Era el segundo día del Camino de Santiago y odiaba todo. Todo, incluyendo una cámara reflex que no me había molestado en sacar de su mochila  desde que arribé a tierras gallegas. Maldecía en voz alta y mi papá, paciente, intentaba darme algún tipo de motivación. Yo le hacía saber de la inutilidad de sus esfuerzos y seguía adelante refunfuñando, las piernas temblándome, y mi mente haciendome saber lo perdedora que era, lo débil…

“No pienses en tu cuerpo”, me decía. Tras unos 300 metros le rezongaba: “Estoy intentando no pensar en mi cuerpo, pa, pero se empeña en recordarme que está allí”.

Por último, mi papá ofreció cargarme la mochila de mi cámara. Sería una mentira decir que en cuanto comenzó a cargarla me puse a  correr como una gacela, pero liberarme de ese peso que en ese momento para mi no solo era inecesario sino perjudicial, marcaba el comienzo de una nueva experiencia por ese sendero centenario…

Con más ligereza de pies comencé a darle espacio a más pensamientos que superaban mi condición física. Hice las paces con mi cuerpo y comencé a darle vuelo a mis reflexiones. De pronto se me vinieron a la mente las reflexiones de  Edna Pontellier, personaje principal de la obra de Kate Chopin, El despertar (The Awakening, 1899) en aquella noche donde cobró conciencia de su existencia:

[Edna Pontellier] comenzaba a darse cuenta de su posición en el universo como ser humano, y reconocer sus relaciones como individuo en el mundo dentro y alrededor de ella, (…) el principio de las cosas, especialmente de un mundo, es vago, caótico, y excesivamente perturbador. ¡Qué pocos emergen de aquel comienzo! ¡Cuantas almas perecen en su tumulto!

Por supuesto, había chamacos a los que les doblaba la edad y andaban cargando no sólo toda su ropa, sino sleepings y hasta utensilios de cocina, pero a partir del día que me puse a recorrer el camino con sólo una ligera bolsa y una botella de agua la experiencia de recorrer El Camino comenzó a cambiar de color.

Día a día, muchos cargamos con cosas que nos pesan,  nos dañan. Muchas veces ni siquiera sabemos qué son. Otras veces, decidimos ignorar el asunto y seguir soportando el peso de aquello. ¡Qué pocos emergen de aquellas tribulaciones, qué pocos se liberan de esas cosas!

No ocurre seguido, pero de repente se nos presenta la oportunidad de aventar esas cosas por la  borda, de soltar amarras que nos atan a una vida más pesada, menos productiva y en general menos disfrutable— desde una mala relación, una actitud tóxica, un mal hábito o una rutina insoportable— y marcar un punto y a parte hacia una existencia más llevadera.

Desde decidirse a cambiar de trabajo cuando este se convierte en un callejón sin salida, liberarse de gastos innecesarios (Ana Pau tiene “en el horno” una guía para erradicar los gastos hormiga), o bloqueos mentales que te retienen de explorar tu estilo personal, en junio nuestro contenido girará en torno a elegir nuevos caminos, o nuevas maneras de hacer las cosas. “Soltar amarras”,  decidimos llamar a este conjunto de acciones que implican liberarse, emanciparse de una situación que aprisiona, que limita.

Esperamos que disfruten el contenido de este mes y nos sigan compartiendo sus comentarios y colaboraciones.

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