Jake Givens via Unsplash.com

Tuve una infancia pacífica, lo hice, en verdad no podría afirmar lo contrario. Hubo un tiempo en el que resentía aquella palabra; pacífica tenía una connotación demasiado positiva. Prefería usar palabras como insípida o insubstancial. Ahora veo  que no sabía de qué hablaba.

Solía soñar con tierras que nunca había visto y bromear acerca de cosas que jamás había sentido. Verán, mi madre me crió lejos del Olimpo y sus complicaciones.  No sabía nada del mundo, fuese divino o mortal.

Afrodita me dijo alguna vez que yo poseía un tipo de belleza extraño. Recuerdo que mi madre se disgustó por el comentario, pero no yo. Me parecía dilucidar que todos los dioses eran bellos.  Y ¿cómo podría uno esperar que una belleza ordinaria tuviera algún valor entre deidades? Pero si mi belleza era extraña, ya era algo. Si mi belleza era extraña, esto me hacía ser alguien.

–¿Porque estoy aquí?–Le había preguntado alguna vez a mi madre mientras hacíamos crecer plantas en pocos segundos dentro de un campo vacío.

–Me estás ayudando, Kore.–Había replicado, concentrada en su trabajo.

–No, ¿por qué existo?

–Estas aquí para ayudarme, Kore.– Demeter repitió, parpadeando ante my poco ortodoxa interrogación, como si no entendiera el por qué de ésta.

La respuesta no me dejó satisfecha, parecía ser un propósito demasiado pobre para un corazón tan imaginativo como el mío.

Entonces  intenté la misma pregunta con mi padre, la siguiente vez que se dignó visitar la pequeña isla que habitaba junto con mi madre.

-¿Quién soy, padre?

-Eres la Primavera, pequeña.-  Había replicado el rey de los dioses, enmarañando mi cabello.

Y no me encantó esa respuesta tampoco. No se sentía suficientemente importante: no había humanos que me adorasen, ningún mortal me rogaba por favores y no existía un templo construido en mi honor o una ciudad consagrada a mí.  ¿Y que es un dios sin todo esto?

Corría a través de campos y praderas y jugaba con mis dríades y ninfas. Ser la Primavera parecía significar estar ociosa y carente de preocupaciones el mayor tiempo posible, pues eso era todo lo que mi madre me ponía  a hacer. Oh, cuánto envidiaba a los demás dioses, libres de vagar por la tierra, mar y cielo que quisiesen. Incluso los humanos podían pasearse entre las esquinas de su empequeñecido mundo.

El matrimonio, según pensaba, traería un cambio favorable a mi condición. Hermes, Ares, Apolo e incluso el desfigurado Hefestos intentaron cortejarme, en cuanto tuve la edad adecuada. Así es, mi “extraña belleza” tocó hasta los corazones del orgulloso Apolo y el belicoso Ares. Pero mi madre los rechazó. Ninguno era suficientemente bueno para mí, decía.   Todos encontraron consuelo entre otras y yo quedé sola, en mi isla. Siempre en mi isla.

La palabra normalidad  sabía amarga en mi boca, todas las praderas y dríades del mundo poco hacían para quitarle lo insípido al tiempo.  El cambio me encontró, como uno podría adivinar, al terminar mi día  jugando entre pasto y ninfas.

Acaste fue la última en dejarme a mis cavilaciones. Durante el día todas habían estado riéndose de manera capaz de  provocar al más paciente de los hombres.  No sé que digan las historias al respecto, pero fui yo las que les mandé que se fueran; no se merecían el terrible castigo de mi madre.

Lo recuerdo bastante bien: las memorias divinas no menguan. Estaba sola con mis flores y de pronto había un brazalete ornamentado tendido sobre el suelo. Era la cosa más bella que había visto en mi vida. Casi parecía demasiado precioso como para tocarse.

Me incliné para recogerlo y en cuanto volteé hacia arriba, vi a un hombre parado frente a mí. Era más alto que mi padre y portaba una túnica larga y oscura. Su cara no carecía de belleza pero era de un tipo melancólico.  Apreté el brazalete en mi mano con repentino miedo. Lo reconocía.

-¿Porqué estas aquí?- pregunté buscando con la mirada a mis damas de compañía.

-He venido por ti.- Hades replicó suavemente.

-Pero, ¡no puedo morir!- Aullé con un pánico idiota.

-Y yo no soy la muerte.- Él replicó con una risa gutural.

Me sonrojé un poco pero lo miré con desafío.

-Entonces ¿por qué has venido por mí?

-He venido por ti porque así lo quise.- Respondió lacónicamente el rey del Inframundo. Retrocedí.

-¿Y si no quiero ir?

-Has aceptado mi regalo de bodas, Perséfone.- Indicó el brazalete que colgaba de mi brazo. Abrí los ojos con sorpresa y lo solté. Él lo recogió y lo aseguró alrededor de mi muñeca. Lo miré estupefacta. Me volteé para correr.

Me asió entre sus brazos en menos de un segundo y me cargó hacia la gran carroza negra que lo esperaba. La tierra se cerró encima de nosotros mientras le indicaba a sus caballos que corrieran y nos hundimos en las profundidades de la tierra.

Viajamos en ausencia del sol por bastante tiempo antes de alcanzar el rio Estigia. Para entonces ya lloraba desconsoladamente.

-¿Por qué lloras, amor mío?- Preguntó el Señor del Hades mientras nos llevaban por el río. Limpiaba mis lágrimas casi con ternura.

-¿Por qué no habría de llorar?-  Le espeté sin voltearlo a ver.

-Estoy enamorado de ti, Perséfone.

-No lo estás.- Dije, abrazando mis rodillas y ocultando mi cara. Guardó silencio el resto del viaje.

