Proceso creativo de Goyo Estudio por Ariette Armella

Lista de pendientes para el día #01:

  1. Buscar un lugar dentro de mi casa destinado a ser mi oficina. De preferencia en un sitio con poco tránsito y sin distracciones.
  2. Encontrar el punto perfecto para mi computadora dentro dicho lugar. IMPORTANTE: debe estar cerca de una ventana, leí en internet que trabajar con luz natural ayuda a desarrollar la creatividad.
  3. Colocar un corcho en la pared para hacer lluvias mentales.
  4. Fingir lluvia mental en el corcho con un par de imágenes de inspiración (no hay nada más triste que un corcho vacío).
  5. Ir a la papelería. Necesito: plumones, lapiceros lindos, bitácora nueva…

¡Listo , listo, listo! Sólo me tomó unas tres horas, nada mal para mi primer día como diseñadora independiente ¡Yo sabía que la eficiencia era uno de mis atributos!

Ahora un poco de música de mi playlist: Work It, una silla con soporte lumbar y estoy preparada, ¡Qué venga mi primer cliente!

Pasé el resto del día preguntándome como iba a conseguir a ese primer cliente y me fui a dormir esa noche con el pánico de no tener una respuesta.

Durante la siguiente semana, hice lo que más cómodo me resultó: Tomé mi celular, y mandé mensajes a todos mis familiares y amigos “Hola, soy yo. Me independicé y abrí mi despacho de diseño por si saben de alguien que le pueda interesar. Muchas gracias”.

Pasé cinco días recibiendo mensajes felicitándome por mi valentía, todos mandándome las mejores vibras: no tenían duda alguna de que tendría todo el éxito del mundo. Cada noche me iba a acostar con una sensación de ansiedad y nausea, no había ni medio proyecto en puerta.

No iba a rendirme tan fácil, no lo había intentado todo aún. Me conecté a mi Facebook y publiqué:

Hola, soy yo. Muchos de ustedes no lo saben, pero soy diseñadora industrial y estoy empezando mi despacho, por favor no duden en contactarme si se les ofrece algo o conocen a alguien que pueda necesitar de mis servicios, gracias.

Tenía en aquel entonces unos 200 o 300 contactos: alguien tenía que necesitar de un diseñador. Me sentía un poco apenada de estar limosneando trabajo con gente que no era tan cercana a mi y estaba siendo una hipócrita porque siempre había criticado a las personas que spamean en las redes sociales, pero estaba empezando a desesperarme.

Terminé el mes con 13 likes y 0 chambas.

El ser humano tiene un instinto de supervivencia único, en el cual, conforme bajan los números de su estado de cuenta, ciertas emociones y sentimientos van desapareciendo. Llega un punto en el que se deja de sentir vergüenza y el sentido de comodidad pasa a importar poco. Fue en ese momento en el que comencé a marcar números de desconocidos ofreciendo mi trabajo y a detenerme en cada obra y construcción que me cruzaba en la calle a pedir hablar con los arquitectos por si pudieran necesitar a un diseñador. A estas alturas el rechazo se me resbalaba, porque tenía un sólo objetivo en la mente: demostrarme a mí misma que no tomé la decisión equivocada al dejar mi quincena asegurada por buscar mi propio camino.

Diez números marcados al día, productoras, constructoras, restaurantes, el tío del primo de un amigo… Empecé a darme cuenta de que la seguridad funcionaba y si me consideraba a mó misma una llamada importante, era más probable que lograra que me comunicaran con la persona correcta.

Diez cuadras recorridas al día, cada vez en un perímetro mayor y comencé a notar que en realidad, no importaba lo que dijera, si no cómo lo decía. No es lo mismo presentarte con un –Hola… este… quería hablar con alguien… es que soy diseñadora…- que con un –Hola, soy Mariana Armella necesito hablar con el encargado de diseño de éste proyecto-.

Pasaron tres meses más para que pudiera hacer la llamada correcta. Un amigo me había comentado que un conocido de su mamá tenía una constructora. Se dedicaba a hacer edificios de vivienda simples para clase media. En la plática dejó escapar el nombre de la constructora, así que busqué el número en Internet, marqué y pedí por el susodicho sin dar mayor explicación a su asistente.

Me contestó con cierta extrañeza, ya que jamás había escuchado mi nombre con anterioridad y me dispuse a darle mi muy bien practicado monólogo sobre quién era, a qué me dedicaba y el servicio que ofrecía.

– ¿Tienes portafolios? Me preguntó. 

– No, aún no he podido establecerme como diseñadora independiente, como verás, el despacho aún se encuentra en la etapa de arranque y pues…

– O sea, nunca has trabajado para nadie.

– No. 

– ¿Me estás pidiendo tu primer proyecto? ¿Sin tener nada que enseñar? 

– Sí. 

– Ven a verme el lunes. 

Me presenté en su oficina. Era un lugar completamente blanco, los muros que dividían los espacios eran todos de vidrio. Las luces me deslumbraron un poco. Me sentía nerviosa, pero por muy extraño que pareciera, incluso en esa situación, era lo más tranquila que había estado en meses.

Me dejó esperándolo 20 minutos sentada en el recibidor. En la mesa de centro, sobre una torre de revistas, había un letrero que decía “Y tú, ¿Cómo quieres vivir?” (no supe qué contestar). Pidió que pasara a su oficina. Sin perder mucho tiempo me platicó que estaba buscando quien le construyera una oficina dentro de una camioneta para poder estacionarla fuera de las construcciones y las vendedoras tuvieran donde trabajar.

El panorama era el siguiente: me pedía el desarrollo y la construcción de un proyecto que consistía en hacer algo que jamás había intentado antes; tenía poco tiempo y muchas expectativas, el presupuesto era una broma y la paga una miseria. Yo no contaba con equipo de trabajo, ni los conocimientos necesarios…

Salí de su oficina sonriendo de oreja a oreja y con la adrenalina a tope. Había conseguido mi primer proyecto.

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