Foto: Dita Margarita / Foter / CC BY

Constantemente me asombro de la curiosa tendencia de la sociedad actual de auto-diagnosticarse males terminales. No nos cansamos de repetir– y al parecer tampoco de escuchar– los males perversos de la posmodernidad. Sobran acusaciones de individualismo, consumismo, hedonismo, nihilismo y demás “ismos”. Que nuestra sociedad propugna todo aquello que está podrido por dentro: que “se ha desacralizado todo”, desde la figura de los gobernantes hasta el matrimonio… ya saben, es bien posmo criticar lo posmo.

Y nadando en este caldo de inmundicia contemporánea nos encontramos melancólicamente añorando aquellos años. Y por aquellos años me refiero a esa época indefinida en la que todo era mejor, los famosos tiempos de nuestros padres… y sus padres antes que ellos. Esa idónea era dorada donde no pasaba ni esto ni aquello: no había tantos divorcios, las figuras públicas derrochaban clase (Miley Cyrus hubiera sido exorcizada al instante), la gente leía y nadie veía telenovelas de Televisa; la pornografía no existía y la cultura y el arte imperaban gloriosas como venerables deidades griegas.

Me confieso pecadora, ¡oh padre!,  yo también he disfrutado del entretenido deporte de la nostálgica añoranza de tiempos pasados (¿Quién no disfruto de Midnight in Paris, película que captura este sentimiento a la perfección?) y de la condena del “cochino” posmodernismo. Sin embargo,  admitámoslo, aquellos tiempos nunca existieron, y si la humanidad no estaba sufriendo en turno estos problemas, seguramente estaba sufriendo otros tantos.

No podemos estar tan ciegos como para no darnos cuenta de la cantidad de extraordinarios aspectos que presume nuestro presente, así posmoderno y todo. Y me refiero además de cosas como el Internet, los avances en medicina, nanotecnología, robótica, la big data, y todo de lo que la madre ciencia nos ha provisto para una vida más cómoda.

De entre todas las imputaciones, las que más curiosas me parecen son aquellas que refieren al estado actual de las relaciones amorosas. Cuánta travestía se dice que corre rampante por nuestros tiempos: tenemos todos los conceptos equivocados respecto del amor, de la sexualidad, de la libertad. Se ha desacralizado el significado del compromiso, bla, bla.

Lo cual está todo muy bien, sin duda hay cosas medio rotas que pueden y deben ser arregladas en la manera en que nos relacionamos estos días, pero lo que me parece insufrible es que todas estas críticas se hagan tomando como referencia a aquellos tiempos. O que se hable y se critique como si el estado de las relaciones amorosas e interpersonales otrora fuera infinitamente preferible al actual.

Veámoslo así:

Me parece que la democracia, a pesar de ser extremadamente falible, es una forma de gobierno superior a una monarquía despótica (decía Churchill: “La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes”). Algo similar opino respecto de las relaciones interpersonales del siglo XXI.

Porque para los antiguos griegos, según nos dice el buen Aristóteles en su Ética Nicomáquea, el hombre y la mujer eran demasiado desiguales como para pactar uniones fundadas en el afecto genuino: el matrimonio era para la crianza, la amistad entre hombres para el amor y la virtud.

Porque en el Medievo se intercambiaban hijos e hijas como piezas de ajedrez para pactar alianzas y el  famoso “amor cortés” no era más que un amor imposible entre poeta y dama casada, donde la dama tenía muy poco que decir en cuanto a la fantasía del poeta.

Porque hasta hace muy poco tiempo el matrimonio no era más que un contrato entre partes medianamente interesadas en compartir una vida de intercambio de bienes. La mujer se entrenaba  para adornar la casa del marido y criar a sus hijos y el hombre para proveer seguridad económica y autoridad al hogar.

Porque, así de individualistas, así de hedonistas, así de nihilistas, así de lo que sea, somos al menos libres de amar y desamar como nos plazca.

Eso, yo digo, es un espectacular logro.

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