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Es fácil sentir que la crisis es más grande que uno. Es fácil y común.  Abrumados por una serie de emociones negativas y potentes no hacemos más que añorar una liberación: liberación de las presiones, las tristezas, el enojo, la nostalgia.

En medio de una crisis existencial (de esas en las que de pronto dejas de verle el sentido claro a la vida), o de estrés, o de cualquier otro tipo, buscamos la salida, el escape. Éste a  menudo se encuentra en una caminata al aire fresco del atardecer, en un cigarro, en una taza de té, en una buena conversación.

Pero la mejor salida y la mejor liberación, la mejor manera de encontrar la anhelada catarsis está en la contemplación de la tragedia. O al menos así lo pensaba el buen Aristóteles.

Según escribe en la Poética, la sobreabundancia de sentimientos como el odio, la inseguridad o el miedo friegan de la misma manera que corporalmente friega la sobreabundancia de coca-cola. Por ello, han de ser purgados al igual  que ha de ser purgado el  exceso de alcohol de la sangre (en tiempos de Aristóteles se manejaba más bien el exceso de bilis negra o de flema).

La tragedia (la representación escénica de una historia de giro más bien dramaticón) es según Aristóteles, en este sentido el mejor Electrolit.  La tragedia  produce en el espectador la catarsis de las emociones negativas que lo abruman: lo limpia de la sed de venganza, del temor, de la vergüenza. Lo deja con un sentimiento de alivio al sentirse purificado de tan problemáticos sentimientos.

Y esto porque, en teoría, la mejor (si no es que la única) manera de librarse de una emoción abrumante es llevarla a sus últimas consecuencias. Pero como no resulta práctico (y mucho menos ético) ir por la vida vengando nuestras afrentas, llorando desgarradoramente nuestras penas y entregándonos a nuestros peores demonios, tenemos por alternativa la contemplación de una buena, profunda y convincente tragedia.

La obra dramática constituye una mimesis (es decir que  imita) convincente de la acción humana, con toda su complejidad, seriedad y completud.  Representa en escenario o en pantalla grande personajes que se entregan a esos demonios que nos atormentan: personajes que se consagran a la desesperación, al odio, al terror.

Y nosotros nos vemos reflejados en las inseguridades y tribulaciones de los personajes,  y dada la magnitud de sus acciones, cuando ellos alcanzan ese zenit emocional del que nos vemos privados (por decencia, practicidad, movilidad) alcanzamos junto con ellos la liberación. Nos purificamos de las poderosas emociones que nos corroen por dentro en tiempos de crisis.

El patético destino de Edipo, las terribles acciones de Medea,  las funestas consecuencias que persiguen a Antigona, todas son, según Aristóteles, representaciones que traen consigo la catarsis.

Tal vez no resulte mala idea sumergirnos en alguna buena película trágica la próxima vez que nos ahogue una crisis de cualquier tipo. Dejar que la contemplación de la magnitud de la acción humana en su dimensión más patética y desesperada nos libere y purifique.

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