escribir. De hecho, lo que había escrito era malísimo. Arrugó la hoja y la aventó contra la pared impetuosamente. Su tío, que lo observaba desde la puerta de la cocina se le acercó y depositó una charola con dos tazas de té en la mesa.

—No tiene que salir perfecto desde el primer intento.— Le dijo amablemente, agachándose para recoger el rugoso ensayo.

—Primero tienes que hacer una lluvia de ideas, luego empezar a escribir cualquier cosa que te venga a la mente. La Parashá de la Torá que toca es el Shemot, el libro de Moisés, ¿no? ¿Qué se te ocurre decir del Shemot?

Hoshia torció la boca y miró la blanca pared del estudio de su tío con expresión ausente mientras sorbía su té. Tal vez su mayor problema era que empezar su discurso con el tradicional “Hoy soy un hombre…” no se sentía realmente como algo que él diría. Probablemente porque no se sentía como un hombre en lo absoluto.

—Pues… tal vez que… este…—Pero no pudo articular un enunciado coherente.

Su tío sonrió —¿Por qué no lo dejamos así? Vamos, ya casi son las doce y hay que recoger tu Filacteria.

Para visitar al escriba que les daría la pieza terminada fueron a la Vieja Jerusalén. Su tío Eleazar quería que se diera cuenta de que no eran solo pequeñas cajitas negras que se amarraban a la frente y al brazo, sino que verdaderamente contenían la palabra del Todopoderoso.

Cuando terminaron decidieron pasar al Muro Occidental para orar brevemente. Después de todo, era ya un Bar Mitzvah aunque aún no hubiera sido su celebración oficial.

Hoshia, de pie frente a la majestuosa pared, sintió escalofríos recorrer su cuerpo. El Muro de los Lamentos, lo llamaban también; se lamentaban porque no tenían templo y sin un templo no podían hacer los sacrificios que el Todopoderoso les mandaba realizar para limpiar sus pecados. Y sin la posibilidad de purificarse…

Era un pensamiento desconsolador; Hoshia tembló ligeramente mientras se amarraba la Filacteria a su brazo izquierdo. Pero era una realidad; el templo no podía ser reconstruido en el Monte Moria. La Cúpula de la Roca, el lugar en donde los musulmanes sostenían que Mahoma había ascendido a los Cielos, había sido construida sobre las ruinas de su viejo templo. Y ahí se erguía aún.

Desenrolló un pergamino de la Torá y comenzó a rezar. ¿Por qué aquí? Se preguntó, distrayéndose un poco de su oración, ¿Por qué, si esta es la tierra sagrada de nuestros antepasados, otras dos religiones decidieron que éste era el lugar para reclamar como suyo?

Cuando Hoshia terminó, espero a su tío afuera en el atrio. Seguía con ánimos meditativos, mirando la pared fijamente, sus pensamientos dándole vueltas en la cabeza, cuando sintió una mano sacudirle el hombro bruscamente. Se volteó sorprendido. Un niño como de su edad, de cabello oscuro y rizado  y vivos ojos color miel le sonreía abiertamente. Hoshia lo examinó detenidamente.

—Hoshia, ¡tarado! ¿No me reconoces?- el niño exclamó con una risa. —Soy Jeroham Brenner… ¿tu exvecino?—

El nombre le fue suficiente para reconocer a su viejo amigo, que se había mudado hacía ya casi cinco años a California, Estados Unidos. Había cambiado bastante. Soltó una carcajada y enseguida se abrazaron calurosamente.

—Te reconocí como a cien metros de distancia.- Le dijo Jeroham, ajustándose la kipá que amenazaba con caerse de su alborotada melena. —No has cambiado nada ¿sabes?

—Pues tú sí.— Hoshia buenhumorado —¿Y qué haces aquí?

—Estoy de vacaciones.

—Ah, ya— Se había olvidado de que en Estados Unidos tenían vacaciones de Navidad que empezaban a mediados de diciembre y duraban más que Hanukkah.— Bueno, ¿Y cómo has estado? ¿Qué tal es, vivir en Estados Unidos?

—Pues, es…eh, diferente de vivir aquí, supongo. Pero digo, ya estoy súper acostumbrado. En la casa hablamos en inglés todo el tiempo. ¡Mi hebreo está tremendo!—

Hoshia asintió con la cabeza.

—Si, ya te oí.

—¡Óyeme! ¡No me lo tenías que confirmar!— le dijo riendo, después de golpear su hombro.

Se volteó y miró a la entrada. Hoshia siguió su mirada. Un par de soldados estaban ahí estacionados, sus armas listas, protegiendo el lugar más sagrado de los judíos.

—Se me había olvidado cómo eran las cosas aquí. En el aeropuerto de Frankfurt, no inventes, ¡tuvimos que pasar por tres procedimientos de seguridad antes de poder abordar el avión a Tel Aviv! ¡Y hay puestos de control militar en todas partes! Es una friega.—

Hoshia se encogió de hombros de manera indiferente; estaba acostumbrado a todo eso. Al ver que no decía nada, Jeroham agregó:

—Están construyendo una muro de concreto ¿verdad?… ¿Para mantener a los terroristas alejados de Jerusalén?

