Laura es la novia de mi vecino. Realmente sé muy poco de Laura, sólo lo que escucho de mi vecino. Laura es “…una prostituta (bueno eso dicen todos, conste que yo no)”. Laura, a sus 33 años “no sabe lo que quiere”, “nomás está buscando broncas”, y se va “de borracha con su hermano” cuando él ya está en su casa, a las 4 de la mañana (“es más, hasta drogada has de andar, p* vieja”).

No es que yo tenga un chismógrafo instalado en la pared: mi vecino tiene un vocerrón de aquellos. Y siempre tiene el tino de tener estas conversaciones a altas horas de la madrugada. Por alguna extraña razón encuentro consuelo en pensar que Laura le gritonea de vuelta. Por alguna extraña razón me conforta (hasta el punto de dejarme dormir)  la idea de que esa pareja es recíproca en cuanto a violencia se refiere. Creo que alguna vez escuché un grito femenino ininteligible,  un jarrón estrellándose, el chillar de unas llantas y un carro sumergiéndose en la profundidad de la noche. Pero hasta el día de hoy Laura no ha dejado a mi vecino. Las violentas conversaciones y mis horas de insomnio persisten. No la culpo. No es fácil librarse del encanto–y del terror– de un dictador.

El dictador tiene un encanto irresistible

No sé si mi vecino sea encantador. Pero supongamos que sí. Supongamos que cuando Laura lo conoció despedía una energía irresistible, y que cuando estaba con él, éste la hacía sentirse cómoda a niveles descritos por Katy Perry en  Teenage Dream … Y ojalá ese fuera el fin de la historia, que no pasara de que su encanto la hiciera decir antes de que éste hiciera una pregunta, como diría Albert Camus. Pero las conversaciones que me toca escuchar en la madrugada prueban que esto no es así.

El encanto del dictador jugó en contra de Laura. Embelesada por su juego de seducción ella entró, poco a poco, y de manera voluntaria al micro-universo del dictador.  Y en este lugar, en esta fortaleza, sólo existen las reglas, la visión y la voluntad del tirano: no hay lugar para la voz ni los pensares de Laura. Sin darse cuenta, Laura poco a poco se fue convirtiendo en el personaje secundario…de su propia historia.

Laura podríamos ser tú y yo. Hay dictadores y dictadoras, pero en esta ocasión hablaremos del dictador como un hombre y a su contraparte como una figura femenina. Otro día hablaremos también de las mujeres dictadoras (por lo pronto pueden echarle un ojo a este excelente artículo de Mark Manson).

Caer en las garras de un dictador no es cuestión de karma, de baja autoestima (aunque  ésta seguro que no ayuda), o de que te echaron la sal (animal). Es simplemente lo que pasa cuando eliges con tu santa voluntad a una pareja que, desgraciadamente, no te ve como un igual: él es el amo y tú el esclavo. El dictador no considera la relación de manera pareja: él tiene el poder.

¿Y qué diantres es el poder? Como dice Moisés Naím en su libro El Fin del Poder (2013), éste no se puede medir, ni es algo tangible, pero se siente y se pueden palpar sus consecuencias.

El poder se puede entender desde una perspectiva de libertad y voluntad propia (“yo hago lo que se me pegue la regalada gana”) o respecto de otros (“yo logro que otros hagan mi regalada gana”). Y claro, también está el choque entre ambos aspectos que puede resultar, en que a) sigas haciendo lo que se te pegue la regalada gana a pesar de que se te quiso imponer una voluntad ajena (y ¡felicidades! has mostrado ‘supremacía’) o que b) el otro logre que hagas su regalada gana (y en ese caso, mi chava o chavo, ‘tú no eres el mirrey’). Una relación donde sólo se dan juegos de poder marchita la joie de vivre y calcina el alma… y más si siempre pierdes.

El dictador es tu adicción mas perniciosa

Concuerdo con mi hermana mayor en esto: la mejor parte de 50 Sombras de Grey ha sido la riquísima discusión que se ha abierto en un sinfín de vertientes: qué si en el libro se malinterpreta por completo el cotorreo de la comunidad BDSM, que si la historia está malísima, que si la prosa es ridícula,que si se presta para volver a cosificar a la mujer, en fin… Y luego me salen cosas como éstas en mi muro, que más allá de hacerme querer darle no un like sino dos, hacen eco con mis propias inquietudes:

soy-sumisa-si-es-guapo

 

Pero bueno, como no he leído los libros y no voy a andar inventado me puse a hostigar a un grupo de amigas en Whatsapp, para ver qué era lo que les atraía de los libros. Una amiga que leyó los tres me explicó que, además de que la novela es atractiva porque el susodicho es guapo y exitoso (ah, sí, y rico…y por tanto, *cof*, no es abuso), la actitud del señor Grey se remonta a una infancia difícil y al final de los libros ‘se cura’ y todos son felices para siempre. Pero volvamos a la realidad de personas como Laura.

La promesa de redención es fatalmente atractiva, pero el dictador no tiene la menor intención de redimirse. Sólo que creas que tiene la intención de hacerlo. El dictador también se muestra en ocasiones magnánimo…para luego tener material para cobrártelas más tarde.

Entiende: tú no entraste a una relación de iguales. Tú accediste a que el fuera tu ‘protector’, asúmete como la protegida. Cuando entraste a su fortaleza todos los que opinaban diferente a él se convirtieron en tus enemigos, asúmelos como tal. Sí, el aislamiento duele. Duele saber que en el fondo tienen razón, pero que no vas a dejarlo. No puedes (o no quieres).

Y no es que seas adicta a los malos ratos, a las amarguras y a los sinsabores, sino a los  buenos y brevísimos instantes, a repasar la  belleza del comienzo  y a diseñar con él posibles brillantes panoramas a futuro. Pero ese mejor futuro nunca llega y no puedes regresar el tiempo. Vives  atrapada en una dimensión construida de falsas expectativas y en una dinámica de emotividad podrida. Sabes que te hace daño y al mismo tiempo, no lo sabes. Porque él no es la pieza rota de la relación: tú lo eres.

Laura, el dictador sí tiene su corazón y sus problemas, el problema es que es perfectamente incompetente para satisfacer las necesidades del tuyo. El dictador no sabe amar. Ama, eso sí, controlar.

Para que haya una dinámica de poder se necesitan de dos partes, un esclavo y un amo, y no hay amo si no hay un esclavo que ceda su capacidad de elección. Siempre tenemos una elección, por lo menos a nivel mental: podemos elegir no dar entrada a otros a nuestro universo de pensamientos y emociones…y de no darle la satisfacción a alguien que se sienta con derecho a poseerlos.

*Nota al pie sobre el tema de Grey  (insisto, sin haber leído el libro):  ¿qué dice de nosotras como género el que algunas nos sintamos ‘liberadas’ y bien progresistas al leer una historia, si bien kinky y erótica, de una mujer insegura que nunca le dice a su pareja con lo que se siente incómoda por el miedo a perderlo? ¿Acaso nos asusta la libertad y nos reconforta/excita la idea de no expresar lo que pensamos y sentimos?

Laura, despierta.

ajedrez-1

Comentarios