“Aquí reportando desde #MiércolesBurocrático que bonito ese olor a dependencia gubernamental, esta gama de colores tan alegre y esta vibra de progreso y productividad, acompañada por una música monótona y tranquila. Que feliz que feliz estoy NETA.”

Llega el momento en la vida de todo buen ciudadano en el que tiene que enfrentarse con el temido FISCO. Palabra que a cualquiera le causa cosquillitas en la panza; “fisco”: uuuuuu fisco (léase con voz de hienas del Rey león). Yo acabé ahí no crean que por gusto, ¿A quién le agradaría ir a pasar toda una mañana a las oficinas de nuestra elegante burocracia?

Para fines prácticos, la razón de esta crónica no importa mucho: de una u otra forma acabé ahí y eso, mis queridos, es lo que importa en esta ocasión.

Just for the record: un día antes de esta aventura (que bauticé como “Un miércoles burocrático”) asistí a esta misma oficina. Ese día iba yo con toda la intención de realizar el dichoso trámite (palabra a la que habrá que hacerse al modo durante todo este relato), pero para mi sorpresa las 11:30 horas no son las adecuadas para ir a realizar un trámite de ese calibre. Había gente que estaba ahí desde antes de que viniera Jesús al mundo. Para mi sorpresa, y seguro también para la de ustedes, la señorita Doña burócrata que me atendió no era como cualquier otra que se hayan topado ustedes: era amable y resolutiva, lo juro. Fue ella quien me sugirió que fuera al día siguiente temprano.

Me dispuse a empezar de nuevo el trámite a primera hora, por que como dicen “al que madruga Dios le ayuda”. Pero creo que la ayuda al madrugador pierde validez después de las 8:30 am en la mancha urbana tapatía, pues ayuda fue lo último que recibí de Dios esa jornada. Llegué al sagrado recinto, mejor conocido para todos los contribuyentes como Servicio de Administración Tributaria (SAT). Ya para entonces me esperaba mi “asesor fiscal” quien 8 horas más tarde se convertiría en uno de mis más cuates. Entramos pues y pedimos el dichoso turno “3475”, calculé unas 2 o 3 horas de espera máximo… ¡Pobre ilusa! Si el juego apenas había comenzado.

Como ustedes saben, las dependencias de gobierno no son los lugares más hospitalarios, la verdad yo los consideraría hasta hostiles. Toca una música repetitiva estilo supermercado “quesque” relajante, pero la verdad es como esa gota de agua que utilizaban en tiempos de la inquisición para hacer graves heridas en la cabeza del hereje. ¡Y esos escritorios uniformes asquerosamente ordenados! (será que soy una persona que el orden es una de sus fobias). Pasó la primera hora sin cambio alguno, mi número en el papel y el número en la pantalla distaban mucho a que yo fuera atendida.

Salimos como todos unos Godínez a los tacos de canasta de la esquina a matar tiempo. Matamos bastante tiempo arreglando el mundo con la gente que iba, ya fuera por su gordita de chicharrón prensado, a sacar una copia o a comprar un chicle (obvió era un puesto de esos multitask que se encuentra uno en la esquina de cualquier dependencia gubernamental). El trending topic fue trámites y consejos, críticas hacia la administración en turno, entre garnachas, chescos y palabras se nos fueron 2 horas.

Regresamos pues, a la cueva del aire acondicionado y papel bond, donde el tiempo se detenía: les juro que la gente se movía lento, los números en la pantalla eran inmóviles y yo seguía ahí vegetando hasta que llegara el esperado turno. Podría inventarles que pasó algo increíble, que fue la aventura de mi vida, pero pues para qué. Empecé a ver a la gente de cerca, creo que hasta los incomodaba, pero no me importaba ya nada, imaginaba sus vidas según su gesto. Obvió eran todas horribles y trágicas pues no había muchas caras sonrientes a la redonda.

