PH. León Eprahïm vía Unsplash.com

Cada día se levanta al ver el sol. Cierra por completo las cortinas –la luz lastima sus ojos y la vista le viene sobrando al abrirse camino entre el orden sistemático que noche tras noche yergue en torno suyo-. Cuatro y medio pasos en línea recta, giro de 45 grados a su izquierda y ahí están: los suaves calzoncillos de lana cuidadosamente doblados sobre la camisa almidonada –sin tocar las calcetas ni la corbata–, a tres pasos del pantalón, la gabardina y el sombrero de fieltro. Una a una, desdobla y viste sus prendas, sobrias como hasta el más pequeño de sus movimientos. Una vez que la gabardina descansa sobre sus hombros y el sombrero está bien ajustado en su cabeza, el Autómata descorre las cortinas de satén protegiéndose de la luz solar con una mano extendida, y sale al frío de octubre por la mañana.

Camina cinco cuadras, compra el Excélsior del pregonero que grita a viva voz a un lado de los túneles de Santa Fe y hace señas al Uber que lo está esperando. El Autómata se percata de que se saltó el desayuno. “Un gesto sin importancia”, diría cualquiera, un simple tropiezo debido al cansancio. El Autómata ha olvidado el significado de esa palabra y hace tiempo que los profundos surcos de agotamiento abandonaron su mirada por siempre. “Un gesto sin importancia, en efecto”, repite mecánicamente para sí mismo. Sube entonces al Pasaat negro, ordena al conductor que se detenga en un Oxxo para acallar con una bolsa de papas la desagradable sensación de vacío en su estómago y prosigue su camino.

Mientras tanto, en la habitación del Autómata, a través de las cortinas descorridas, se puede ver la luz magnificada por el ventanal que da a la calle. Ésta parece entrar tímidamente, como el hermano pequeño al que el mayor hace mirar por la rendija hacia el baño de mujeres. Dentro de la habitación no hay brisa ni corriente de aire alguna que dé alas a esta luz que mira en torno suyo con trepidación, esperando en cualquier momento el correr de las cortinas que la atrapará en la oscuridad por siempre. Suavemente, ondea sobre los perfectos dobleces que componen la habitación: el papel tapiz, descansando aún junto a la pared que estaba destinado a cubrir; las sábanas y la colcha rellena de plumas de pato, desplegada sobre la cama con geométrico metodismo; las camisas de vestir, almidonadas y aún dentro del empaque de la tintorería, apilándose en estructuras que hacen ver a las pirámides de Giza como simples juegos de niños; y lo más importante, las cartas sin abrir, clasificadas por fecha, sub-clasificadas por lugar de envío, sub-sub-clasificadas por la cantidad de cada una que fue enviada, todo dentro de un archivero; un pajar en el que hasta el más torpe de los hombres daría de inmediato con la aguja. Sólo que la autora del compendio de epístolas –cabe aclarar que escribirá muchas más– ignora que trata con un Autómata, para quien las más desesperadas plegarias son y serán siendo indiferentes, ajenas. Hasta la fecha no se sabe el motivo por el cual ha decidido coleccionar estos manuscritos- especímenes-, en vez de verlos arder en su chimenea con la gustosa parsimonia con que mira consumirse en lenguas de escarlata tantas cosas considera inútiles en su vida.

La luz, absorta en estas contemplaciones, nota de pronto que se han sucedido horas tras horas y ella se va transformando en las tinieblas del ocaso. Al momento que el último de sus destellos abandona la habitación, el Autómata abre la puerta, mira apenas al cielo remojado en estrellas y al rincón donde guarda los cincuenta y tres sobres sin abrir y, una vez comprobado que todo está en su lugar debido, se desviste, enciende la hoguera y, una a una, coloca en ella las proyecciones fiscales que le fueron entregadas. Concluido el ritual, visita el baño, vuelve al cuarto, coloca sobre la cómoda la ropa que usará al día siguiente y se va a dormir sin cenar.

La lucecilla –que es ahora noche– mira hacia dentro por el ventanal. Lo primero que capta su atención son los calzoncillos de lana cuidadosamente doblados sobre la camisa almidonada, sin tocar las calcetas, rozando apenas la corbata de seda.

Ciudad de México, Marzo de 2015.

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