Fotografía por David Cruz Puebla.

Es de dominio público que las relaciones humanas son complicadas, bien sabemos que a la familia “no se le elije pero se le quiere” o que a los amigos se les cuenta con los dedos de una mano. En fin, todas estas afirmaciones que no sabemos quién las dijo ni de dónde vienen pero resultan ser muy ciertas, nos demuestran que el poder crear un acercamiento armonioso, respetuoso y funcional entre dos personas, es difícil.

Mi primer día de escuela regresé a mi casa y le dije a mi mamá que tenía veinte amigos nuevos. Por supuesto, éramos veintiuno en mi clase. Conforme fui creciendo, fui entendiendo que no todas las personas que llegaron a cruzarse en mi vida tienen cabida en la misma.

Después, entré a la universidad y conocí a gente con intereses, gustos y talentos similares a los míos, lo que me convirtió en una persona más cerrada e intolerante a los demás (cosa que me cuesta admitir, pero todo sea por escribir con la verdad). Decidí que a partir de ese momento, sólo me relacionaría con personas que pensaran de la misma manera que yo, que compartieran mi visión y mi pasión y con las que tuviera conexiones cuasi telepáticas.

Por supuesto, llegó la vida laboral para demostrarme lo equivocada que estaba y abrirme un panorama de relaciones humanas mucho más amplio de lo que jamás imaginé.

Comencemos con la base de todas las relaciones laborales, la relación cliente/proveedor, siendo ésta tan fundamental que es el factor que define por completo al profesional. Tan simple como esto; un freelance sin clientes es tan absurdo como una maestra sin alumnos. El cliente es la perfecta analogía de esos noviazgos que se buscan con desesperación cuando no se tienen, se aman cuando se consiguen, te traen como loca de arriba a abajo durante toda la relación y se añoran cuando se ha acabado, una y otra y otra vez.

No me puedo quejar, he tenido clientes extraordinarios, personas que me han permitido hacer lo mío, que me han tratado como una experta en mi campo, personas que han entendido mi visión y el valor de mi trabajo y de la innovación y que están dispuestos a pagar lo justo por eso. Pero como en todo, siempre está el otro lado de la moneda.

Una vez tuve un cliente que jamás pudo aprenderse mi nombre. Debí de haber tomado la primera vez que me llamó Amelia como una advertencia, pero era un proyecto grande que me interesaba y cuando se empieza un negocio, la palabra NO, no existe en el diccionario.

Así que empecé a trabajar en la remodelación de su casa. Cada vez que revisábamos y hacíamos correcciones del proyecto, me sentía en una sala de interrogatorio de la PGR.

– Amelia, te voy a ser sincero- Me dijo un día sentado en su sala de juntas dorada estilo barroco, mientras encendía un puro un martes a las ocho de la mañana.

-Soy abogado y aunque no sé nada de arquitectura y esas payasadas, hay dos cosas que tengo muy claras: uno, que las mujeres son mejores para estas cositas curiosas, por eso estás tú aquí. Y dos, sé perfectamente cuanto cuestan las cosas, así que no trates de pasarte de lista Amelia, me voy a dar cuenta. No sabré de esto, pero hay cosas que si sé, ¿Clarísimo?-

-Em… Me llamo Mariana.-

-A mi me desglosas cada numero Amelia, quiero saber cuanto estás ganando, quiero tenerte confianza, conocer como trabajas, además como esta casa, tengo un par de proyectos más que te podrían interesar. Tú sabrás Amelia. –

ERROR #1: Jamás caigas cuando un cliente te pida un descuento o trate de convencerte de algo prometiéndote más trabajo. Es el truco más viejo del libro. 

Arrancamos el proyecto y por supuesto quería todo en acabados de primera, pero no quería pagar nada, y como yo no sabía decir que no, traté de ajustarme y adaptarme a su presupuesto, a tal grado, que un día me encontré a mi misma de rodillas puliendo un piso de madera, cosa que por supuesto no sabía hacer, pero me había bajado tanto el presupuesto, que sólo me alcanzaba para el líquido pulidor y dos franelas.

ERROR #2: Nunca te encargues tú de hacer trabajos de los cuales conoces la logística pero no sabes nada de la práctica, créeme, jamás saldrás bien librada de esa; zapatero a sus zapatos. 

ERROR #3:  Bajo ningún motivo bajes tanto un presupuesto que no puedas pagar la materia prima o la mano de obra. Sonará como algo obvio, pero cuando eres principiante y tienes ganas de demostrar lo que puedes lograr, es probable que tomes muy malas decisiones.

Entre más decía yo que sí y más accesible me volvía a sus caprichos, más sentía él que yo era una empleada más bajo su nómina. Para el momento que habíamos llegado a la segunda etapa del proyecto, la situación se tornaba más y más extraña. Comenzó a pedirme juntas en horarios extremos (6am o 11pm) y los interrogatorios cada vez eran más intensos. El trabajo que había tornado en una experiencia muy desagradable y sufría cada vez que veía su nombre aparecer en la pantalla de mi celular.

ERROR #4: No permitas que tus clientes abusen de ti. Siempre debes recordar que nadie te está haciendo el favor de darte trabajo; Esto es una relación de negocios y debe ser tratada como tal. 

Un día decidí que no podía aguantar más, y cuando el Amigo en Traje Café, (usaremos este nombre para proteger la identidad del susodicho) me dejó plantada para una cita por tercera vez, le mandé un correo que simplemente decía:

Estimado Amigo en Traje Café, 

No pude esperarte más en la obra, tenía otros compromisos que atender y me tuve que marchar. Por favor, cuando tengas tiempo de recibirme avísame para agendar otra cita.

Gracias,

MARIANA 

Sentí una ola de arrepentimiento correr por mi cuerpo apenas piqué SEND. Y al no recibir respuesta en los días consecutivos la sensación fue empeorando. ¿Porqué tenía que haber escrito eso justo ahora cuando todo iba tan bien? ¿Por qué ahora cuando estaba a punto de cambiarme el nombre a Amelia?

Una semana después recibí un correo en el cual nuestro Amigo en Traje Café me decía que si no tenía tiempo para dedicarle como cliente, no quería trabajar más conmigo, que podía pasar a su oficina por un cheque por mis honorarios del proyecto. Trate de comunicarme con él, pero fue imposible que me tomara la llamada. Derrotada pasé a su oficina donde me esperaba un cheque por mil pesos que jamás pude cobrar porque estaba a nombre de Amelia.

¿Qué hacer cuando algo como esto pasa? Llorar un poco, reír mucho y entender por qué suceden las cosas. A partir de esa experiencia, comprendí que no existe tal cosa como un mal cliente o un buen cliente por naturaleza, todo fue simplemente una secuencia de eventos, situaciones y errores que hacen que las cosas no funcionen.

A partir de esa experiencia, cada vez que conozco a un cliente, después de escuchar lo que necesita de mi, comienzo con la misma frase:

-Te voy a explicar como trabajo…

Esto me ha llevado a encontrarme con muchos clientes extraordinarios, de esos que les describía al principio de esta nota y cada vez menos Amigos en Trajes Cafés.

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