Ilustraciones de María Esther Gómez Arreola

Clara miró alrededor. Era bellísimo aquel pueblito de la sierra.

El señor de los elotes, la señora de la fruta, el olor a caña pisada del puestito de enfrente, y aquel señor tuerto con voz desafinada que tocaba el acordeón… ¡Y las burbujas! Las burbujas inundaban el aire. ¡Qué bellas eran!

Clara dejó a un lado a sus papás y comenzó a seguir el camino de burbujas; quería llegar al lugar donde se estaban fabricando. Las burbujas comenzaron a rodearla y se dio cuenta que se acercaba a su lugar de origen.

Pronto comenzó a notar que éstas eran diferentes a cualquiera que había visto antes. Y no porque no fueran transparentes con tintes de tornasol. Tampoco porque no fueran redondas. Eran diferentes porque muchas burbujas que comenzó a observar llevaban en su interior a un diminuto niño.

Clara se talló los ojos. No, no era su imaginación. Sí había pequeñines que se apoyaban en las paredes de agua y jabón y miraban boquiabiertos todo lo que a sus pequeños ojos ahora era gigante. Luego se elevaban por encima de las casa y se perdían de su vista.

La curiosidad la invadió y siguiendo el camino de burbujas llegó a un rincón de la plaza del pueblo. Atrás del quiosco, a lado de un gran árbol rodeado por una jardinera, estaba un viejecillo con ojos caídos y un gran sombrero de paja.

El anciano remojaba cada cierto tiempo un gran aro y luego soplaba suavemente. Dentro del aro, Clara observó que un chamaca diminuta, con trencitas negras estaba lista para emprender el vuelo. Se veía muy chistosa suspendida en la membrana de jabón, como atrapada en una telaraña. Luego, al soplar el viejo, la niña se alejó de su prisión temporal de aro y jabón y se incorporó a una burbuja recién formada.

esther-gomez-arreola-esferas frágiles-en-oddcatrina.com-8

Se elevó en el aire y pasó por encima del hombro de Clara. Cerca de la Iglesia, Clara vio como una burbuja tronaba en el suelo, y en seguida un minúsculo gordito comenzaba a crecer hasta recuperar su tamaño original. Posteriormente, sus papás llegaron a recogerlo.

Entonces Clara se volvió hacia el árbol donde se encontraba el viejecillo. Se acercó más. “Son diez pesos por un paseo de diez minutos” lo oyó decirle a un niño pelirrojo, quien buscó en sus bolsillos y le entregó el dinero requerido en ocho moneditas de cincuenta centavos, una de a peso y otra de a cinco.

El viejito le indicó al pelirrojo que se subiera a la jardinera “Oiga, las burbujas no duran diez minutos” le dijo el niño, un poco incrédulo, al viejecillo. “Éstas son burbujas especiales.” Le dijo el viejo, y el pelirrojo, satisfecho con dicha respuesta, hizo lo que le pidió.

El viejo entonces le puso unas gotitas en el pelo y el niño se hizo diminuto en cuestión de segundos. Luego el señor de las burbujas lo tomó delicadamente de su caderita y lo depositó en el aro ya enjabonado.

El viejecillo volvió a soplar y el pelirrojo comenzó su travesía en burbuja. En su imaginación, Clara se vio volando, por encima de los rojos techos de tejitas, por encima de los árboles. Se imaginó viendo todo el pueblo desde muy arriba, desde muy lejos.

Sacó de su mochilita veinte pesos que le habían dado sus papás para comprar chucherías. Se acercó al viejito y le pregunto “Oiga, ¿Y no es muy peligroso viajar en burbuja?” El hombrecillo hizo un gran esfuerzo por levantar la mirada hacía Clara. “No” le dijo con una voz rasposa y cansada, “siempre y cuando no llueva ni o haiga viento.  Son diez pesos.”

“¿Y si le doy veinte, ” Inquirió Clara, “son veinte minutos?”

esther-gomez-arreola-esferas frágiles-en-oddcatrina.com-5

El viejo suspiró, “Entre más tiempo permanezcas en la burbuja, más difícil saber pa’onde se va a hacer. La mayoría de mis burbujas no pasan de la plaza. Una vez uno cayó en un terreno lleno de  vacas. Unos no llegaron tan lejos y su burbuja tronó aquí arriba en el árbol,” el viejo rió al recordarlo, “sus papás estaban aterrados.”

Pero Clara quería sus veinte minutos. Sin más la niña pagó y el viejito tuvo que hacer lo que le pedía.

El viejo echó a Clara a volar. Clara sintió el vértigo de ser elevada en el aire. Poco a poco se fue alejando del quiosco y comenzó a ver a las personas desde arriba.

¡Se veían muy curiosas! Clara no recordaba haber visto algo tan bonito en su vida. Sentía que el tiempo no transcurría. No quería que acabaran sus veinte minutos.

Pero de pronto, una ráfaga de aire la llevo por rumbos inesperados, y a una velocidad escalofriante. En seguida, oyó rugir el cielo. Aterrada, se dio cuenta que un nubarrón se acercaba al pueblo.

Por primera vez en un buen rato, se acordó de sus papás. Ni siquiera les había avisado de su improvisado viaje. ¡Debían estar preocupadísimos buscándola!

El viento la alejó de la Plaza. La empezó a llevar por encima de calles que desconocía. De aquí para allá, de allá para acá.

La débil burbuja se hacía en todas direcciones, y Clara comenzó a marearse.

De repente, ¡POP! tronó su burbuja y Clara sintió caer al vació, como aquellas veces que había soñado que caía de una escalera. Pero esta vez era real.

esther-gomez-arreola-esferas frágiles-en-oddcatrina.com-1jpg

Su caída no duró mucho. Sintió caer pesadamente sobre una enorme teja, y luego sintió como poco a poco volvía a recuperar su tamaño normal, y vio la teja hacerse cada vez más pequeña.

Sentía que un caballo le había pasado por encima. Con dificultad, logró pararse y miró a su alrededor, estaba a tan sólo dos cuadras de la plaza principal. ¿Pero cómo bajar?

A su cabeza le vino únicamente la idea de comenzar a gritar: “¡Auxilio! ¡Auxilio!”Los dueños de la casa, al escuchar los gritos de Clara, salieron a ver qué pasaba. Era una pareja joven, que le tendió una escalera.

El señor subió al techo y la ayudó a bajar.“¿Está bien, mija?” le dijo una vez en la calle. Clara asintió. Todavía temblaba. “¿No te lastimaste?” agregó el señor, a lo que Clara negó con la cabeza.“¡Ese bruto viejo brujo!” exclamó la señora enfadada, “¿Cómo puede hacerle eso a los niños? ¡Se aprovecha de su inocencia!”

La pareja la acompañó a la plaza, donde su madre, con ojos llorosos, la vio y comenzó a gritarle. “¡¿Dónde estabas, Clara?! Estaba muy asustada”, su enojada voz se debilitó y rompió en sollozos. Clara corrió a los brazos de su madre y ésta se agachó y la abrazó. Su padre se limitó a poner su mano en el hombro de su hija.

El viejecillo vio de lejos como la última niña que había montado en una burbuja era recibida por sus padres y una multitud de gente comenzaba a rodearlos.

No faltaría alguno que le apuntara el dedo, por lo que recogió su changarro lo más rápido y discreto que pudo, y se alejo de allí. Tal vez era tiempo de mudarse a otro pueblito.

esther-gomez-arreola-esferas frágiles-en-oddcatrina.com-7

Comentarios