Pintura realizada por Fernanda Ballesteros. Ve su portafolio aquí

Humbert Humbert encuentra una creación de arte en una obsesión pedófila. Cubre al monstruo con lenguaje poético para esconder al lector de la verdadera atrocidad de sus pensamientos y actos: se convierte en un mago de las palabras para distraer al público de la verdad. Parte de esta poesía mágica es el color.

El enlace entre color y palabra, entre color y sensación, encuentra una vía de expresión en la poesía. Nabokov provoca un coqueteo entre prosa y poesía para la descripción del primer acercamiento físico de Humbert con Lolita: un paso más cerca al crimen requiere un mayor grado de justificación poética.

Los ojos de Humbert se regocijan en una Lolita de vestido rosa: “short-sleeved, pink, checkered with darker pink, and, to complete the color scheme, she had painted her lips and was holding in her hollowed hands a beautiful, banal, Eden-red apple.” El rosa es un color suave, pasivo, de niña; representa una ilusión no necesariamente positiva. Lolita es la idealización encarnada de Humbert. Lolita no ha sido tocada aún, preserva el símbolo de la  inocencia, de un deseo romántico, de un sueño, en el color de sus labios y su vestido.

 Al quitarle el blanco al rosa queda el rojo de la manzana. El blanco contiene todos los colores: representa integridad, santidad, pureza. El blanco es divinidad, es luna, es luz. El rosa sin el blanco carece de inocencia. Rimbaud lo plasma en su poema “Vocales”, donde le agrega este matiz a la i: “I, escupida sangre, risa de ira en labio bello, en labio ebrio de penitencia”. El rojo es exceso, es pecado, es dolor. Humbert ve a su corazón en ese rojo: “She grasped it and bit into it, and my heart was like snow under thin crimson skin.”

 El blanco de la nieve bajo la piel carmesí es distante del blanco que acompaña al rosa o del blanco espiritual de la bolsa de los domingos de Lolita. Humbert encuentra el órgano que provoca sus latidos en una manzana mordida por su objeto de deseo. No es un blanco que se acerca a lo celestial. Es otro tipo de blanco que en la literatura está en el monstruo de Herman Melville, encarnación del mal y la fuerza brutal, está en ese blanco que representa a lo que puede llegar la obsesión humana, capaz de aniquilar a los seres pequeños, a las libertades y a la vida en su variedad.

Humbert divide el mundo de Lolita y el de los adultos en amarillo y azul, alusiones a lo cálido y lo frío: “Hot little Haze informed big cold Haze.” El juego de opuestos lleva al color y a la poesía, como lo menciona uno de los reyes del surrealismo, André Breton: “Cuanto más lejanas estén dos realidades que se ponen en contacto, más fuerte será la imagen, tendrá más potencia emotiva y realidad poética.”

Goethe desglosa la comparación al definir el azul en su Teoría del color: “Blue gives us an impression of cold, and thus, again, reminds us of shade.” Al contrario de la afinidad con la sombra, el amarillo va de la mano con la luz y el calor. Ruben Darío completa la idea de “hot little Haze” con su famoso verso: “Juventud, divino tesoro”. El tesoro es dorado, es brillo, es color oro, goza entre la gama de amarillos la característica de ser cálido.

Humbert ilumina todo lo que esté en y alrededor de Lolita, principalmente con el sol: símbolo universal de luz y calor. Desde la introducción a la escena, “Humbert the Hummer” la ubica como: “sunlit living room”. Humbert, con su pincel de la poesía, decora el hálito dorado alrededor de Lolita y su manzana ––su nínfula, su tentación–– por medio de un juego de palabras que concluye en una onomatopeya: “She tossed it up into the sun-dusted air and caught it––it made a cupped polished plop.” Aunque no mencione directamente el color, el matiz de la juventud entra en la imaginación del lector al seguir el orden natural descrito por Goethe:  “The sun seen through a certain degree of vapour appears with a yellow disk.”

El sol se escurre por las piernas y la boca de Lolita: “and the sun was on her lips”, “while my happy hand crept up her sunny leg”. La última cita es un hipálage: expresa el adjetivo de feliz en su mano cuando el que está feliz es él en su cuerpo entero. El hipálage funciona sobre una imagen visual y kinestésica, la pierna bronceada iluminada por el sol. La sensación poética aumenta con el dorado omnipresente en Lolita. El mayor hipálage en esta escena es justamente este dorado, esta sensación de calor que Humbert siente en el exterior cuando en realidad el aumento de temperatura lo está viviendo él: “I lost myself in the pungent but healthy heat which like summer haze hung about little Haze.”

El sonido del teléfono rompe la cercanía de “Lol” y “Hum” y “Humbert the Hummer” sube a su cuarto en compañía de la canción que cantaba Lolita en sus piernas. Humbert, ya alejado de Lolita, continúa con la sensación de calor, esta vez sin ningún halo dorado: “I swept up the stairs and set a deluge of steaming water roaring into the tub.” Humbert concluye el capítulo con una mancha roja, de muerte, con la historia de la canción que tararea a lo largo del suceso. El rosa y el amarillo, la inocencia y la calidez se quedan con Lolita, “rosy, gold-dusted”. Humbert en su soledad se queda como una manzana mordida, permanecen sus obsesiones bajo una capa pasional.

Los significados de los colores varían, sin embargo, las sensaciones que causan en el humano prevalecen. En algunos casos, como en el rosa, la misma sociedad le construye un valor en torno a la impresión básica. En otros casos, puede ser un mismo color que describe polos opuestos como es el blanco y el azul. En Lolita, el azul es frío, serio, adulto. Es un azul contrario al “Azur” de Mallarmé y de muchos poetas más que llenan su tinta de este color para hablar de magnitudes, del cielo y de la lírica misma. Al final, lo que importa es que en donde esté el color se cumpla su objetivo de intensificar el objeto, la acción: no es lo mismo un sol que un sol descrito entre dorados y piernas bronceadas, una manzana no es la misma si el carmesí posa al lado de la boca rosa de una nínfula. Porque parte de la magia de los colores es la paleta elegida: los contrastes, las mezclas, crean una composición para llamar al ojo ––o en el caso del lector, al gran ojo de su imaginación–– a una Lolita lírica, a un punto específico.

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