Photo credit: La Chiquita / Foter / CC BY-SA

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de la vez que me fui a vivir al df

Rocío

A la tierna edad de 18 me enfrenté al enorme reto de irme a vivir sola al D.F y comportarme como un adulto responsable. En menos de dos semanas fracasé miserablemente. Coroné el primer fin de semana en mi nueva ciudad dejándole de regalo a un taxista despistado mi IFE y mi celular nuevo. La siguiente semana la gasté en lamentar mi descuido y escuchar reprimendas parentales respecto de la falta de responsabilidad. Hice también unos cuantos propósitos de enmienda. Ese fin, me dejé regalar una cerveza en Coyoacán en compañía de mis nuevos compañeros de Universidad: por supuesto que olvidé mi cartera en mi asiento y no me dí cuenta hasta que llegamos al estacionamiento. Buscarla resultó tarea inútil y de pronto me encontré en el carro de un extraño, habiendo perdido todas las pertenencias importantes que posiblemente podría perder uno en descuidos idiotas. Exploté: entre llantos histéricos y torrentes de lágrimas recuerdo haber expresado lineas tan dramáticas como: ¿cómo creí que podría merecer vivir en el D.F? El bienintencionado compañero que me había ofrecido ride y el otro ocupante del carro solo pudieron contemplar con horror el espectáculo de una mujer desconocida llorando desconsoladmente y ofrecer un par de palmaditas incómodas. Ahora son mis mejores amigos y no han mejorado mucho sus capacidades de consuelo. Tampoco he dejado de perder cosas en descuidos idiotas.

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Fotografía: Ale Ayala

de la vez que me enteré que era alérgica a ciertos alimentos

Ale

Me encanta la comida, tengo años experimentando nuevos sabores y texturas y abriendo cada vez más mi paladar a nuevas experiencias. Debo admitir que un poco más joven no me parecía buena idea probar cosas cuyo nombre no conocía. Hace unos meses, unas pequeñas ronchas se apoderaron de una de mis manos y varios doctores dijeron que se trataba de un simple piquete de algún bicho. Como me conocen de años atrás y saben lo delicada que puede llegar a ser mi piel no les sorprendía la alergia; otros cuantos me dieron mil y un remedios para quitar el sarpullido, sin llegar a ningún buen resultado.

Fue entonces cuando en casa de un amigo, su papá (medico también) me sugirió cambiar de alimentación, y detectar así si algún alimento me producía tal alergia. Hace una semana la sospecha fue confirmada: soy alérgica al gluten, intolerante a la lactosa, no puedo comer muchas semillas, debo evitar las grasas y decirle adiós a las harinas. Pero mi vocación de foodie no se queda estancada, ya que gracias a las tendencias de comida cada vez más sana, nuevas propuestas invaden mi ciudad y ahora simplemente soy más cautelosa en qué puedo comer y qué no, sabiendo que si no respeto las reglas las consecuencias se reflejarán inmediatamente.

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Photo credit: half alive – soo zzzz / Foter / CC BY-ND

de cuando no estudié fuera de casa

Maca

Siempre fui de esas personas que sabían exactamente lo que quería. Mi graduación de preparatoria era una catapulta al éxito. Me iría a Guadalajara a ser una muy buena arquitecta. Después sobrevino la crisis, me encontré de vuelta en León y sin ningún plan, con una página en blanco que llenar. Mis amigos se habían marchado y mi casa me sabía a fracaso. En esos momentos en los que el ego es del tamaño de una hormiga, la ambición no sale de la puerta y tu pasatiempo es ver la vida exitosa de los personajes de tu tele, te das cuenta que en realidad todo lo que pase en tu día será tu decisión. Así que hice un cambio grande. Salí de mi círculo y conocí gente nueva. Estudié Arte y contra todo pronóstico me ha ido muy bien. Empecé a trabajar y me di cuenta de lo que soy capaz; comencé a crear. Ahora miro atrás y veo ese cambio como algo radical. No soy la que fui pero gracias a esa niña queriendo dominar la vida me di cuenta que lo que hay que hacer es disfrutar. A salir a luchar, que mis días dependen, solamente, de ese reflejo en el cristal.

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Foto: Pilar Gómez

Del clóset sin prendas  básicas

Ezbaide

Poco a poco, con el paso del tiempo y mucho esfuerzo por parte de mis padres y mío, mi armario se ha ido llenando de ropa al punto que invado cualquier otro espacio de almacenamiento que pueda existir en mi casa. Aún así, diario me levanto sin saber que ponerme y a veces me termino asomando al closét de mi mamá, papá o hermano. Y sólo puedo escuchar a mi madre recitar con un toque de enojo: “¡Cómo es posible que me digas que no sabes que ponerte cuando tu clóset se desborda de ropa!” a lo que respondo “Mamá, todas las niñas decimos los mismo“. Sí, parece ser un cliché de diario, pero creo que lo digo más enserio de lo que mi madre piensa.

