Atardecer en la punta de Sagres. Foto: Pilar Gómez.

Soy alérgica al cambio. O al menos así me lo hacen creer las constantes burlas de mi familia. Sufro si mi hermana cambia el acomodo de los clósets de nuestro cuarto e hiperventilé un poco cuando mi mamá decidió retirar mi sillón favorito en la terraza para instalar un escritorio. Mis familiares se ríen cuando lucho por mantener mi lugar acostumbrado en la mesa y me informan que sufro de un severo caso de aversión al cambio. Y yo por lo general, estoy de acuerdo.

Pero, me pongo a pensar…me encanta viajar, visitar, conocer, expandir los horizontes de mi experiencia. ¿Cómo compagina esto con el odio al cambio? Cuando llegó la hora de escoger carrera y universidad, no vacilé en escoger una  en el D.F. El cambio entonces no me pareció terrible, me asustó sin duda, me llenó de trepidación, pero tambien de emoción. Un nuevo cambio en mi vida, venirme a estudiar un semestre de intercambio me puso a pensar una vez más acerca del papel del cambio en mi vida. 

Me parece que fue Heráclito el primero en decir que el cambio es la principal característica de la realidad. A este antiguo filósofo griego luego le siguieron harta cantidad de pensadores contemporáneos, Nietszche sin duda el más cliché.  La vida es un constante movimiento, un ir y venir de estados que nunca permanecen. Un hombre no se puede bañar dos veces en el mismo río, se cita comúnmente a Heráclito, pues tan diferentes serán las aguas como el hombre.  Tan mutable es nuestra manera de existir que cuesta definir qué o quiénes somos, o por qué y para qué vivimos. 

Algunos posmodernos recomiendan rendirse a este estado de incertidumbre, hacerse a la idea de que la vida es una gran crisis existencial sin salida, sin puerto seguro, ni destinación final. Ésta, nos dicen, es la única alternativa.

Y no sé, algo tiene de vivificante dejarse caer en lo desconocido. Sumergirse en las aguas cambiantes del río de Heráclito y abrazar las diferentes facetas en las que se presenta la vida. Experimentar todo, ver todo, conocer todo. Ya saben, porque #YOLO y así. 

Pero se que me resultaría imposible disfrutar de lo incierto y explorar lo desconocido si no tuviera ese puerto cierto y conocido. Si no tuviera ese hogar, en fin. Suena cursi y es lugar común desde que Dorothy juntó sus zapatillas y expresó que no había lugar “como el hogar”, pero es un concepto poderoso.  

Creo que hogar no implica necesariamente un lugar físico en específico, ni tiene que ser tu casa de la infancia, ni tu ciudad natal. Hogar es un tanto más intangible, es calor y seguridad, es lo conocido y lo acogedor.  Por eso (y un poco por ridícula, hay que ser honestos) protesto cuando desaparece mi sillón favorito y cuando Pily pinta la pared del cuarto sin avisarme, no es que sea alérgica al cambio, es que frente a la realidad de cambio constante y angustiante, esa casa en Guadalajara representa lo seguro y lo conocido. Y eso es algo que necesito.

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