Foto: Pilar Gómez

“Women ought to be free- as free as we are!”

Newland Archer, The Age of Innocence

Como muchos de sus compañeros, los conceptos abstractos, inocencia se presta para millares de acepciones y asociaciones. ¿Qué es la inocencia en realidad? Se asocia con la infancia y  la naturaleza. Implica la ausencia de crimen, de culpa. Inocente es simple, puro, sin artificios, sin experiencia, sin maldad.

En algún momento de la historia (o tal vez desde siempre: desde que al hombre se le ocurrió una palabra tan bonita como inocencia) se asoció con la femineidad. Se decidió, se imaginó, que la mujer joven debería ser, idealmente, inocente. La inocencia femenina se vinculó por un largo tiempo con la decencia, y se promovió la inexperiencia sexual y mundana como característica esencial de una mujer joven decente.

Se creó toda esa mitología de la fresca y bella flor, delicada e ingenua, tímida y tierna. Un ser para ser protegido y “amado”. -Y la llamo mitología no porque no existan mujeres tímidas o mujeres tiernas, mujeres pequeñas de estatura y de débil constitución. Ni tampoco porque no deberían existir. La llamo mitología porque ser mujer es increíblemente más complejo que estos pasajeros atributos y además no todas las mujeres son así.

En las páginas de la ficción a través de la historia podemos percibir dos grupos polarizantes de mujeres: las que cumplen con los calificativos asociados con esa ambigua inocencia y las que no. Las que no cumplen son las malas mujeres, las locas, las crueles, las putas: Eva, Lady Macbeth, Medea, Dalila, Emma Bovary, Salomé, Anna Karennina.  Todas con demasiado control o demasiado poder, demasiada voz o demasiado deseo sexual: demasiada agencia, que inevitablemente las lleva a cometer actos terribles y trágicos.

No: la buena mujer es inocente. Inocente como Raquel y Rebecca, como Andromeda e Ifigenia, como Julieta y Ofelia,  como las doncellas de Dickens. Lo que es más: la mujer buena  se mantiene inocente.

Pero ¿a costa de qué?  En su espectacular novela ganadora del Pulitzer The Age of Innocence (1920), Edith Wharton explora precisamente esta cuestión.

Escribiendo desde los años veinte, Wharton retrata el mundo de su juventud que la Gran Guerra ha destrozado irrevocablemente. La época de gloria de la hermética y tradicional alta sociedad de Nueva York a finales del siglo ha quedado ya atrás y todas sus costumbres y expectativas se han visto alteradas. Los nostálgicos y pesimistas de la pos-guerra no pueden sino voltear atrás y considerarla con cariño una “época de inocencia”.

Pero Wharton, que creció, gozó y se vio sofocada en ese mundo, sabe mejor que nadie que se trata de una inocencia que: “sella la mente contra la imaginación y el corazón contra la experiencia”. Así lo va descubriendo Newland Archer, el protagonista de The Age of Innocence, quien es ante todo un prototípico miembro de esta sociedad neoyorkina, quien se detiene a reflexionar sobre la inocencia femenina y se atreve a cuestionar su legitimidad.

Archer está comprometido con May Welland, una hija de familia, perfectamente bella, educada y encantadora. E inocente. Ante todo inocente.  Así criada y entrenada por una “conspiración de madres, tías, abuelas y ancestros fallecidos” para encantar y deleitar , observa Archer: “porque se supone que así lo quiere él, a eso tiene derecho, de manera que pueda ejercitar su placer señorial en aplastarla como si fuese una imagen hecha de nieve”.

Una inocencia  artificial, puesto que la naturaleza humana sin entrenar no resulta “franca e inocente, sino llena de los giros y defensas de un instintivo recelo”. Una inocencia ingeniada y orquestada que mantiene a May siempre un escalón más abajo que Newland; que no le permite conocer, imaginar, sufrir, sentir, amar:

Archer  se dio cuenta que la imagen de felicidad que se imaginaba presuponía de parte de May la versatilidad y libertad de juicio que había sido cuidadosamente entrenada para no poseer; y con un presentimiento que lo hizo estremecerse vio a su matrimonio convertirse en aquello que eran todos los matrimonios a su alrededor: una aburrida asociación de intereses materiales y sociales unidos por la ignorancia de una y la hipocresía del otro.” 

Todas las mujeres de la sociedad en que convergen May y Archer se encuentran veladas por la misma inocencia: que le impide a la casada reconocer la infidelidad del marido y a la soltera protegerse contra los avances de éste. Inocencia que las hace rechazar instintiva y firmemente a la prima de May, la Condesa Ellen Olenska, cuando reaparece en Nueva York, separada de su esposo y con una experiencia y libertad a la que jamás podrán aspirar.

Archer reconoce inmediatamente que Ellen carece de este  ficticio velo. Ve en ella una capacidad de sentir y expresar más profundamente; de vivir, sufrir e imaginar de una manera vetada para su prometida y las otras mujeres de Nueva York. Por supuesto que se enamora perdidamente de ella: ve en ella el igual que no ve en May, escondida tras  su inocencia artificial.

Wharton es una dura crítica de esta “época de  inocencia” que la crió y vio crecer, que desaprobó de su don literario. Reprueba la sociedad que pone el énfasis de la educación de la mujer en la creación y manutención de una inocencia que la debe “proteger” y definir. Que necesariamente la mantiene al margen del mundo del hombre y una experiencia de la realidad más profunda y verdadera.

Los rasgos de esta sociedad que venera la inocencia artificial se siguen asomando de vez en cuando incluso hoy, incluso aquí, en México. Se sigue apreciando y venerando  en las mujeres la inexperiencia (sea sexual, sea de otro tipo) y se sigue temiendo y rechazando la experiencia.

A veces, se escucha hablar de mujeres que “asustan” a los hombres con sus conocimientos u opiniones, y de hombres que polarizan dos grupos de mujeres: las de la experiencia, con las que uno se divierte, y las de la inocencia, con las que uno se casa. Categorías que mantienen vigente  aquella “edad de la inocencia” de la que Wharthon escribió hace casi un siglo.

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Foto de Hieu Le vía Unsplash.com

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