Perry Edward Smith, uno de los dos ex-convictos que Capote inmortalizó en su novela. Imagen obtenida de Numero F

¿Qué hace en su tiempo libre un hombre que mata a una familia entera en una noche? ¿Toca la guitarra? ¿Escribe? ¿A quién? ¿Puede ser sensible?

Si yo como narrador te lo cuento no va a tener el mismo impacto a que te lo confiese el papá del asesino o hasta su compañero en el crimen. Si le pongo el micrófono directo a él, el interés aumenta todavía más.

En A sangre fría, Truman Capote lo hace en su novela y deja hablar a testigos, detectives, involucrados y a los mismos criminales para alejarse de la ficción  y empaparse de periodismo. Su intención, aparte de revelar la psicología de los asesinos, es mostrar la reacción y la idiosincracia del pueblo norteamericano, así como como sus realidades sucias detrás de su imagen pulcra y primermundista.

Para construir el personaje en la cabeza del lector Capote utiliza voces de personas que realmente lo conocen como la hermana del delincuente:

“(…) But I’m afraid of him. I always have been. He can seem so warmhearted and sympathetic. Gentle. He cries so easily. Sometimes music sets him off, and when he was a little boy he used to cry because he thought a sunset was beautiful. Or the moon. Oh, he can fool you, He can make you feel so sorry for him.”

El otro tipo de testimonio que utiliza Capote escapa del diálogo sin que el lector deje de escuchar directamente al personaje: lo escrito. Artículos en el periódico de la noticia, el diario de Nancy, la niña asesinada; el cuaderno de Perry, el homicida principal; cartas de la hermana y del papá de Perry; el artículo de The American Journal of Psychiatry que describe el tipo de asesino al que se le clasifica a Perry: “Murder Without Apparent Motive ––A Study in Personality Disorganization”; un poema dirigido a Dick, el otro asesino, antes de cumplir su sentencia de pena de muerte; letras de canciones y las declaraciones autobiográficas de los criminales significativas para los personajes. En el periodismo, estas pruebas son esenciales para formular la historia, son datos duros que hacen al reportaje sustentable.

Los adjetivos son un tema delicado en la literatura y en el periodismo. El poeta Vicente Huidobro lo advierte: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. En la novela, Capote deja la responsabilidad de los adjetivos a los personajes: “When he wants a cigarette, Dewey must light it for him and place it between his lips, a task that the detective finds “repellent,” for it seems such an intimate action––the kind of thing he’d done while courting his wife.” Una palabra de la boca de Dewey es suficiente para empapar todo el acto en esa sensación. Estas contribuciones pequeñas son comentarios del mismo Dewey posteriores al presente de la novela. Es un juego de tiempos y diálogos para crear intensidad y veracidad.

La ensalada de tiempos que usa Capote por medio de las voces de los personajes está clara en este ejemplo: van en el carro Dick y Perry con la intención de matar al conductor que los recogió de la carretera. Empieza con la clave que habían acordado para cometer el crimen:

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Foto de LechonKirb vía Unsplash.com

“Hey, Perry, pass me a match.”

But just as Perry raised his hand, and the rock was on the verge of descent, something extraordinary occurred––what Perry later called “a goddam miracle.” The miracle was the sudden appearance of a third hitchhiker, a Negro soldier, for whom the charitable salesman stopped.

El goddam miracle, posterior a la acción, sirve para describir la sensación del personaje y así omitir descripción de pensamiento por parte del narrador, acto que sólo se permite en uno omnisciente. El narrador, aunque cuente con capacidades limitadas, usa palabras externas para capturar el mundo interno del personaje.

Las expresiones esculpen a un personaje hasta darle vida al ser repetitivas. El ejemplo más claro en esta novela es el honey de Dick. La muletilla, aparte de ser una gran manifestación de su carácter (tal como en Perry es su voz tenue), se convierte en una palabra que el lector espera de él. Casi al final de la novela, después de haber escuchado su “honey” a lo largo de la historia en situaciones felices y oscuras, da hasta gusto escuchar cómo le da la bienvenida a Perry cuando éste se recupera del hospital y vuelve a The Corner, la cárcel donde están los condenados a muerte: “Welcome home, honey”.

La misma ambientación de la novela está cimentada en diálogos. Éstos merman el lado del periodismo para inflarse un poco más en literatura. Aún así, se queda la sensación periodística de la opinión pública:

“But he didn’t have to hit that hard. It’s unfair.”

“What’s unfair?”

“The whole trial. These guys don’t stand a chance.”

“Fat chance they gave Nancy Clutter.”

“Perry Smith. My God. He’s had such a rotten life––“

“Many a man can match sob stories with that little bastard. Me included. Maybe I drink too much, but I sure as hell never killed four people in cold blood.”

“Yeah, and how about hanging the bastard? That’s pretty god-damn cold-blooded too.”

Quién fue, por qué, cómo: las respuestas de la intriga no las dice el narrador, las afirman voces envueltas en la historia. Al lector no le queda duda de que la respuesta está fuera de la ficción:

“Hickock said “Perry Smith killed the Clutters.” He lifted his head, and slowly straightened up in the chair, like a fighter staggering to his feet. “It was Perry. I couldn’t stop him. He killed them all.”

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