fotografía por Ariette Armella para Goyo Estudio

Me llamo Mariana, tengo 28 años, vivo en la ciudad de México y soy diseñadora independiente.

Siempre me ha llamado la atención la reacción que despierta esta última afirmación. Como si el ser laboralmente independiente, te transformara de forma inmediata en un alienígena completamente ajeno al resto de los mortales.

-O sea, eres nini

-No, en lo absoluto

-Pero ¿Cómo?… ¿Tipo… qué haces?

-Soy diseñadora industrial, tengo mi propio despacho dedicado a diferentes proyectos de diseño

-¡Ah! Eres decoradora

-No precisamente…

-Ok… pues que padre, muy alternativa

Esa plática podría continuar durante páginas enteras. Estoy acostumbrada a esas preguntas y comentarios, a que la gente asuma que el ser mujer y no estar bajo nómina, te convierte inmediatamente en una persona sin oficio ni beneficio. Pero no utilizaré estas líneas como mi confesionario o mi caja de quejas y sugerencias, quiero contarles el día a día de una especie nueva, que cada vez toma más fuerza entre los jóvenes de nuestro país, una especie de la cual, hace ya tres años formo parte: los emprendedores.

El termino emprendedor (palabra que detesto por el abuso que se le ha dado, pero supongo que por terminología es correcta) es aplicado a aquellos que deciden aventurarse en la vida empresarial de manera independiente. Ya sea ofreciendo algún tipo de producto o un servicio específico. El emprendedor busca abrirse camino en un mundo globalizado, atascado de opciones, de mensajes encontrados y personas ofreciendo lo mismo con una sola finalidad: tener éxito para poder vivir el único sueño que supera por definición el muy sonado sueño americano, poseer completa libertad y autonomía laboral y económica.

¡Qué diferente imagen a la que viene a la que te viene a la mente en un principio! Desde este punto de vista, la vida de una mujer emprendedora suena excitante, glamorosa y llena de ventajas ¿Cierto?… ¡Falso!

Les aseguro que en estos últimos tres años he llorado más que nunca en mi vida, he soportado niveles de estrés que sólo agentes de la CIA podrían comprender, he visto mi cuenta bancaria llegar a números rojos, he creado una tolerancia sobrehumana al rechazo y la humillación y todo por experimentar esa sensación que uno tiene cuando un proyecto por fin cae… No creo que haya algo similar en el mundo, no creo que una persona sentada en su oficina todos los días durante ocho horas trabajando para alguien más, lo pueda sentir jamás y es eso lo que me mantiene necia y feliz por este camino.

“Yo trabajo por mis sueños, no por los sueños de alguien más” me dijo alguna vez un emprendedor que respeto mucho. Para mi, de eso se trata la vida, de hacer lo que te apasiona, lo que te hace feliz, lo que te despierta temprano en la mañana y no te deja dormir en la noche, no porque sea un cliché, deja de ser cierto.

No podría estar más orgullosa de trabajar todos los días por mis propios sueños y estoy segura que muchas se identificarán conmigo en eso.

El camino que me llevó a este punto no es muy diferente al de cualquier otro. Estudié diseño industrial en una universidad cuya mercadotecnia te hace creer desde el día uno, que serás la siguiente estrella del diseño. ¿Y porqué no lo serías? Si todo el grupo docente encargado de tu educación lo es. Recuerdo que antes de la primera clase, como buena nerd, ya había acosado a mis profesores por internet y sabía todo respecto a sus carreras, su enfoque de diseño y la materia que iban a impartir. Lo se, patética.

Al salir de la universidad, me disponía a pasar los siguientes dos meses vegetando y meditando que demonios iba a hacer con mi vida, ya saben, “encontrándome a mi misma” y esas cosas, cuando recibí la llamada de uno de mis ex profesores invitándome a trabajar con él. ¡Había llegado el momento! El destino me llamaba a uno de los despachos más importantes de México y no iba a cerrarle la puerta en la cara. ¡Había llegado la hora de convertirme en una diseñadora de verdad!

Los siguientes dos años, pasé de ser la asistente del asistente del asistente, a ser una parte activa y ficha importante del despacho, encargada tanto de llevar grandes proyectos de diseño, como de comprar el café y el papel de baño para todos.

Alguna vez escuche que entrevistaban a mi jefe, y recuerdo que dijo que él atribuía parte de su éxito a que nunca había trabajado para alguien más, que siempre se había dedicado a desarrollar su propio proyecto y esto lo había mantenido enfocado en un solo objetivo. Yo,  por otro lado, puedo decir que el haber trabajado para él contribuyó muchísimo a mi carrera.

Esos dos años en los cuales tuve aciertos y errores, algunos de ellos monumentales, en los cuales hice y deshice a placer con la fama y los recursos de alguien más, fueron un intensivo en el cual, aprendí todo lo que podía sobre como se maneja un despacho de diseño independiente y me dieron el valor suficiente para pensar que tal vez, no era tan complicado como parecía y que tal vez, yo podría hacer lo mismo algún día.

No fue hasta una noche que me encontraba en el taller barriendo aserrín y que uno de mis colegas me dijo que el escusado se había tapado, y si podía encargarme del asunto, que tuve la epifanía. ¡No más! Había llegado el momento de hacer lo mío, de trabajar para mi, de firmar con mi propio nombre. De ahora en adelante, no destaparía más que mi propio baño.

Y renuncié. Sin un plan, sin una idea muy clara de lo que haría y así comenzó la aventura más grande de mi vida. Puedes creer que estás preparada, que lo sabes todo, incluso hoy en día puedo decir, que no tengo ni idea de muchas cosas.

foto por Ariette Armella para Goyo Estudio. Diseñadora al borde de la histeria. Un relato para oddcatrina.com

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