Foto de  samthestockman, utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

* * *

de aquella vez que dormí sentada

Monte Bromo, Indonesia

Ale

Sin duda alguna, mi peor historia de hoteles fue ésta. Y digo la peor porque la finalidad de llegar a un hotel es poder descansar, y amanecer el siguiente día con las energías necesarias para poder disfrutar un viaje, ¿no?.  Pero ¿qué pasa cuando pasas tan mala noche que logras dormir sólo por unos cuantos minutos (o al menos así lo sientes) y tienes que madrugar?

La verdad en esta historia, es que pagamos aproximadamente 20 dólares por el tour completo (que incluía transporte y hospedaje), y jamás nos pasó por la cabeza lo  feo que podría estar el lugar al que nos llevarían; por precios más bajos habíamos conseguido quedarnos en pequeños paraísos, donde la atención y la calidez del personal era tan buena, que te sentías como en un hotel 5 estrellas. Sin embargo lo que obtuvimos fue un hotel a las faldas de la montaña, con habitaciones color pastel, pisos de cemento y dos camas, ambas sucias y realmente duras.

Para no hacer el cuento largo, después de pasar 14 horas en la camioneta, sin aire acondicionado, y sin haber cenado, lo mínimo que esperaba era agua caliente, y una cama donde dormir; en lugar de esto me tocó agua helada y tener que dormir sentada.

Recuerdo perfectamente que me pregunté a mí misma si prefería la colcha de flores silvestres, o la que que tenía unos puerquitos con alas. Al final decidí sentarme (que no acostarme) en la que se veía más limpia.  Las sábanas de la cama parecían tener más de 3 meses (mínimo)  que no se cambiaban; tenían rastros de sangre y algunas otras manchas de dudosa procedencia.

La única persona de nuestra comitiva que durmió esa noche fue la que traía un sleeping. Hoy sirve de anécdota y me puedo reír de mí misma y de lo desesperada que me sentía esa noche, aunque jamás regresaría.

 
9150170999_8a01da4dc7_c
Foto de  Jonathan Kos-Read utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

* * *

de territorios marcados en un hostal

Bristol, Inglaterra

Rocío

No es que uno debería esperar un servicio de 5 estrellas cuando decide albergarse en un hostal–ni siquiera cuando el precio de dos camas en el hostal en cuestión alcanza al de un cuarto en un hotel bastante razonable en cualquier otra parte del mundo menos cara que Inglaterra– pero nunca dejo de reírme cuando recuerdo todos los pormenores que vivimos mi hermana y yo en este alojamiento en el corazón de la ciudad de Banksy.

Gran parte de estos fueron nuestra propia culpa: traer una sola maleta de ruedas para las dos resultó poco práctico a la hora de subir las interminables escaleras hasta nuestro cuarto. Y no se diga nada de la lógica que utilizó mi hermana a la hora de empacar para una estancia de tres días en un hostal: no traía chanclas para la regadera pero si una secadora y una enchinadora de cabello. Bristol nos conocería algo sucias pero eso sí, con chinos envidiables (claro que la enchinadora jamas salió de la maleta).

Las aventuras comenzaron cuando alcanzamos nuestro cuarto, el más barato, mixto , de siete literas y con un olor memorable, la chava del hotel nos entregó un par de etiquetas para que marcáramos la cama que quisiéramos. Como era temprano había bastantes vacías y pronto elegimos una litera. Salimos, fuimos a un par de lados, y cuando volvimos por la noche, Jo, mi hermana, se quedó a skypear en la zona común y yo entré al cuarto para encontrarme con una sorpresa.

La etiqueta de la cama de Jo estaba en el piso algo maltratada y en su lugar aparecía un nuevo nombre: masculino e italiano. Algo indignada volteé a buscar al culpable, dispuesta a defender los derechos de mi hermana, cuando caí en la cuenta que el susodicho había marcado su territorio con un calzón sucio. Silenciosamente coloqué la etiqueta de Jo en la litera de a lado. Por la noche la sinfonía de ronquidos me arrulló eventualmente.

4148685770_b780ae384a_b
Foto de Nina J. G. utilizada bajo una licencia de Atribución Creative Commons

 * * *

del hotel que rompió con nuestras bajas expectativas

Frankfurt, Alemania

Ezbaide

Con los pininos de mi madre en hacer reservaciones en línea, reservamos un tour para mi primer  eurotrip–hace casi diez años–en donde en cuestión de hoteles nos tocó de todo, pero la mayoría entre regulares, malos y diminutos, con desayunos, si bien incluidos, con poca variedad en cuanto a comida sustanciosa.  

Al llegar a la estación de Frankfurt, mi padre se dio a la tarea de buscar un mapa y madre de sacar la ya tan doblada hoja de reservaciones para ver como nos desplazaríamos al Hotel, mientras tanto yo buscaba esos dos arcos amarillos mundialmente reconocidos que alimentaron mi imaginación todo este viaje.

