Caminando por Oaxaca, me llama la atención un pequeño local ubicado sobre la calle Murguía, muy cerca del andador turístico. De fachada roja y puerta angosta, con mosaicos en el piso alusivos al mezcal, la mezcalillera me invita inmediatamente a entrar y adentrarme al mundo de esta bebida, ya que se ofrecen más de 100 variedades. La atracción principal: un estante de madera, en donde se muestran distintas etiquetas, algunas puestas sobre unas cajas en color rojo en donde resaltan las recomendaciones de la casa.

La música pasa a segundo plano, mientras el encargado del local comienza a preguntarme sobre los mezcales que degustaría esa noche, y entonces tomo asiento para empezar con el pequeño ritual. El joven, muy amable, me explica un poco sobre las variedades que existen de maguey, sus gustos culposos, y preferencias en sabores. La plática se extiende por unas cuantas horas, me cuenta sobre la fabricación artesanal del producto (muy parecida a la del tequila) sobre maridajes y mezcales excepcionales. Entre cultivos salvajes, tonalidades fuertes y en ratos cítricas, me platica sobre su parte favorita en la fabricación del mezcal: las puntas.

Las puntas, es el grado máximo de alcohol que puede tenerse de esta bebida (entre 55% y 80%); para una persona tan poco conocedora y aguantadora como yo, diría que estoy tomando alcohol puro, pero para un conocedor como él, se trata de abrir garganta y experimentar diferentes notas, que muchas veces en el mismo mezcal, con menor cantidad de grados, se pierde. “Hace poco, a una amiga le regalaron las puntas de uno de nuestros mezcales favoritos, aunque fué sólo un poco lo que me dio a probar, puedo decir que ha sido de las mejores experiencias” me comenta emocionado.

Cada detalle de este lugar me llama la atención, los recipientes en donde pruebas el mezcal hacen referencia a las  pequeñas jícaras con las que antes se tomaba este alipús, los productos tan únicos que venden como sal de chapulín o sal volcánica, hasta la envoltura en la que te entregan tus productos. Me llevo tres botellas y un poco más de información, pero sobre todo una sonrisa al saber que existen lugares en donde podemos probar un poquito más de México.

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