Foto: Pedro Ignacio Guridi/ Foter / CC BY-SA

El tango es Argentina. Carlos Gardel es Argentina. Ese rostro de sonrisa de lado y mirada coqueta bajo el sombrero alerta la presencia de la cultura del Río de la Plata. Cuando vemos o escuchamos el compás de dos por cuatro con una voz melancólica es una transportación directa al Cono Sur.

Cuando una corriente o una persona se convierte en símbolo de un país es porque lleva características de la cultura, de cada uno de los habitantes. El flamenco se manifiesta con pasos seguros, fuertes, los movimientos de los brazos son amplios y la presencia es intensa desde las puntas de los dedos. Los colores habituales de sus trajes: rojo, negro, blanco, son colores llamativos. Los españoles tienen por lo general un volumen de voz alto, hablan a paso seguro, con remarcaciones en la jota o en la zeta, así como el acento de las manos al mover los brazos en el baile.

En la danza el cuerpo humano se convierte en arte. Los movimientos o la ausencia de ellos en sintonía con la música logran transmitir sentimientos. El bailarín siente la intención del músico y lo encarna en movimientos. El arte se vuelve un deleite para el oído y la vista. Su objetivo es, como dijo Tolstoi, el de cualquier otra representación de arte: “no resolver problemas, sino forzar a las personas a amar la vida”.

Es conocido el amor que le tienen a su patria los argentinos, lo agrandados que se sienten en comparación de cualquier otra nación, y en el caso de los porteños, en comparación a las provincias. No tienen ni miedo ni prudencia en decir las cosas tal cual son, sean o no del agrado del que escucha. Las relaciones son directas.

La relación en el tango es directa. El baile contiene el habitual movimiento exagerado de las manos en los pies: con dos pares de pies. La afición de perseguir una pelota en el tango es un juego de perseguirse el uno al otro, de estar cerca y no tan cerca, de tocarse por medio de un ritmo. Las narices se rozan, las miradas entre los bailarines es dura. El porte es parte del baile, las piernas largas, la fuerza.

El tango no siempre fue orgullo para los argentinos. “Las muchachas de la vida”, como dicen por allá a las prostitutas, eran las que bailaban en los burdeles al son del tango o de la milonga. Era mal visto en sociedad de clase alta el bandoneón acompañado del baile de una pareja.

Ahora en la Plaza Dorrego en San Telmo, barrio histórico de Buenos Aires, parejas de tango con música en vivo bailan por las tardes a la vista de turistas y porteños que buscan sabor argentino por el paladar, los ojos y los oídos. Dice Králik: “Existe un pentáculo de las artes, fundado en los cinco sentidos del hombre, en consecuencia, las artes del gusto, del olfato, el tacto, el oído y la vista.” Degustar un malbec, una empanada, un bife de chorizo o un helado al mismo tiempo que un tango es una experiencia casi completa de las artes argentinas.

Tuvieron que desfilar por París y Nueva York Astor Piazzolla y Carlos Gardel para que el tango obtuviera proyección mundial y el reconocimiento de sus connacionales. Con ellos Argentina se dio cuenta del arte que tenía para exportar al mundo. Aunque Gardel sea la cara representativa, Piazzolla fue el verdadero iniciador del tango como lo que es hoy. Él se encargó de recopilar las distintas versiones de tango por el país y crear una célebre Antología. Él convirtió la música popular en música del mundo.

La variedad en ritmos, instrumentos y bailes en el tango desde entonces han creado lo que es el tango hoy. Sentado en algún restaurante en La Boca puedes ver una combinación de flamenco con tango o hasta de cowboy con milonga. La creatividad para aprovechar el ritmo del tango y deleitarse con él en distintos modos es infinita, aunque hay que tener en cuenta las palabras de Astor Piazzolla:

En cuanto a mis discípulos, yo digo que cada uno se las arregle. Si escriben como yo, peor para ellos. Deberán saber que mi principal estilo es haber estudiado. De no haberlo hecho, no estaría haciendo lo que hago, lo que hice. Porque todos creen que hacer un tango moderno es hacer ruidos, es hacer cosas raras y no, ¡no es eso! Hay que profundizar un poco, ver que todo lo que yo hago está muy elaborado. Si yo hago una fuga a la manera de Bach, siempre va a estar ‘tanguificada’.

La mirada del tango es dura, directa, se mantiene entre los bailarines de manera cercana, muy cercana. La mirada del tango contiene pasión, energía, vitalidad, deseo. Deseo de ser el mejor, vitalidad en su Patagonia, energía en sus cascadas y sus pampas, pasión en el futbol y en su gente. La mirada del tango es Argentina.

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Foto: Zabara Alexander/ Foter / CC BY

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