—Ajá—dijo Hoshia, volviendo a mirar al Muro de los Lamentos. Jeroham siguió hablando:

—Mi papá dice que los ataques terroristas han disminuido desde que la empezaron a construir y que si la situación de Israel continúa así, a lo mejor regresamos en un par de años.

—Oye, qué bien, Jeroham.— Hoshia le respondió distraídamente, mientras se volvía a sumergir en sus pensamientos.—Pero ¿Crees que una pared podrá detener a una persona que está dispuesta a morir? — Añadió, más para sí mismo que para Jeroham, con un gesto perturbado.

—Encontraran una manera de llegar a nosotros. La pared los está enfureciendo más que antes. Los están encerrando… y a nadie le gusta estar encerrado…

Jeroham frunció el ceño curiosamente, su boca abierta de asombro.

—Em…¿Estás bien?

Eso despertó a Hoshia de su mundo interno. Sacudió la cabeza y se rió ligeramente.

—Yo… pues supongo que desperté un poco más reflexivo que de costumbre, ¡je je!

—De verdad que sí.— asintió Jeroham, riéndose en tono de alivio.

—Jeroham Brenner ¿Eres tú? ¡Estás enorme!

Ambos voltearon y vieron al rabino Hirsh, que había ya terminado su oración. Jeroham sonrió.

—¡Hola señor!—le dijo mientras se estrechaban de manos.

Hoshia le dio la espalda a su amigo y tío (que estaba invitando a Jeroham a su Bar Mitzvah) y caminó hacia el Muro Occidental, regresando a sus reflexiones. Están hablando de muros para la seguridad, ¿y si ocurre exactamente lo contrario? ¿Y si empiezan otra guerra? Hoshia visualizó el gran muro gris en su cabeza y luego la Cúpula de la Roca justo encima del Muro de los Lamentos. … podría pasar otra vez ¿Pero en cuánto tiempo?

* * *

Apartheid wall
El muro de Cisjordania. Imagen de Peter Mulligan vía Flickr, bajo una licencia de Creative Commons

Muna levantó la cabeza para voltear a ver al soldado Israelí que inspeccionaba sus papeles. Se veía frío e indiferente, su cara seria e inmóvil como la de una estatua.

Kamel Kassis suspiró. Habían estado en la frontera de Belén casi una hora. Tenían que estar seguros de que no era un sujeto subversivo y potencialmente peligroso. Después del desfile en la mañana, él y Muna se encaminaron hacia Jerusalén, donde tenía una junta con un arqueólogo en la tarde. Había calculado cautelosamente el tiempo que estarían en la frontera para no llegar tarde a la cita. También había, solicitado, con tiempo, permisos para él y para su nieta (era su regalo de Navidad). Sabíaque Muna amaba Jerusalén y que era una compañerita paciente.

Después de que se les permitió pasar, se subieron al carro y manejaron las seis millas que los separaban de la Ciudad Santa. Sólo que ahora la distancia parecía ser mayor. Muna jaló del abrigo de su abuelo mientras se adentraban a las antiguas calles de la vieja ciudad.

—¿Qué pasa habibti ?— Kamel Kassis preguntó apaciblemente, mirando a la pequeña niña con ternura.

Jidu, ¿Por qué mi baba y mi tío Naim se estaban peleando hoy en el desfile?— Su abuelo frunció el ceño.

—¿Se pelearon? Pues no lo sé. No los escuché. ¿Qué decían?—

—Pues baba dijo algo de irse a Argentina y mi tío Naim se enojó mucho.—

Kamel Kassis tosió en signo de sorpresa, como si Muna hubiera abordado un tema prohibido: no cualquier tema tabú, sino el tema. Suspiró.

—Bueno, verás Muna… tu papá y tu tío tienen…eh, diferentes maneras de ver la vida. Tu tío, pues, es un patriota; y tu padre es un hombre de familia, que moriría simplemente para poder verte a ti, a tu mamá y a Jirhis felices.

—¿Y quién de los dos está mal?—preguntó  la niña

Kamel negó con la cabeza.

—No, no, no. Lo que quiero que entiendas, habibti, es que ninguno está equivocado. Pero van a pelear ocasionalmente porque sus puntos de visto son… bueno, polos opuestos.—

—Y ¿de que lado estpas tú, jidu? ¿Del de baba o del de tío Naim?—

Su abuelo se rió.

—Yo no estoy del lado de nadie. Ambos son mis hijos y los amo. Por supuesto que me encantaría que Naim entendiera que hay maneras pacíficas, de acabar con el conflicto. Podrán no ser las soluciones más rápidas o eficientes, pero las grandes cosas se toman su tiempo ¿no?—

Le sonrió a su Muna, quien le sonrió de regreso mientras asentía con la cabeza. Algunos llamaban a su abuelo un moderado; respetaba y admiraba a los judíos (de hecho el arqueólogo que iban a ver era un viejo amigo judío de Kamel). Trataba de encontrar cosas en común antes que concentrarse en las diferencias irremediables entre los palestinos y los israelíes.