Volkan Olmez via Unsplash.com

Pasé semanas y semanas en el Inframundo, sintiendo que me marchitaba.  El señor del Hades me trataba bien, siendo justos,  pero extrañaba mi hogar demasiado como para disfrutar de las novedades de la vida marital.

Mi madre, según me dijeron, había desgarrado el mundo buscándome. Castigó a mis fieles ninfas por perderme de vista y castigó al mundo humano, a falta de un mejor receptáculo para su ira.  Lloré por su corazón lastimado.

-Deméter te quiere de regreso desesperadamente, Perséfone. – Mi esposo me dijo amargamente una tarde.

-¿Por qué me secuestraste?- Le pregunté, contemplando su pálida tez. – ¿Por qué no me cortejaste apropiadamente? Como todos los demás.

-No soy todos los demás.- Hades respondió frunciendo el ceño. Pero su expresión se suavizó  enseguida  y se torno pensativa.-  Mi hermana es una mujer obstinada; jamás te hubiera renunciado.

– No lo hará ahora.- Le dije con un poco de arrogancia. Suspiró.

-Ya no eres su Primavera, Perséfone. Ahora eres una reina. Mi reina.

-Soy la  Primavera, ahora más que nunca.

La situación empeoró muy pronto: nada crecía en el mundo de los hombres. Mi padre comenzó a desesperarse y todos los dioses compasivos sufrían junto a los mortales.  Y yo permanecía en el Inframundo.

La monotonía del oscuro mundo me hizo darme cuenta de lo mucho que había subestimado el mío. Podía haber dejado que Hades me amara, pero no lo hice. Estaba enojada con mi secuestrador y no pensaba dejarlo ser el consuelo para una desesperación que él había creado.

Añoré más de una vez que Tánatos me privara de mi vida inmortal,  sin embargo siempre caía en la cuenta de que sería inútil. Morir tan solo significaría permanecer en el Inframundo para toda la eternidad.

-¿Cómo estás, amor mío?- Preguntaría Hades invariablemente.

-Aburrida- Respondería yo, también invariablemente.

-Hoy te traje algo.- Me dijo una fatídica ocasión. Escondía su brazo atrás de su espalda y su mirada era tentativa.

-¿Qué es?- Pregunté, intrigada a pesar de todo. Me mostró una granada.

-Supuse que te gustaría algo fresco para comer.- Explicó mientras yo escarbaba un par de granitos imposiblemente rojos. Le agradecí.

-Tu madre ha ganado.

-¿A que te refieres?- Pregunté mientras comía tres de los granos

-Zeus no soportará que devaste el mundo del hombre más tiempo. Me ha forzado a regresarte.- No podía discernir si la expresión de sus ojos reflejaba tristeza o enojo. Comí dos granos más antes de replicar.

-¿Me puedo ir a casa?- Pregunté sorprendida,

-Te iras a casa.- Aceptó Hades y esta vez fue innegable el tono de angustia en su voz. Pero su mirada era especulativa y eso me confundió.

Y de repente no estaba verdaderamente segura de si quería irme a “casa”. Comí otro grano de granada mientras me preguntaba que rayos era lo que quería en verdad. No tenía idea que llegaría a amar a mi esposo, verán. Sin embargo el sentimiento estaba ahí, comenzando a punzar por las esquinas de mi confundida mente.

-Qué ¿no estás feliz?- Me preguntó el dios de los muertos con extrema amargura. -Lo estoy. Hades asintió. -Hermes está aqui para recogerte. Puedes ir con él. Estaba ya segura en los brazos de mi travieso medio hermano cuando el Destino intervino, de manera bastante literal. Hermes estaba apunto de despegar cuando Átropos gritó tras él:

-¡Alto! La reina no debe dejar el inframundo.

La criatura de túnica blanca portaba una expresión de extrema solemnidad mientras sus hermanas se posicionaban a su lado.

-Por Zeus, ¿porqué no? – Exclamó Hermes con  gesto confundido.

-Ha comido de nuestras tierras.- Cloto anunció severamente.- Debe permanecer.

Hermes me soltó, pues no hay dios que se atreva a desobedecer a las Moiras, y aterricé sonoramente en las orillas del Estigie. No me sorprendió encontrar al Señor del Hades parado a mi lado cuando alcé la cabeza.

Parecía satisfecho pero no sorprendido. Dejé que me levantara del suelo. Dejé que me envolviera entre sus brazos. ¿Había algún punto en rechazarlo?

La furia de mi padre cuando se enteró de la astucia de su hermano fue terrible, según me han dicho. Pero todo estuvo bien eventualmente. Al menos para el mundo de los hombres.

Se me permitió regresar a mi madre por al menos seis meses al año y ella fue amable con sus cosechas una vez más. Yo estaría permanentemente partida en dos, pero no parecía importarles. Nunca les llegaría a importar. Solo celebraban la venida de la Primavera año tras año con sus banales banquetes y festividades. Nadie se preguntaba si la Primavera se alegraba de haber venido.

Oh, pero no prestemos atención a eso, obtuve mi templo y mi adoración. Para siempre estaría tallada en la imaginación del hombre como la contradictoria diosa de la Primavera y reina del Inframundo.  Han cantado mi cuento tantas veces que podría, sin duda, recitarlo de atrás para adelante.

Si todo esto no me hubiera ocurrido , a nadie le interesaría leer estas líneas ¿o sí? No tengo queja alguna. Vayan, vuelvan a sus propios asuntos, no se inquieten. La Primavera vendrá este año, como lo hace siempre. Brotará de la tierra para encontrarse con su encantada madre, dejando detrás a un esposo con el corazón roto.

 
Silvestri Matteo via Unsplash.com

Comentarios