Mi amiga L. y yo esperamos el camión que nos llevará al aeropuerto, emocionadas con nuestras mochilas al hombro nos sentimos todas unas mochileras. No tarda en llegar un asiático que claramente acaba de terminar el camino de Santiago y nos demuestra cómo realmente se ve un viajero empedernido. Nos pregunta tímidamente si ahí se espera el camión del aeropuerto y rápidamente fluye la conversación. Resulta ser coreano, y nos pregunta que de dónde somos nosotras. De México, contesto yo, de Brasil, contesta L. dos países que evocan imágenes muy particulares para los extranjeros.

El coreano se interesa en Brasil. Es un país muy peligroso ¿no? Antes de que L. pueda contestar, continúa: O sea, todos cargan pistolas en sus bolsas y así ¿no?. L., una estudiante de periodismo en la ciudad costera de Santos, le lanza una mirada de incredulidad y niega con la cabeza. Pronto pierde el interés de hablar con el coreano y lo deja con sus visiones del Brasil apocalíptico de las favelas y los ciudadanos armados.

Lo interesante es que Santos, esa pequeña ciudad a menos de una hora de Sao Paulo, donde L. corre en la playa por las mañanas y va a clase todas las tardes, tiene una de las favelas más  grandes, famosas y peligrosas de todo Brasil. Lo curioso es que desde que ha estado en España, L. no ha dejado de contarme de todas las noticias de incendios, robos y violencia que han asaltado a su ciudad en su ausencia.

Y no es que L. estuviera mintiendo cuando le aseguró al coreano que Brasil era un país precioso y muy seguro (porque lo hizo antes de retirarse de la plática), sino que la realidad de los países latinoamericanos es mucho más complicada que lo que un extranjero admite a primeras conversaciones.

Lo digo porque a mí también me ha pasado muchas veces. Cuando escucha algún extranjero que soy mexicana no tardan en llover preguntas acerca de México, el país de la muerte, del narcotráfico, de los estudiantes desaparecidos y el gobierno corrupto. México, el del corazón violento, inseguro, inestable, inhabitable.

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Mi primer instinto siempre es intentar pintar un cuadro lo más distante posible de ese México. Mi país, les digo, es un lugar de cultura, de excelentes amistades, de familia, de historia, de tradiciones, de colores, de música y de sabores. En mi México hay excelentes museos y restaurantes, cafés y teterías, bares, antros, taquerías, parques y monumentos. En mi México se vive y se es feliz.

Pero lo cierto es que no puedo negar que mi México no es todo México. Lo que es más, y lo que parecen no entender las diferentes personas bienintencionadas que me bombardean con preguntas acerca de secuestros, masacres y pobreza extrema, es que mi experiencia de México no abarca a mi extenso y variopinto hogar.

Mi México es México, mis experiencias son las de una mexicana. Pero también lo es ese México que les causa tanto morbo y a nosotros tanta tristeza. Lo cierto es que mi país está tejido de una tela que combina indiscriminadamente la violencia con la alegría y la belleza con la miseria.

Pero todo esto es algo que sólo nosotros podemos comprender profundamente. El español, coreano o polaco que me cuestiona sólo quiere que le defina una cara general de México: blanco o negro. Y yo no puedo hacer eso. Me resulta imposible porque si México fuera tan fácil de definir, no llevaríamos tanto tiempo tratando de encontrarnos como país.

No sé exactamente cómo es que uno deba hablar de México con un extranjero curioso. No sé cómo hablar de las cosas bellas sin negar las realidades agrias. No cabe tanto en conversaciones pasajeras entre cañas y copas de vino.

México es un país vibrante, complejo, con historias para complacer a los morbosos, y también a los que se quieren dejar sorprender por las cosas buenas.

Me limitaría, tal vez, a recomendar (y tratar de poner en práctica) para la próxima vez que nos interese hablar con un extranjero acerca de su país, tal vez no escupirle las peores noticias y estadísticas que ha oído uno, para ver qué hace con ellas o cómo responde. Ningún país se define  tan fácilmente.

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Fotos: Pilar Gómez

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