Después de ir 7 veces al baño, contar los plafones del techo, las lámparas, los burócratas, las mujeres en tacón, beberme 18 conitos de agua, mi turno no llegaba. Como toda buena chavita post- moderna, busqué resguardo en las redes sociales: quería compañía y apoyo en likes y comentarios. Incluso me puse en contacto con el mismísimo SAT vía twitter. Días después me di cuenta que me contestaron de inmediato. Ojalá sus burócratas fueran tan rápidos como su community manager. Me entretuve un rato, pero la anhelada cifra 3475 (la recuerdo bien), no llegaba.

sat
“#YANOPUEDOMÁS me reconozco débil ante el aparato gubernamental ellos ganan pero ya me quiero ir de aquí 8 horas de pura nalga. Y no sale el trámite. Yo descripción gráfica.”

Las caras conocidas que tenía a mi alrededor iban desapareciendo, en general la gente iba desapareciendo. “3475” apareció en la pantalla… no me lo creía , no sé la verdad lo que se sienta ganar la lotería o un Óscar, o ser seleccionado The Voice, pero estoy segura de que se siente parecido a lo que yo sentí al ver mi número en la pantalla. “3475 cubículo 25”.

Llego, agradecida, al escritorio equipado con sus respectivos detalles que todo buen burócrata debe tener: recuerditos cutres de la última vacación, fotos de la familia, tuppers, entre otras curiosidades. Papeles, copias (chingos de copias), firmas datos, teclas, emoción, copias otra vez, contraseñas, total pasé la primera etapa: tenía registrada mi FIEL (Firma Electrónica) era oficialmente una contribuyente. De un momento a otro me cayeron varios veintes, ya no podría hacer delitos fiscales que tanto soñé, burlar al fisco y salir ilesa, iba a tener que pagar impuestos. Sentí que crecí como 14 años en 3 minutos, me quede helada, pero se pasó rápido, ya eran las 4:15 para entonces y tenía ahí desde las 9:00: ahí ustedes saquen sus cuentas.

No es broma, sólo quedábamos en aquel recinto, mi cuate más cuate (mi asesor fiscal) y yo, 2 policías, 2 recepcionistas, 19 burócratas, y 5 contribuyentes (sí, los conté. Compréndanme, estaba al borde del colapso). Faltaba la parte más interesante del trámite, que le saquen foto a tu iris y a tus huellas digitales. La verdad es que me sentí en X Men o unas de esas pelis tech/ futuristas, pero para eso había que esperar a que el 3475 volviera a salir en la pantalla.

La verdad ya había dejado de contar el tiempo, hice de mi mascada una cuerda para saltar, un bebé de mentiras, un rebozo entre otras cosas. Finalmente llegó el momento… entré al cuartito con otro burócrata muy chidillo: él seguro es amable porque su chamba está más padre que la de los otros, que se la pasan tecleando y sacando copias. Es él, el cuate verguilla joven que todos envidian, porque de seguro gana más por hacer lo más padre. En fin, me hice la amable y él también, apurado porque ya pasaba del tiempo que un burócrata puede resistir en la oficina. La verdad, lo que sea de cada quien, el cuate pues buena onda y eficiente.

Listo. Acabé: nos abrazamos mi asesor fiscal y yo, brindamos con conitos de papel y mucha faramalla. Pues pero que creen, otra vez a esperar por tercera vez al 3475. Total apareció el mentado númerucho el cual estoy pensando seriamente tatuarme por tener más significado en mi vida que mi año sabático.

Pasamos a la verdadera recta final, el señor Gutiérrez, amablemente nos recibió diciendo, “no niña yo la veía a usted ya vuelta loca, hasta andaba saltando la cuerda, pero que cree ahora si ya se acabó, le hago esto rápido para ya irnos todos por que como ya se fijó usté es la última”. Unos cuantos clicks y pum se le va el sistema… fue en ese momento donde dejé de creer que al madrugador lo ayudaba Dios, puras mentiras de la cultura popular mexicana.

Ahí haciendo plática el señor para mantenerme en mis cabales, regresó el sistema, el señor hizo sus respectivos clicks y SACÓ EL TRÁMITE. “Ahora sí señorita puede usted irse, nos vemos pronto por aquí cuando venga usted a su declaración de impuestos y esas cosas que hacemos aquí. Muchas gracias.”

Y fue así mis queridos que la C. Nicole Dugas se incorporó a las filas del ejército de contribuyentes que echa a andar a este país.

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