Mi abuela, Esther Arriola, al centro (la de trenzas).

Fotografías digitalizadas por Ignacio Gómez Arriola.

Entre mis primeros recuerdos tengo presente un largo viaje en carretera en el que mi abuela, sentada a mi lado, me contaba aventuras de su juventud. Supongo que comenzó para distraerme del inminente aburrimiento que suponía un largo trayecto para una niña tan pequeña. Pero “Las aventuras de Esther Arriola” como las apodamos cariñosamente, se convirtieron en uno de mis entretenimientos principales en toda clase de eventos familiares.

La vida de mi abuelita se vio empapada de una cualidad mitológica desde el inicio. Nació en 1925, en un cuarto bañado en oscuridad, en una fecha que resultó conveniente para acomodar cumpleaños familiares: el natalicio de su papá. Siempre sospechó que ahí hubo mano negra de alguien que quiso ahorrarse el gasto de dos pasteles.

Y el cuarto estaba tan oscuro que cuando Don Ignacio Arriola entró a conocer a su segunda hija la tuvieron que alumbrar con una lámpara de gas para que la viera. Y la lámpara le tiznó la cara irremediablemente y achicó sus grandes ojos para siempre. O al menos eso fue lo que se le dijo cuando preguntó angustiada que porqué era tan morena y tenía los ojos tan pequeños.

Nació en una de las tantas haciendas cañeras jaliscienses que ahora decaen en el abandono, silenciosos recuerdos de una época perdida tras sangrientas y democráticas revoluciones. Ignacio Arriola trabajó como administrador de más de una en la zona de Cocula durante la infancia de mi abuelita. Los dueños de estas propiedades, oriundos de Guadalajara u otra gran ciudad, sólo las visitaban unas cuantas veces año año”. 

Los grandes casones y terrenos de La Sauceda, El Salitre y La Cofradía fueron escenario de numerosas aventuras de la joven Esther. Desde una vez que la correteó una vaca hasta la barda de la entrada hasta un desafortunado encuentro con un grupo de víboras en un baño en el río que se aseguró que les temiera por el resto de su vida (y yo también).

Más de una vez, las aventuras de Esther Arriola me ayudaron a asimilar nebulosos pasajes de la historia de México. Durante un episodio particularmente novelesco, se escondió junto con sus hermanas entre rollos de tapetes para evadir al ejército de cristeros que saqueó la Hacienda durante la segunda Cristiada de los años treinta. 

Por otro lado, la Reforma Agraria se aseguró de que las tierras que los hacendados “ambiciosamente” guardaban para sí fueran repartidas equitativamente en ejidos. También hizo que mi bisabuelo perdiera su trabajo, por lo que emigró a Veracruz donde las plantaciones de caña le aseguraban un oficio conocido. La familia Arriola se vio partida en dos: aquellos que acompañaron al jefe familiar al otro lado del país y aquellos que permanecieron en Jalisco para proseguir con sus estudios.

memorias de mi mamá grande, mi abuela en Odd Catrina
Otro retrato de mi abuela

Mi abuelita se convirtió repentinamente en hermana y madre para los pequeñitos, que la siguieron llamando “Mamá Chiquita” el resto de sus vidas. A ellos les dedicó largos años de su juventud, posponiendo felicidad personal hasta que conoció al indicado. Ó sea mi abuelito, Manuel Gómez Velasco.

El romántico encuentro sucedió en la menos romántica de las situaciones sociales: un funeral. De lados opuestos del féretro cruzaron miradas y cayeron perdidamente enamorados. Bueno, en realidad  los presentó discretamente un conocido común.  

Al funeral de la tía Trini- tía común a los dos- había llegado mi abuelo acompañado de su hermana, a quien mi abuelita confundió por su esposa. Tras ser informada por una de sus amigas de la soltería del alto y guapo caballero, rogó la presentación inmediata. Cuenta mi abuelita que cuando su amiga se acercó al señor Manuel con la intención de “presentarle a unas amigas”, éste le respondió de manera franca: “si es la alta (mi abuela) sí, porque la bajita no me interesa”.

Tan buena se puso la plática que pronto mi abuelita se encontró con que las fuertes carcajadas de Manuel Velasco interrumpían irreverentemente la sobria atmósfera de duelo. En esa plática se casaron y hasta viajaron a Acapulco. “Para pronto yo le gusté exageradamente mucho” dice mi abuelita de aquel primer encuentro, con orgullo.

Desde ese día fueron inseparables. Tras tres meses de noviazgo acordaron casarse. El pretendiente fue hasta Presidio, Veracruz, donde moraban mis bisabuelos en ese entonces, para obtener el permiso del padre de la novia. Ellos condicionaron al menos seis meses de compromiso.

Mi abuela guarda hermosos recuerdos de un matrimonio envidiable. Cuenta como “Vuelve el maestro” de Agustín Lara tocaba constantemente en el tocadiscos mientras él trabajaba en su estudio–donde pintaba y esculpía–y ella estaba en la cocina. Entonces mi abuelo llegaba por detrás, le daba un beso en el cachete y la sacaba a bailar. Tras un breve baile de pasillo volvía cada uno a sus ocupaciones vespertinas.

Va a hacer ya noventa años de experiencias en esta tierra, en este país, en este estado. Las palabras de mi abuela iluminan un siglo de revoluciones e instituciones, de arduo trabajo y esfuerzo, de tradiciones que se pierden en un clima de cambio continuo. Revelan una vida rica en hábitos y usanzas, amor y perseverancia, abnegación y fortaleza.

Las historias que cuentan las grandes mujeres de nuestra vida son invaluables. Los relatos de mi abuela son importantes para mí en muchos sentidos. Son lecciones de vida, son miradas a una cápsula de tiempo, son una revelación de las posibilidades que alberga mi futuro.

memorias de mi mamá grande, mi abuela en Odd Catrina
Mi abuela fue cuatro veces  reina de los charros en Cocula. Aquí en una de aquellas veces, en 1946.
 

Comentarios