“¡Ya lo encontré!” exclamó mi papá “ahora a buscar un taxi”. Ya dentro dentro del taxi le dimos la hoja de nuestro destino a tan amable hombre que nos dijo que el hotel estaba muy cerca y nos convenía mejor ir caminando. Le tomamos la palabra y así fuimos recorriendo calles hasta que yo pude localizar Hotel Bristol. Para mí era demasiado bueno para ser verdad, y hasta se me ocurrió que podría haber un error en la reservación, pues el hotel estaba muy lindo, decorado en blanco y negro con detalles de animal print.

Tras hacer el check-in  subimos al cuarto, y al entrar nos dimos cuenta que sólo había una cama, pero inmediatamente recibimos una llamada del mostrador pidiéndonos una disculpa por el desperfecto y nos prometieron resolver el problema. Salimos a echar ojo a la ciudad conocer y comer algunos platillos alemanes. Al regresar y al abrir la puerta del cuarto me encontré con una linda camita a mi medida.

La prueba de fuego fue el desayuno, ya un poco fastidiados de los típicos continentales y sin muchas expectativas entramos al buffet que ofrecía el hotel, ¡y vaya buffet! Recuerdo con claridad una gran barra con todo tipo de carnes frías, infinidad de quesos y una sección con pan que iba desde blanco, integral, con diversos granos, tipo bagel, entre otros, además de aderezos que para qué les cuento.

Era tanta la simetría de colores de la comida que no quería tomar nada para que no fuera yo quien desalineara esta imagen, pero mi hambre fue mayor así que tome de todo un poco. Ya en nuestra mesa y platicando de lo bien que nos había caído este hotel y admirable servicio vimos como una cámara y un conductor entraron al restaurante y empezar a grabar a todos los que nos encontrábamos ahí. Mi papá es de los que no se quedan con la duda y decidió preguntar que para qué serían estas tomas que nos estaban realizando y el director de cámara nos comentó que se estaba grabando un spot publicitario para el Mundial de Alemania 2006, ya que  Frankfurt sería una de las ciudades sede para el evento.

DSC04946
Foto de noahjeppson utilizada bajo una licencia Compartir Igual de Creative Commons

 * * *

de la vez que dejamos entrar a una perfecta desconocida

Buenos Aires, Argentina

Pilar

Éramos una chilena, dos mexicanas y el histórico Barrio de San Telmo. Claro que nadie nos dijo lo sombrías que se tornaban las calles de San Telmo al caer la noche. Claro que desde internet vimos 24 USD la noche y se nos hizo perfecta la idea de un pequeño hotel ubicado en el histórico Barrio de San Telmo. A mí me emocionaba el mercado de antigüedades del histórico Barrio de San Telmo. Por supuesto, no quiero desmerecer la majestuosidad de Buenos Aires. Como toda gran ciudad, tiene sus rincones que conviene mejor evitar a ciertas horas. Y en uno de aquellos rincones fuimos a parar.

A Javi la chilena, se le iluminó la cara cuando vio la “comisaría de carabineros” enfrente y nos hizo saber lo afortunadas que éramos. Anita–la otra mexicana–y yo nos volteamos a ver con ojos pelones por atrás de la Javi: para nosotros, la policía no es de fiar, y Chile aparte, habíamos visto que nuestro prejuicio solía aplicar en otros países latinoamericanos además del nuestro.

Entramos al hotel y nos recibió una señora no tan vieja, pero con mirada cansada, ojeras colosales y una explosión de pelos de elote. Nos dijo que habíamos llegado demasiado temprano y que no tenía lugar para guardarnos las maletas. Entonces entró su hijo–de aspecto más amable– a su oficina y la convenció de dejarnos meterlas a una pequeña bodega. El edificio, si bien regio, estaba casi en ruinas y parecía que hace un par de años habían tenido la intención de remodelarla. Pero sólo la intención: yo casi me tropiezo al subir las escaleras con una cubeta con pintura seca toda cubierta de polvo. Un señor cincuentón lleno de tatuajes y cubierto sólo con una toalla cruzó el pasillo al tiempo que nos lanzó una mirada torva.

Contra la vieja y raquítica llavecita que abría nuestros cuartos, para el portón la casera nos entregó un moderno dispositivo que activaba un sensor pegado a la puerta. “Tenés que ver la luz roja y escuchar el beep.” le indicó a Anita mientras hacía la demostración. “Luz roja, beep, ¿viste?” subrayó, mientras Anita asentía con la cabeza. Nos recomendó que lo tuviéramos a la mano y que abriéramos lo más rápido que pudiéramos. Ella no iba a estar para abrirnos por la noche, así que sí perdíamos el dispositivo, nos quedaríamos en la calle.

Después de andar toda la noche de bar en bar en Palermo, y tras una cantidad considerable de fernets con coca y cervezas, regresamos en taxi al hotel alrededor de las cinco de la mañana. Claro que ninguna nos acordamos de tener el sensor a la mano cuando nos bajamos del auto.