Hace ya unos meses me hundí en un crudo razonamiento acerca de mi afán por hacer hincapié en este tema de: “no tengo nada que ponerme“. Llegué a la conclusión que mi problema está en que siempre que compro ropa compro prendas muy pero muy puntuales, distintivas, eclécticas, vanguardistas y cualquier otra palabra rimbombante que pueda calificar una prenda. En mi clóset reinan muchos “wow factors“, cosa que me lleva a lo siguiente: siempre dejo en la tienda lo que realmente necesito: jeans, t-shirts, flats y algún suéter casual. El ajuar no siempre es tacones, lentejuelas y voilà. Para enmendar esto hice conciencia en mis últimas compras y mis gustos fueron un poco castigados, pero compré prendas más básicas y no tan complicadas que se han ido ganando mi aceptación y un muy buen espacio en mi armario.

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Photo credit: katerha / Foter / CC BY

De cuando tuve que cambiar de imprenta en tan sólo un par de horas

Pilar

Mi escritorio era un mar de papeles. Corrección. La oficina entera era un mar de papeles, todos míos. La administradora ya me había dado un ultimátum: todos los dummies, pruebas de impresión, y borradores de capítulos debían de desaparecer pronto. “Mañana envío a imprenta y guardo todo, lo prometo,” le decía segurísima de que en dos semanas estaríamos listos para presentar la última Encuesta de Percepción Ciudadana ¿Cómo nos vemos los tapatíos?, que realizamos todos los años en Jalisco Cómo Vamos. Bueno, para mí era el primer año, y mi primera producción de un libro; jamás había hecho uno y fue hasta la mitad del proceso que me di cuenta que mi tarea no sólo consistía en diagramar, sino coordinar el proyecto entero. Ese año, íbamos a imprimir cinco fascículos e iban a quedar hermosos, en blanco y negro con una trama de color, los fondos eran negros y gris oscuro, con letras blancas.

El diseñador que hizo las gráficas me había repetido hasta el cansancio que me asegurara con la imprenta, la que toda la vida nos había impreso los libros, de que no iba a haber ningún problema con los diseños que estábamos haciendo. Mandé tres mails, todos sin respuesta. Mi lógica: “seguro no hay problema”. ¿La suya? “Seguro nunca hubo tal, nunca me corrieron la cortesía de abrirlos”. Tenía perfectamente calculados los tiempos. Hasta que recibí una llamada del lugar, donde me dijeron, “Mija, los archivos que nos mandaste no sirven. No podemos imprimir esas plastas de color negras, las letras no se van a ver.” Después de unos amables “¿cómo?” “mandé tres mails y no me habían dicho que había ningún problema,” de mi parte, el encargado de impresión continuó a hacerme saber, casi con sádico placer, que los archivos necesitaban hacerse de cero. Lo que siguió fue un débil y entrecortado “¿por qué no me habían dicho antes?”, a lo que el cuate me contestó socarronamente, cualquier diseñador sabría que “esas letras tan pequeñitas no las puede imprimir ninguna imprenta offset (que por volumen, en teoría es menos costosa que la digital)”.

Con el orgullo herido y sintiéndome perfectamente incompetente me tiré a una silla con todo el peso de saber que ya habíamos convocado masivamente a una presentación de una publicación que no existía y, lo que es peor, no era imprimible. Y aquel “cualquier diseñador sabría” me hervía la sangre. No, no era diseñadora, pero mis horas de talacha y lecturas me habían costado. Y no podía ser que “ninguna imprenta imprimiera letra tan chiquita”. Me puse a buscar entre los volúmenes de la biblioteca y encontré un par de libros que me dieron la razón. Se los mostré a mi jefe, quien me indicó que buscara hasta agotar todas las opciones antes de empezar de cero. Mis compañeros, viendo mi desesperación, me dieron una decena de teléfonos. Llamé a todos.  

El universo fue grande y me mandó a Sofía y Vicky, una madre e hija de corazón gigante y empatía sorprendente. Llegué envuelta en sudor y se sentaron conmigo y me trajeron un vaso de agua para luego verme romper en llanto. Vicky y Sofía no sólo se ofrecieron a imprimirme en tiempo mis archivos en impresora digital, sino que nos dieron un precio más barato del que nos había cotizado el otro lugar. Del taller de Sofía y Vicky salía a las 12 de la noche, intercambiaba llamadas a horas aún más imprudentes e incluso un día llegué con la blusa al revés, cosa de la que no me di cuenta hasta que Vicky me lo indicó. De verdad, le deseo a todas las personas que se encuentren con una Sofía y Vicki en aquellos momentos cuando las entregas están a la vuelta de la esquina y todo parece estar perdido. 

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