Hace algunas semanas, mientras navegaba sin rumbo por el mágico mundo del Internet, me topé con el video de arriba.

La premisa básica de este personaje de cabello envidiable (en serio ¿cómo lo tiene tan largo y sedoso? not fair) hace eco de todas nuestras quejas de secundaria y prepa: ¿Por qué me enseñan el valor de Pi? ¡Jamás voy a necesitar balancear moléculas o calcular tiros parabólicos! A que no voy a volver a factorizar ecuaciones en mi vida y a nadie le va a importar si leí Crimen y Castigo o no. Básicamente, que lo que se nos enseñaba no sería útil en nuestras vidas y que no era práctico que se nos enseñara (y bueno también que nos daba flojera leer, calcular, factorizar y balancear).

Pero el argumento del autor del video va mucho más allá de la mera pereza y arrogancia adolescente. No es sólo que lo que se enseña en las escuelas no sirva, sino que se enseña en lugar de cosas que sí. Contrasta brutalmente los conocimientos “inútiles”, como la estructura de la célula, con conocimientos que no sólo le son útiles al ciudadano promedio, sino absolutamente necesarios: finanzas básicas, la estructura del sistema político de su país, los derechos humanos y los primeros auxilios.

A primera vista resulta difícil no dejarse seducir por esta simple lógica de contrastes: al final del día por supuesto que es más útil saber cómo funciona la bolsa de valores que cuáles son los tipos de roca (según nos informa ígneo, metamórfico y sedimentario).  Y a quién le importa Shakespeare a la hora de pagar los impuestos ¿cierto?

Es fácil estar de acuerdo con su exhortación a incluir estos temas necesarios en los programas de educación básica obligatoria. Por supuesto que a todos nos beneficiaría saber más de administración personal, finanzas y política. Lo que me parece problemático es que proponga que esto se haga a expensas de la biología, las matemáticas, la historia y la literatura.

“Inistiré que estas cosas inútiles no se queden en la escuela” concluye el video apasionadamente (en efecto, el título Don’t stay in school se refiere a esto y no a que todos abandonemos inmediatamente la escuela para establecer canales de Youtube en los que demostremos nuestras habilidades para el rap inteligente).  En seguida viene la línea más perturbadora de todo el video: “si no puedes explicar por qué una materia es aplicable a la vida de la mayoría de la gente, no debería ser obligatoria.”

Según él debería ser posible escoger lo que cada quien aprende.

Lo que alza la pregunta, ¿Precisamente quién va ser la persona que va a elegir lo que aprenderemos y lo que no, en los años formativos de nuestras vidas? ¿Quién va a decidir hasta donde se expandirán los horizontes de nuestro conocimiento? ¿Será que alguien tendrá la tarea de decidir si mostramos potencialidad de ser médicos para que se nos permita estudiar biología básica? ¿Tal vez alguien adivinará que tu vocación yace en la ingeniería y que por tanto si te serán útiles las matemáticas abstractas?

O serás tú, a los seis años que ingresas a la primaria, el responsable de elegir qué materias te resultan más atractivas para aprender; o a los 13 que pasas a secundaria, quién decida si te parece estudiar álgebra o no y tú a los 16 quien aviente la química por la ventana.  ¡Cómo si a los 18 que escogimos licenciatura no nos hubiesemos sentido suficientemente poco preparados!

La “mayoría” de la gente, reza la última línea del video. Estas cosas no le sirven a la mayoría de la gente y no las deberían saber. Esto sugiere que una minoría permanecerá en contacto con todo este conocimiento. Que mientras la “mayoría” de la gente se contenta en transitar el mundo del saber inmediato, útil y práctico del día día, habrá una minoría que conozca mejor y más profundamente todo acerca del mundo en el que habita. El avance del conocimiento humano y la expansión de su imaginación  a lo largo de la historia será la preciosa posesión de unos cuantos, puesto que los demás no lo necesitan (no les es útil o práctico).

Fraser Mummery / Foter / CC BY

Esta idea me asusta, no tanto porque sugiera un mundo de ciencia ficción distópica en el que un grupo de 10 viejitos resguardan todo el conocimiento que  ya no le interesa al resto de sociedad, sino porque la humanidad ya vivió este esquema educativo. Por siglos y siglos.

Sólo los hombres libres tenían acceso a la educación en la antigua Grecia, de nada les servía a los esclavos tener conocimientos de matemáticas, astronomía o filosofía. Sólo los nobles y los clérigos aprendían de derecho, medicina o teología en las primeras universidades de la Edad Media, en ninguna manera les resultarían útiles estos conocimientos a las mujeres, los siervos o los campesinos. Si las labores del día a día de todos estos individuos no exigían conocimientos de tipo abstracto, ¿por qué habrían de saberlos?

El mito de la caverna de Platón sugiere que toda la humanidad se encuentra atrapada en una cueva en la que solo puede conocer sombras de lo real. Una minoría de sabios, de filósofos para ser exactos, puede salir a la luz y obtener el conocimiento de la realidad. Después pueden gobernar al resto de la población, que jamás saldrá de la cueva (ni tiene necesidad de hacerlo).

Según Allan Bloom en su libro The Closing of the American Mind, esta idea de la minoría educada rigió el mundo por siglos, hasta que la Ilustración francesa sugirió que en lugar de que unos pocos salieran de la cueva para conocer la luz, se iluminase la cueva en sí. Es decir que todos, no unos pocos, podrían y deberían tener acceso al conocimiento de la realidad que compone el mundo.

Poco a poco hemos construido un mundo en el que el conocimiento alcanzado por el esfuerzo humano le es accesible a todos. Las ciencias exactas y sociales, las humanidades y las artes han jugado un papel fundamental en la construcción de nuestra realidad: y todos, en teoría sin importar género o clase social, las podemos conocer.

¿Verdaderamente queremos renunciar a ello simplemente por que no resulte útil en nuestra vida diaria? Somos más que ciudadanos que, por supuesto, deberían saber de impuestos, hipotecas y leyes nacionales: somos humanos que disfrutamos de un lugar bastante único en nuestra historia.

Arwen Abenstern – KWP / Foter / CC BY
Crédito de foto en slider principal del sitio: [AndreasS] / Foter / CC BY

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