Mientras la Javi buscaba la llave en su bolsa, se nos acercó por detrás una mujer con voz rasposa que nos dijo que ella estaba hospedada en el hotel y que había olvidado su llave en el cuarto… que si la dejábamos entrar.

Luz roja, beep y yo y la Javi corrimos. Anita no. Corrí por Anita. Anita me dijo, “¿qué? olvidó su llave,” y le dije “seguro ni se está quedando aquí, Anita, corre por tu vida” Subimos las escaleras y escuchamos los pasos de la mujer tras nosotros. Se me heló la sangre. Entramos al cuarto. La Javi cerró con llave.

A la una de la tarde del siguiente día me asomé al pasillo. El señor tatuado en toalla prendió un puro mientras leía el periódico en la salita del fondo. Ya nada supimos de la inquilina que metimos al hotel en la madrugada.

11191666996_ba5299be87_b-1
Foto de João Lavinha utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

* * *

de la regadera con olor a escena de crimen

Ocean City, Maryland, EUA.

Ana Pau

Llevábamos varios días en el camino.  El trayecto desde Guadalajara hasta Nueva York era sin duda una odisea de valientes (sobretodo valiente mi padre que fue en todo momento el conductor designado). Habían pasado interminables horas de ver el mismo paisaje a través de las ventanas y de sentir las extremidades entumidas, además estábamos algo ansiosos porque era la víspera de nuestra llegada a la ciudad que nunca duerme; pero nosotros sí deseábamos dormir, y de ser posible, por varias horas.

Mis papás decidieron probar suerte y adelantar un par de horas más de trayecto. Nos alcanzó la noche mientras cruzábamos Ocean City, en el estado de Maryland. Una ciudad semi isla con playa a derecha e izquierda. Era pleno verano y este lugar resultó ser un punto importante para el turismo del noreste estadounidense, por lo que nos vimos obligados a la penosa tarea de recorrer hotel tras hotel sin que encontráramos ni media habitación libre.

Ya al borde de la desesperación e incluso considerando el seguir manejando hasta el agotamiento, divisamos un letrero luminoso que señalaba “habitaciones disponibles”. El alivio que sentimos fue inmediato, pero la emoción duró poco: nuestra tabla de salvación nos recibía con la pintura caída, habitantes de mala cara y unos nopales de plástico que rodeaban el “original” nombre del hotel (Nopalito Inn o algo por el estilo). No sin cierto temor fuimos a la recepción y resultó que tenían exactamente sólo dos cuartos, el único problema: se encontraban en las esquinas opuestas del hotel.

Nos dividimos mujeres en un cuarto y hombres en el otro. En cuanto abrimos la puerta de nuestra habitación tuvimos la certeza que pasaríamos una noche sin mucho sueño. Se escuchaba claramente el rumor del aire acondicionado, el suelo tenía alfombra (y hablamos de un hotel playero), las camas no parecían haberse dejado airear por semanas ni las sábanas renovar por décadas. El techo brillaba de una forma peculiar, como si algún travieso hubiera lanzado brillantina, la atmósfera completa era el paraje perfecto para una escena de crimen, probablemente de uno del estilo pasional.

Pero hasta ese punto podíamos soportar todo, sólo no debíamos quitarnos las chanclas al caminar, ni los calcetines al dormir; podíamos colocar toallas sobre los edredones y evitar la vista hacia arriba, lo que no tenía remedio era refrescarnos de tantas horas de encierro vehicular con un baño express.

Decidí ser la primera en meterme a la regadera, estaba tan cansada que sólo deseaba terminar la experiencia lo más pronto posible. Con mis sandalias bien puestas y un grueso jabón en la mano recorrí la cortina. Recuerdo que el mosaico de paredes y piso era de un tono beige-rosado. Habían manchas en algunas baldosas a las cuales no quise poner demasiada atención. Puse mi mano sobre la llave del agua y sucedió lo que sólo en películas imaginaría posible: las primeras gotas de agua tibia se vieron acompañadas de un intenso olor a sangre. El grito fue inevitable. Mis ojos se detuvieron ahora sí con detenimiento en aquellas manchas, que ¿habrán sido mis ideas, o tenían un color ocre?.

Mi mamá corrió a mi socorro y yo con la voz entrecortada por la risa nerviosa y pavor, le explicaba a través de la puerta; trató de calmarme asegurándome que sería por la oxidación de la regadera, pero su voz no sonaba tan convencida.

Sobra decir que el baño fue veloz; que evité tocar la llave del agua, la cortina, la repisa y la puerta y que me di un segundo baño con desodorante y perfume. Aunque ninguna medida fue suficiente y  mi pelo retuvo por varias horas el sutil olor de aquella imaginaria escena de crimen.

—–

¿Tienes una historia que compartir? No olvides dejar tus comentarios en la sección más abajo. Si deseas participar en este espacio con artículos o anécdotas memorables escríbenos a info@oddcatrina.com.

—–

Comentarios