Para las hermanas Gómez, que tocábamos (y garabateábamos, je je)  los restos del Muro de Berlín al tiempo que en Guadalajara los simpatizantes del primer diputado independiente nuestra ciudad gritaban victoriosos “Los Muros Sí Caen”, el pensar en lo que implica “soltar amarras” no fue cosa menor.

En varias partes de nuestro país rompimos amarras con el viejo orden, con esas elecciones que se ganan con candidatos guapos y televisables, y con el pesado sopor de la indiferencia y el tedio.  Hasta los que no votaron (más de la mitad del padrón electoral) e incluso aquellos que votaron por el partido contrario, se sorprendieron con el giro de timón que se logró con la participación en las urnas.

–…pues que existe la democracia en México– opinó un taxista ante el micrófono de un reportero de radio local, quien le preguntó qué opinaba de los resultados de las elecciones intermedias en México el pasado 7 de junio.

–¿Usted votó por Alfaro?– inquirió el reportero, refiriéndose al candidato de Movimiento Ciudadano a la alcaldía de Guadalajara.

–No, yo voté por el PRI,– contestó el taxista, con un tinte de obviedad socarrona.

–¿Y entonces?–

–No, pues la mayoría decidió–el orgullo en su voz era evidente.–Por eso le digo, joven, que la democracia sí existe en México.–

De vuelta a nuestro paso fugaz por Berlín, en Checkpoint Charlie,  el puesto de control fronterizo más conocido–donde además puedes refrescar tus clases de historia en un museo al aire libre gratuito– fue impactante leer cuando el gobierno de la entonces Alemania del Este anunció, el 9 de noviembre de 1989, que se implementarían medidas para ir abriendo las fronteras de esta nación. Un periodista se le ocurrió preguntar si esto implicaba que se abriría el muro y que cuándo se implementarían estas medidas. Por error al portavoz se le salió un Ab sofort!, unverzüglich”, (¡De inmediato!, sin demora).

La medida estaba pensada para ser gradual, a partir del día siguiente del anuncio, pero era demasiado tarde: la gente de la República Democrática de Alemania no podía esperar un segundo más: en poco tiempo se abarrotaron en torno al muro y comenzaron a derribarlo. ¡Qué atmósfera de libertad tan estremecedora se debió haber respirado en ese aire de otoño! ¡Qué sensación de liviandad, al haber contribuido a hacer añicos tan soporíferas fronteras!

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