El domingo pasado Game of Thrones alcanzó por fin esa parte del los libros que me hizo querer aventarle el pesado volumen a la cabeza de quien me lo recomendó. Si no has visto dicho traumático capítulo final de la quinta temporada o leído el último capítulo de Jon en A Dance with Dragons serías sabio en dejar de leer  ahora. Vete. Corre.

Tras la muerte de Jon Snow el internet ha explotado en una autentica tormenta de memes, artículos, listicles, quejas, reclamos, lamentos. Pily, que no ha visto ni medio episodio de la serie me comentó anoche, ¿Oye que pasó en Game of Thrones que 9gag está obsesionado con el último capítulo?

No era para menos. En un mundo lleno de gemelos incestuosos (ok lo admitiré, en realidad Jaime se ha vuelto uno de mis personajes favoritos), políticos despiadados, guerreros sanguinarios y psicópatas sádicos, Jon era una de las cosas buenas. El famoso silver lining. Un héroe, no porque fuera aburridamente perfecto sino porque de entre los  miles de personajes que pueblan la serie era uno de los pocos que les importaba algo más que sí mismos. Nos habían quitado ya tantos de estos personajes: Ned, Robb y Catelyn Stark, Barristan Selmy, Ygritte, Oberyn Martell, Shireen Baratheon,  la mano de Jaime… Jon fue la gota que derramó el vaso.

Y no solo eso: el capítulo final dejó a todos los personajes en situaciones miserables. Stannis muerto, Arya ciega, Theon y Sansa probablemente con las piernas rotas, Dany sola rodeada por un ejército de Dothraki, Jaime con su hija muerta en sus brazos… y  ahora sufrimos colectivamente.

Entre el ambiente corta-venas general de desilusión y congoja he visto más de un comentario burlón: “¿Pues qué creían que estaban viendo, Avengers?” “Si creen que esto va a tener un final feliz,  no han estado poniendo atención…” “Esto no es Disney Channel”

Bueno ya,  el  enfoque brutal y “realista” de Game of Thrones quedó más que claro desde el primer capítulo; en el que presenciamos una decapitación, una bola de zombis carniceros, la violación de una adolescente por un bárbaro gigante y al final, cómo el arrogante Jaime Lannister aventaba a Bran Stark de una ventana para encubrir una relación incestuosa con su gemela.  No creo que nadie creyera que  estaba viendo High School Musical.

Pero además, no creo que la miseria de un espectador ante la muerte de un personaje querido y en general su gusto por los “finales felices” traicione una inmadurez literaria según la cual solo lo pueden complacer historias simplonas e infantiles donde todo es color de rosa.

El gusto por Game of Thrones generalmente va de la mano con una apreciación por su narrativa oscura, sus personajes de moralidad gris y su acercamiento “realista”.  Se aprecia un mundo en el que los riesgos y desafíos son genuinos puesto que sabemos que los personajes pueden morir, y morir sin revivir milagrosamente para el climax de la película a la Marvel o cualquier blockbuster de Hollywood.

Uno de los problemas de tanto serie de televisión como serie de libros, sin embargo, es que cada vez parece más evidente no sólo pueden morir tus  personajes favoritos, sino que van  a morir y pronto y traumáticamente. La rápida y eficiente depleción  de personajes tiene a muchos televidentes asegurando que a estas alturas ya “le van” a los White Walkers.

Llega un punto en que nos damos cuenta que no se pueden matar a todos nuestros personajes  preferidos y esperar que sigamos emocionalmente involucrados en la narrativa.

¿Y por qué?

Bueno, a mi juicio, tiene que ver con un criterio literario relativamente nuevo llamado en inglés “relatability”. Empieza y termina con la capacidad de verse a sí mismo reflejado en un personaje de una narrativa ficticia.  Apreciamos los personajes con vicios y virtudes que nos recuerdan a los nuestros y nos identificamos con sus luchas, sueños, deseos y ambiciones.  Game of Thrones, con su multitud de ricos y variados protagonistas se presta particularmente para entablar relaciones profundamente personales con los personajes.  Ninguno es un cliché, ninguno es un estereotipo, todos son complejos, multifacéticos y vibrantes.

Entre las muchas discusiones respecto de la serie que pude encontrar en mi Facebook esta semana me llamó la atención una en la que X. denunciaba la narrativa de tanto libros como serie como barata, sensacionalista y en general de baja calidad literaria. “Un Frankenstein de episodios históricos mal entendidos explotados por su valor cruento” me parece que la llamó.  Mejor pónganse a leer a Shakespeare, exhortaba, citando a Macbeth como un buen lugar para empezar.

Esta es la cosa, sin embargo, no me parece que Shakespeare sea un contrincante válido en esta disputa.  Sí, Macbeth es un clásico, una de las grandes obras literarias de todos los tiempos y no me interesa comparar su mérito literario, pero no está en el mismo plano narrativo que Game of Thrones. Como novela éste último entra en juego con el concepto de relatability, mientras que Macbeth no. Los personajes de Macbeth, aunque magníficos, son arquetipos, su estructura invita a la catarsis más que a la introspección personal que viene con el verse reflejado personalmente en un personaje. Esto no la hace mejor o peor literatura, pero si la exime de cierta manera de la discusión actual respecto de la muerte de personajes y los finales felices.

Cuando muere Macbeth se admira la belleza poética de la situación, en la que las predicciones de las brujas se cumplen de las maneras más inesperadas. Su muerte representa la inevitabilidad del destino y alza interesantes preguntas respecto de la acción moral. La muerte de Jon Snow o de Catelyn Stark, por otro lado, se siente profundamente personal puesto que el lector o espectador está emocionalmente involucrado en el arco de tales personajes.

La novela (y en el caso particular la serie que la adapta) le muestra al lector/espectador a sus personajes en toda su subjetividad única y compleja y esto  permite verlos como personas. Es por eso que nos encariñamos con ellos, es por eso que cuando Game of Thrones termina con la vida, los sueños, la dignidad de un personaje nos duele. Es por eso que  anhelamos “finales felices” para ellos.

No es que seamos infantiles y no “aceptemos la dura realidad”, sabemos la dura realidad, la conocemos: vivimos en ella. Y aun así buscamos y anhelamos la felicidad. Lo mismo para los personajes que queremos y admiramos. Eso no es ingenuo, es humano

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