Fotografía por Miguel Hasson de Halberd Studios

Preguntarnos por qué leemos novelas es a la vez cuestión perenne y fundamental como lo es vana e inútil.

Tal vez jamás podremos resolver el por qué de ningún arte. Por qué pintar o admirar pinturas, por qué tocar o escuchar música, por qué ser actor o espectador de teatro. No hay por qué en realidad. No de la manera simple y práctica en la que uno puede contestar: ¿por qué tomamos agua?

Tomamos agua para sobrevivir, física, biológicamente. Uno podría intentar ser poético y decir que también hacemos y gustamos del arte para sobrevivir: pero en el fondo sabemos bien que es perfectamente posible llevar y acabar una vida humana sin que haya sido jamás tocada por el arte.

El arte no es práctico y sus resultados no pueden ser cuantificados en índices de utilidad. Por lo que decir cosas del estilo: “leer novelas incrementa un 70% las habilidades cognitivas de la persona” (estadística completamente inventada por su servidora), resulta una manera irrelevante de intentar dar respuesta a la cuestión.

No leemos novelas porque hacerlo mejorará nuestro vocabulario o porque aumentará nuestras capacidades retentivas, de la misma manera que no escuchamos música porque se nos ha prometido que sumaremos mejor por ello, a pesar de que así lo fuera.

No, sumergirnos entre las páginas de una novela es una experiencia mucho más personal y subjetiva, ajena a todo tipo de cuantificación y especulación respecto de sus beneficios prácticos.

¿Qué importa si dos de cada tres lectores son ensayistas o corredores de carreras o presidentes? Si en realidad solo importa el uno, el lector, y su experiencia intrínseca de la novela que lee, mientras la lee y de qué manera la lee.

No por eso ha de decirse que no hay razones por las que leemos novelas y que hacerlo no tenga sentido.

Claramente, leer novelas es entretenido. Es placentero. Hay aquellas que te atrapan desde la primera página y no te liberan hasta varias horas más tarde con un terrible dolor de espalda y la cabeza encendida de ideas e imágenes. Hay otras que entretienen de una manera más sofisticada que con argumentos inmediatamente cautivadores: con personajes de psicología compleja, con filosofías intrigantes, con lenguaje evocador.

Pero la novela también encierra placeres superiores al mero entretenimiento. Una novela tiene el magnífico poder de mostrarnos a la vez quiénes somos y quiénes son todos los demás. La buena novela funciona como una especie de espejo bilateral en el que nos vemos simultáneamente como individuos y como miembros de la especie humana.

La novela nos permite adentrarnos en lo más profundo de nuestra psique al ponernos en directo contacto con todo tipo de personalidades  y naturalezas: vernos reflejados en un personaje ilustra de manera única nuestros propios sentimientos, pensamientos y modos de ser. Nos conocemos al conocer al otro.

A la vez vemos a toda la humanidad reflejada en los personajes que pueblan las páginas de la novela . Percibimos la complejidad de la acción humana en las distintas maneras de pensar y actuar de los personajes, sean moralmente apreciables o no. Este contacto único con la psicología de los agentes nos permite afinar nuestras sensibilidades respecto de las experiencia ajena y desarrollar una característica empatía.

Por eso leemos novelas: porque nos conocemos y lo conocemos todo en algún lugar entre portadas. Porque  al igual que el aleph de Borges, contienen todos los puntos del universo y fuerzan al hombre a enfrentarse con el infinito siendo técnicamente objetos finitos.

Pilar |Cambridge| Book Shop2

Librería en Cambridge. Foto: Pilar Gómez

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