“Don Néstor, Neto, amigo o Freddie

Hizo una pausa y me miró de tal forma que parecía conmoverse por algo que logró ver en mí pero que yo desconocía, añadió: “No te preocupes, yo tengo 50 años y apenas me descubrí…Voy a vender y restaurar arte, eso me hace feliz”. Le sonreí, él no lo sabía pero había dado en el clavo a un hilaje de pensamientos que en ese momento me atormentaban.

Aleph, es un señor elegante que gusta del cine y el jazz, ama a su sobrino –bueno no es su sobrino, es su ahijado, bueno tampoco, porque nunca hizo la primera comunión pero el cariño ahí quedó-, ama los puros, los compra todos los días y -aunque se le olvida-  siempre me explica por qué unos son mejores que los otros. Hablamos cuando tenemos oportunidad tratando de encontrar nuestras opiniones en la marea de voces “¿Me das una bolsa?”, “un kilo de huevo y un pan por favor”, “¿Cuánto es?”, “¿Tienes Coca más fría?”, “muchacha sigo yo”, entre otras.

Trabajar en una tienda de abarrotes es de las mejores cosas que me ha podido pasar, transcurrieron más de diez años para darme cuenta de ello. Nunca ha sido fácil. En mis sueños más locos de niña imaginaba que la tienda se convertía en una persona a la cual podía lastimar, a la cual le gritaba barbaridades como: “¡Nunca te daré a mi padre, nunca!” “¡tú no eres de nuestra familia!” frases siempre selladas con el suplicio lloroso de: “déjanos en paz”.

Desde que tengo memoria existe la tienda. Mi papá trabaja allí incansablemente desde las 7 am a las 10:30 pm (tiene pequeños lapsos de tiempo libre, pero por lo general está al pendiente de lo que se requiera). Es tienda, historia, herencia, su abuelo y su padre, su pueblo San Gabriel, Jalisco, sus memorias, su escape, su orgullo, su vida yendo y viniendo.

Mi papá es excelente en su trabajo “Don Néstor, Neto, amigo o Freddie” (por su parecido con Freddie Mercury) es el típico tendero que es tu amigo y que se desvive por conseguir lo que necesitas. Siempre tiene una sonrisa y buen humor, pero sabe tener un carácter firme para ahuyentar a las posibles amenazas: desde clientes difíciles hasta proveedores que se quieren pasar de listos. La colonia lo ama, es como un héroe anónimo.

Al salir de la universidad y ver que la realidad me pateaba -como a todos-, comencé a cuestionarme sobre qué iba a hacer para conseguir ingresos y comenzar el tan aclamado proceso de la independencia. Mi pensamiento automático fue: todo menos la tienda (yo de verdad la odiaba), así pues, dejé solicitudes de trabajo en cafeterías, restaurantes, enviaba mi curriculum sin parar todos los días, a la par de esto mi mamá comenzaba a notar mi agotamiento y desesperanza y añadió “pero si ahí está la tienda, le ayudarías a tu papá, estamos cerca ¿Qué mejor?”.

Y yo pensaba “¿Qué mejor? ¡está loca o qué! yo estudié durante años, me esforcé tanto ¿por qué tendría que terminar en la tienda? ¡eso jamás!” posteriormente –y como señal del destino- me topé con la biografía de Jaime Sabines donde descubrí que durante un tiempo tuvo que trabajar en la tienda de telas de su hermano para conseguir ingresos, comentaba la frustración que sentía y cómo llegó a sentirse “ofendido y humillado por la vida” por un trabajo así, él se asumía como poeta y era muy vulgar aquella posición. Finalmente aprendió a “mandar al carajo al poeta” y reconoció lo equivocado que estaba pues dicho trabajo fue la más valiosa lección de humildad que había tenido y gracias a ella logró acercarse con más honestidad a la poesía.

Me impactó mucho, había sido una bofetada a mi orgullo de “artista” y por consecuente un valioso punto de giro a mi perspectiva de vida.

Desde hace años estoy trabajando ocasionalmente en la tienda con mi papá quien hace la jornada  muy amena, ya que compartimos extenuantes conversaciones sobre literatura, arte, música, recuerdos, sueños, tristezas y alegrías, entre otras.

Recientemente he descubierto que la tienda es mi mantra de aprendizajes. Gracias a ella terminé de comprender que no hay trabajos grandes ni pequeños sino oportunidades de crecimiento; definitivamente existen buenas y malas personas; la gratitud y la humildad son primordiales; la actitud con la que te manejas se verá reflejada en los otros; la amistad no tiene edad; el reto de ser paciente, practicar la concentración y la capacidad de realizar múltiples actividades; ser empática y comprensiva con el dolor de las personas te recuerda que eres humano, cuestión vital en esta realidad en la que vivimos, ya que saber escuchar te sensibilizada y por ende te da herramientas para ser mejor persona; saber decir no (¡Cómo me costó ésta y qué importante es!); siempre van a existir los chismes y los prejuicios de uno depende hacerles caso; la impaciencia, la prisa y el hambre sacan lo real de las personas; aprender a desengancharte de las malas actitudes o malos tratos, cuando un cliente va a comprar no solo va porque requiere un producto, muchas veces solo necesita compañía, palabras de aliento o distraerse (el mostrador termina convirtiéndose en un consultorio y el tendero en terapeuta) entre otras valiosas lecciones que seguro estoy olvidando por ahora y me disculpo por ello.

Trabajar en la tienda es una avalancha de historias y emociones que -con el criterio adecuado- te plantan firme en la tierra y te proporcionan equilibrio para llevar una vida más sana. Y aunque no siempre vaya a trabajar allí y espero que mi papá tampoco –por aquello de que todos los excesos son malos y no deja de ser un negocio demandante-, sé que mientras tenga la posibilidad voy a aprovecharla para seguir aprendiendo de la sabiduría popular y seguir creciendo y reafirmándome como individuo.

El negocio familiar: un relato sobre trabajar en una tienda de abarrotes por la poeta Mónica Rodriguez Licea para Odd Catrina

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