Ilustraciones: Pilar Gómez

Se ha afirmado que el orden de los factores no afecta el producto. Pero atreverse a pronunciar dicho aforismo frente a alguien apunto de comer un emparedado es evidencia suficiente para comprobar que ciertas verdades matemáticas no aplican a la realidad. En una tostada con mermelada o mantequilla el problema se resuelve rápidamente: es una ley universal y verdad tautológica que la tostada se come con el lado untado hacia arriba. Quien se come una tostada con el lado untado por debajo es un sádico o un lunático incomprensible. En el emparedado, por el contrario, las cosas se complican.

Existen como elementos mínimos definitorios del emparedado dos rebanadas de pan de molde y una porción de jamón, que constituyen el núcleo básico de cualquier platillo de esta naturaleza. Sin embargo, no hay razón para comer este bocadillo solamente con dichos ingredientes, sería como ponerse zapatos sin calcetines. En efecto, los calcetines no son necesarios para salir a caminar. La protección del pie humano exige como condición suficiente solamente la utilización de zapatos contra la inclemencia del suelo natural.

Y, sin embargo, en aras de la comodidad y la absorción del sudor pedestre, uno se calza diariamente los calcetines sin transgredir la costumbre. Así, comer un emparedado sin más ingredientes que el pan y el jamón es casi tan sádico como comerse la tostada al revés. Condición suficiente son las piezas de pan y jamón, pero debemos añadir como ingredientes esenciales al menos un aderezo untable, cuyo sabor puede variar pero su presencia es necesaria si se respeta cierta dignidad humana.

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Comer un emparedado sólo con jamón y pan, sería como ponerse zapatos sin calcetines.

De entre la innumerable variedad culinaria de salsas y aderezos, podemos resaltar como los más propios de un emparedado a la mayonesa y la mostaza, que por sus contrastantes sabores han constituido los dos ingredientes preferidos del consumidor de emparedados promedio. La primera es una emulsión de color blanco, semejante al hueso, constituida por varios ingredientes cuya mezcla y posterior batimiento produce en las papilas gustativas un complejo sabor eminentemente salado, con ciertos matices dulces y ácidos. La mostaza, por el contrario, de un fuerte color amarillento, activa casi exclusivamente las papilas gustativas propias del sabor amargo, por lo que se recomienda prudencia al distribuir dicho aderezo sobre la tostada.

Por supuesto, es posible reemplazar estos dos ingredientes con otras salsas untables para personalizar el sabor del emparedado al gusto de quien consume, mas en aras de la brevedad solamente mencionaremos la mayonesa y la mostaza como complementos necesarios del emparedado, con pretensiones ilustrativas más que exhaustivas. Es posible y aceptable añadir ingredientes de otra naturaleza al emparedado, entre los cuales podemos mencionar quesos de diverso origen, vegetales varios e incluso carnes animales que enriquezcan la experiencia degustativa.

Ante este panorama, el consumidor de emparedados se enfrenta a un escenario casi infinito de posibilidades culinarias que no puede más que producir angustia existencial. Se recomienda por ello prudencia al abocarse a la tarea de preparar un emparedado, pues en dicha tarea se entremezclan realidades mayores que la humana, como se verá en los siguientes párrafos. El orden correcto de los ingredientes es para el comensal un asunto que requiere de capacidad de análisis y habilidad científica de predicción empírica para prever el resultado químico del producto sobre las papilas gustativas, por lo que se exige concentración y atención a quien prepara el platillo.

Por supuesto, mientras la cantidad de ingredientes aumenta, la cantidad de escenarios probables aumenta también de manera exponencial, debido principalmente a la naturaleza espacial del emparedado. Si se acepta la existencia del emparedado en una realidad espacio-temporal, se acepta igualmente la contingencia y existencia de los ingredientes elementales que lo constituyen. Es decir, que en este emparedado, la mayonesa podría ubicarse tanto en la rebanada superior como en la inferior, y sin embargo se sitúa aquí y ahora en alguna de las dos y no la otra.

De igual manera, en este emparedado, el jamón no puede estar y no estar entre las dos rebanadas de pan al mismo tiempo. La aceptación de estas dos verdades implica de manera necesaria la negación de la existencia de una entidad tal como un ‘emparedado universal’, entidad que algunos estudiosos han postulado para resolver el problema propuesto. En efecto, aceptando la existencia de tal emparedado, la experiencia sobre las papilas gustativas se volvería homogénea y los sabores de todos los ingredientes del emparedado se degustarían de manera simultánea, reduciendo metafísicamente la degustación de cualquier emparedado a una sola y única experiencia, idéntica a sí misma.

No obstante, surgen dificultades teóricas ante tal postura, entre ellas la necesidad de postular un ‘hombre universal’ que preparase tal ‘emparedado universal’ para asegurar su existencia, y así de manera sucesiva. Tal solución se vuelve entonces un explicación ad infinitum sin ninguna validez dentro de la discusión, problema conocido por los estudiosos del tema como la “paradoja del tercer emparedado”.

Los teóricos del emparedado más radicales han llegado al extremo de negar la existencia de una entidad tal como el emparedado, por las numerosas contradicciones lógicas que la mera posibilidad de su existencia implicaría.  Dicha escuela se ha denominado históricamente “racionalismo anti-emparedista”. Sin embargo, ante la evidencia sensible del emparedado, otros pensadores no menos radicales han optado por negar la posibilidad de conocer la esencia de cualquier emparedado, incluso en su variedad más simple, corriente denominada “emparedismo nominalista”.

Por supuesto, las variedades francesas del croque-monsieur y el croque-madame, así como la italiana mozzarella in carroza, serían para esta corriente entidades incognoscibles cuya esencia sería inaccesible para el sujeto, por la inexplicable mezcla de realidades que dichos platillos implican. De esta manera, la mera posibilidad de la formulación de un concepto universal tal como emparedado es negada por los seguidores de esta escuela.

Como apéndice para esta disquisición, queda solamente abordar el problema de la nomenclatura utilizada. Se ha optado por el término emparedado por la estrecha relación etimológica que dicha voz lingüística mantiene con la entidad empírica referida. Como participio del verbo ‘emparedar’, el término emparedado refiere directamente a un objeto compuesto por la cantidad mínima de 3 elementos: dos piezas que constituyen el emparedante y una que constituye al emparedando.

Aunque ciertos lingüistas sostienen la naturaleza inexacta y mediata de dicho término, por involucrar un aspecto metafórico, se ha preferido a otras denominaciones tales como sándwich o baguette, pues en tales términos no hay una referencia directa o inmediata a la entidad referida, constituyéndose solamente como resultados contingentes de vicisitudes históricas que no interesan al propósito de esta disquisición.

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Las variedades francesas del croque-monsieur y el croque-madame, así como la italiana mozzarella in carroza, serían para esta corriente entidades incognoscibles cuya esencia sería inaccesible para el sujeto, por la inexplicable mezcla de realidades que dichos platillos implican.

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