Foto: Pilar Gómez

Los aeropuertos son una lupa a una sociedad sin fronteras. Contrastes culturales representados por los colores de los pasaportes personales. Y cada visita a ese foco caótico y de seguridad extrema, se vuelve una anécdota que se contará con orgullo de quien ha sufrido y ha gozado de tal odisea.

No es sorpresa que cuando se es joven y con escasos recursos, viajar se vuelve un trayecto parecido al de la película Interestelar: lleno de horas muertas y segundos de alta tensión.

Todo comienza cuando te metes en “la página“ de descuentos aéreos para conseguir ese viaje a aquella ciudad con la que tanto has soñado. Es un martes en la madrugada, el sueño y la emoción por los planes te hacen leer un listado de tres hojas con las diferentes posibilidades. Después de varias horas de negociación en centavos, te decides por uno: tres escalas, siete horas de espera en el primer vuelo; cuatro, en el segundo. Eres joven, piensas; leerás un buen libro, negocias con tu parte realista; escucharás esa playlist que te pasó tu amigo, te motivas. Imaginarte las horas que te separan del ansiado destino hará que todo valga la pena.

 Tiempo después, ya en la realidad del viaje, mientras luchas con el dolor del cuello por las pésimas posturas que intentaste adoptar en la ratonera que te tocó por lugar, miras el reloj y te das cuenta de que el libro ha perdido tu interés y la playlist ya va por la décima vuelta cuando apenas llevas dos horas de viaje.

Sufres cada minuto: las filas interminables, el despedirte de tu bote de perfume de 120 ml que olvidaste meter en la maleta, el cobro  por los dos kilos extra al hacer el documentar, la pésima comida, el niño hiperactivo que no paró de llorar y golpear tu respaldo las diez horas del vuelo, la azafata con autismo que ignoró todas tus señas y llamadas, el señor que ocupa lugar y medio a tu lado y la joven que insiste en tomarte por almohada hacen que el viaje se vea como una travesía por el Sahara en ropa de esquiar.

Sin embargo, todo tiene un fin. Llega el  suspiro de alivio, ese que empieza cuando ves por tu ventanilla el perfil de las calles de la ciudad. Cuando el avión aterriza, aleja las vicisitudes del trayecto ante la emoción de la llegada. Coges tu maleta. Se abren las puertas. Respiras el olor de la ciudad nueva, pisas las calles que se hartarán de tus pies, escuchas el sonido del idioma y su acento particular.

Volteas hacia atrás y ves el aeropuerto. Sonríes, porque comprendes que todo es parte del viaje. Tienes que añorar salir de ahí para disfrutar a tope todo lo que te prepara esa ciudad que te espera con las manos abiertas… a que descubras sus secretos y tus historias.

Photo By Gabriel Garcia Marengo
Por: Gabriel Garcia Marengo, via Unsplash.com
 

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