Foto: Cali4beach / Foter / CC BY (Modificada)

Resulta familiar, un lugar común incluso, ver el término friendzone flotando por la Red estos días. En esencia implica esa familiar situación de encontrarse en la “zona de la amistad” de alguien a quien quieres como algo más que un amigo. ¿Común no? A todos nos ha pasado alguna vez en la vida y sin duda inspira cantidad de memes chistosos.

Pero una mirada un poco más crítica a la representación de la friendzone en 9gag, Youtube, Reddit, Buzzfeed (etcétera…) nos puede contar una historia algo distinta. La friendzone es una injusticia social, cometida por mujeres crueles que desdeñan candidatos perfectamente adecuados por el gusto de hacerlo. Miles de memes, artículos, posts y videos día con día se preguntan: ¿Por qué, POR QUÉ, si fue un niño tan bien portado, la mujer lo rechazó? El hombre hizo todo bien: fue amable, caballeroso, simpático y considerado y la niña tuvo la osadía, la enorme osadía, de rechazarlo.

Me parece que la respuesta es relativamente sencilla: no nos pueden atraer todas las personas de la tierra. Un hombre puede no querer andar con una niña en específico y una niña puede no querer andar con un hombre en específico: por que sí. La vida es así.

Pero el Internet reclama por los derechos del caballero rechazado, no acepta su derrota, insulta y vitupera a la “perra” que se atreve a negarle su amor al “nice guy”. Y yo me pregunto: ¿El afecto de una mujer es una recompensa lógica por haber pasado todas las pruebas, haber cumplido con todas las cualidades, como al final de un videojuego, o es una decisión libre de la mujer misma?

(Un pequeño disclaimer: existen de hecho algunas niñas que se aprovechan de los desafortunados sentimientos de sus amigos para traerlos colgando. Existen de hecho algunos niños que hacen lo mismo. La gente es cruel a veces. Ahora no me interesa hablar de esto sino del fenómeno cultural de la friendzone y lo que implica.)

En las primeras páginas de su ensayo titulado “La dama y la santa”, Octavio Paz afirma categóricamente que “La historia del amor es inseparable de la historia de la libertad de la mujer.” No resulta complicado interpretar el razonamiento tras esta aseveración: sin duda la mujer no puede participar competentemente en una historia de amor mientras se le considere inferior y subordinada al hombre. El amor exige de cierta manera participantes iguales entre sí.

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Este meme se explica por sí mismo…

¿De dónde viene pues esa idea de que el corazón de una dama es un premio por méritos alcanzados? Nos podemos remontar al amor cortés de la Edad Media, donde el vasallo entablaba una relación lírica y apasionada con una dama. Si bien los antiguos relegaron a la mujer al  papel de receptáculo de procreación (el amor platónico por ejemplo, era entre hombres libres e iguales),  el Medioevo vio surgir un cambió en la posición de la mujer.

La tradición del amor cortés gira en torno de la figura de la dama (una mujer casada cuyo esposo muchas veces se la pasaba de guerra en guerra), inspiración y señora del poeta, su vasallo (un hombre mucho más joven y muchas veces mucho más pobre). El poeta se pone al servicio de la dama y su fin último es que ésta lo acepte. La dama se convierte en el foco de sus acciones, en inspiración y estímulo para sobrevenir obstáculos. Y así fue como pasamos de poco más que ganado en la Edad Antigua, a ser diosas intocables en la Edad Media.

He hablado antes acerca de por qué resulta problemático considerar a la mujer como un ídolo en lugar de un ser humano. La señora es también, finalmente, objeto de la imaginación masculina del amante. A tal grado es objeto (de inspiración, de luz, de deseo) que ni siquiera tiene que ser una dama real: la dama de  Don Quijote no lo era. Inspirado por las historias de caballería y de amor cortés, sabe que para ser un verdadero caballero debe tener una dama que inspire y recompense su obras, y fácilmente construye a la figura de Dulcinea del Toboso para tal propósito. Dicho sea de paso que Dulcinea, que no existe más que en la imaginación del Quijote, guarda poco parecido con su contraparte real Aldonza Lorenzo. El principal problema con la figura de la señora en el amor cortés es que no parece ser agente de la historia de amor en la que “participa”, sino el foco.

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No basta con que sea bueno un hombre, la mujer tiene que elegirlo, y viceversa.

La dama del amor cortés se entrega al amante una vez pasada la “prueba el amor” es pues recompensa del esfuerzo: estímulo e inspiración para sobrevenir los obstáculos y finalmente premio por haberlo hecho. La figura de la dama del amor cortés ha sobrevivido en la cultura popular contemporánea: es Zelda o Peach al final del viaje de Link y Mario en videojuegos populares, es Aurora lista para ser despertada por el Príncipe Felipe tras haber vencido al dragón. Es cualquier damisela en peligro cuyo afecto se gana el héroe como recompensa de sus tribulaciones y esfuerzos.

La damisela en peligro es un premio merecido por el héroe ¿ven?.  Spiderman se gana el amor de Mary Jane tras salvarla de todo tipo de peligros quinientas veces, James Bond se gana a la “chica-bond” de cada película, en Pearl Harbor dos valerosos hombres ganan el afecto del único personaje femenino, y Shia LaBoeuf es premiado con Megan Fox al final de Transformers.

La friendzone remite a este arquetipo literario. El hombre es el héroe de su historia y el premio a sus méritos debe ser la mujer de su elección. Pero todo esto se desploma si ésta resulta no reciprocar los sentimientos del héroe. El 9gagger indignado parece decir algo así como: “yo me lo gané, ahora tú lo recibes gustosa, porque maldita seas si me rechazas, y tengo una comunidad de bros en Internet que me respaldan, perra”.

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El ejército de bros

Pero venga, las mujeres no somos premios sin sentimientos ni cabeza propia. También sufrimos de corazones rotos y amores no recíprocos. Hay hombres que nos gustan y otros que no. Hay hombres a los que les gustamos y otros a los que no.  Amar es una decisión activa, para ambos sexos. No es recompensa por obstáculos sobrevenidos ni premio a ganar.

Hombres y mujeres tenemos sentimientos, deseos, temores y desilusiones amorosas de manera independiente. No dejemos que arquetipos tan antiguos como el de la damisela en peligro ponga en peligro nuestra posibilidad de buscar y encontrar amor entre iguales: entre seres racionales, líricos y apasionados en idéntica medida.

 

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