—Tu padre, por otro lado— continuó—está…huyendo. Belén ya está desierto, porque la gente como tu padre no vio esperanza y decidió irse. ¡Pero ésa no es la solución tampoco! ¿Quién está abandonando Palestina? La gente culta, la políticamente moderada… las familias jóvenes. Toda la gente que, si se quedara, podría hacer la diferencia. Eso es lo que hace enojar a tu tío Naim. Él sabe todo esto y no puede ver que tu padre se una a todos esos— él los llama cobardes— empaque sus cosas y salga corriendo..—

Muna asintió una vez más. No entendía todo, pero sentía que su abuelo tenía razón.

—Pero, yo no me quiero ir, jidu.— dijo tristemente. Su abuelo le sonrió con empatía, pero no dijonada. Evidentemente, él tampoco quería que se fueran.

Tocó a la puerta de Vered Rosenberg. El arqueólogo abrió la puerta y sonrió, abrazando a su amigo.

—¡Kamel Kassis! ¡Bienvenido!—dijo en árabe fluido.—Pensé que te retendrían más tiempo en la frontera.—

—Por suerte, no lo hicieron.—Dijo Kamel con buen humor. Vered volteó a ver a Muna.

— ¡Bienvenida, pequeñita! ¿Cómo te llamas?—

—Muna.—replicó tímidamente.—

—Bienvenida Muna. Entren y siéntense. Les traeré té— dijo Vered, señalando los cómodos sillonesque se encontraban en su pequeña sala, mientras se dirigía a la cocina apresuradamente.

—Estaré con ustedes en un momento..—

Kamel se sentó en un sillón y Muna se acomodó en sus piernas. Cuando Vered regresó, él y su abuelo empezaron a hablar de negocios en hebreo, así que Muna decidió poner a volar su imaginación, mirando con asombro todas las antigüedades que llenaban la casa del arqueólogo.

* * *

Western Wall
El Muro de los Lamentos. Imagen de Kyle Simourd vía Flickr, bajo una licencia de Creative Commons

Hoshia se despidió de Jeroham. Luego salió del recinto del Muro Occidental acompañado de su tío.

Mientras recorrían la calle El Wad, el rabino Hirsh se encontró con un conocido y comenzó lo que prometía ser una larga conversación. Hoshia caminó por entre las tiendas de souvenirs, mirando las cajas llenas de polvorientos colguijes y amuletos de todos colores, formas y tamaños.

Caminó unos pasos más y sintió a alguien chocarle por atrás. Se dio la vuelta. Se trataba de una pequeña niña con el pelo negro y ondulado, que había estado cargada de libros que se encontraban ahora desperdigados por el sucio piso. Ella miró al suelo apenadamente y se apresuró a recogerlos con las mejillas coloradas.

Hoshia cayó de rodillas inmediatamente y la ayudó a levantar los libros, colocándolos en sus peque- ñas manitas. La niña lo volteó a ver, congelada, sus ojos grandes de estupefacción. Y mientras los recibía sus brazos permanecieron paralizados.

—Aquí tienes.— Le dijo él con una sonrisa.— ¡Casi me tumbas! Cuidado a la próxima, ¿eh? —bromeó, ofreciéndole su mano para que se levantara. La niña la tomó, pero la expresión asombrada no se esfumó de su cara.

Sólo entonces se le ocurrió a Hoshia que la niña no había entendido una sola palabra de lo que había dicho. Ah… debe ser árabe, pensó, sintiendo como sus propias mejillas se coloraban, al pensar que no había manera de darse a entender con la niñita, porque no hablaba su idioma.

—Eh…—balbuceó, tratando de pensar en algo que la niña pudiera entender. —Shoukran — murmuró la palestina finalmente. Hoshia la miró, sorprendido. No había esperado escucharla hablar. Y le había entendido; le había dado las gracias. —Al lo davar — replicó en hebreo. La niña pareció entender, porque sonrió con sus pequeños y tímidos labios. —¡Muna!— Gritó desde la esquina opuesta de la calle un hombre anciano con una boina gris. La niña reaccionó, como lo hace uno cuando escucha su nombre y se dio la vuelta con la pila de libros cubriéndole la mitad de la cara.

* * *

Muna alcanzó a su abuelo aún desconcertada… impresionada por la extraña amabilidad del niño con la kipá. No pudo resistir voltear atrás. El rubio niño judío le sonrió y agitó su mano en despedida. Ella le sonrió de vuelta, tomó la mano de su abuelo y dio la vuelta a la esquina para tomar la Via Dolorosa. Tal vez su abuelo tenía razón.  
The Souk - Jerusalem
Una calle en Jerusalén. Imagen de Michael Summers (cannonsnaper) vía Flickr, con una licencia de Creative Commons

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