Oaxaca, el lugar donde encontré el hotel del color del cielo.

En donde las experiencias quedaban plasmadas en cada esquina, expresadas en arte urbano. No podía cerrar los ojos o descuidar por donde pisaba, ya que en cualquier esquina podría encontrar frases, imágenes e ilustraciones únicas.

Dentro del hotel todo era sensorial: la comida, los colores vibrantes, el contraste entre el ruido de afuera y la tranquilidad adentro; el respirar aire puro. Pasillos anchos, azules, con diseño en sus pisos nos guiaban a la terraza, en donde el único elemento de color distinto, era un telar rojo. Desde aquí teníamos una de las vistas más bonitas a la catedral.

En la suite Toledo, cubierta de curiosos azulejos diseñados por el artista cuyo apellido bautizó la habitación, encontramos una bolsa para el mandando del mismo tono azul del hotel, la cual nos esperaba lista en el armario para salir a la ciudad y dedicarnos a las compras de artesanías, chocolate, unas botellas de mezcal y otros tantos recipientes con mole.

Disfrutamos del desayuno en el patio central, donde una escultura que reflejaba perfectamente la esencia oaxaqueña, nos hizo voltear varias veces, como si estuviera ahí sólo para asegurarse que no nos olvidaríamos de ella, y de la tranquilidad del lugar, jamás.

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