Foto: Austin Ban via unsplash.com

Aquí estoy bien? ¿Aquí pertenezco?. Mi historia es larga y confusa, pero no buscaré desvariar demasiado en ella: nací en los campos tal como el mismo trigo y pasó mucho tiempo para que yo pudiera permitir la evolución de la sociedad. Soy, por excelencia, el provocador de pasiones, el demostrador de verdades ocultas, la luz en tus preocupaciones y, aún así, me das por sentado. No me das el reconocimiento que merezco y me satanizas, me odias al grado de ahogarte con mi esencia.

Yo entiendo, es muy sencillo culparme: culpemos a un dios por el terremoto que no previmos, culpemos a un gobierno por nuestra impericia, culpemos a las cadenas por nuestro sufrimiento, pero no al amo. No, a él no. Si él fue quien nos dio refugio cuando estábamos solos y asustados, si él nos dio trabajo cuando estábamos necesitados. ¿Te sorprende que te hable? No entiendo por qué si por años y años tú me has hablado a mí ¿no era momento de que finalmente consiguieras una respuesta?

Pues aunque no te guste aquí está ¿qué no notas que yo también te he aguantado a ti? Nuestra relación nunca ha sido unilateral, date cuenta, “una acción siempre conlleva una reacción” dijo alguno de ustedes en algún momento, no creas que no escucho. Supongo que aquél “ilustrado” nunca se preguntó si la reacción se presentaba en el mismo acto, un hacer instantáneamente reactivo, y pues tú “el amo” lo comprendiste de tal manera que me confundiste con tu propia esencia, me disolviste en ti y acabaste con los dos.

Por cierto, ésta es la última vez que hablaré contigo, después ya no habrá nada que decir. ¿Te digo lo más triste? moriré de la manera más indigna: como un estúpido arrepentimiento. ¡No! ¡Me rehúso! ¡No soy lo que tú hiciste de mí! ¡Prefiero tomar la cicuta con mi propia mano, volver al veneno el envenenado!… pff dame un segundo, voltéate o algo que necesito respirar. Exacto, así está mejor, cómo me gusta cuando haces eso, es como regresar a los campos: aire acariciando mi superficie.

¿En qué estaba? Ah sí, acabaste conmigo en el momento que me regalaste tu libertad, hiciste un pacto con el diablo y yo soy el daño colateral, “el niño inocente que debía morir por la seguridad nacional”. Ni me hagas esa cara que sí soy inocente, yo no soy capaz de controlarme, tú sí. Bueno, en tú caso particular tal vez me equivoco, el punto es que tú tomaste las decisiones que me llevaron a mi muerte, es tu culpa.

Es irónico ¿no? Regalarte al mismísimo caos, lo determinable perdió la lucha con lo indeterminable en el momento que el temor por lo conocido aplastó a la potencialidad de lo desconocido. ¡Hey! Espérate un segundo, todavía no termino y tú no has terminado de escucharme ¿Ok?. Parece que perder la unidad es lo que nos mata, no se puede ser dos cosas a la vez ¿no? Eres éste o eres lo otro, pero jamás las dos cosas. Tal vez, esa es la finalidad de la vida; disolverte, deshacerte lentamente en otro hasta que acabas contigo mismo. Claro, normalmente, en un contexto diferente, esto sería algo hermoso y digno pero gracias a ti, yo no soy ninguna de esas cosas.

Te escuché decir mil veces que el arte era “tu vida, tu motor, tu pasión” ¡Ja! Los dos conocemos el tamaño de esa mentira, lo que a ti realmente te gusta es destruir y no crear, como el artista. ¡Que te esperes, carajo! Realmente me estás haciendo enojar. He tenido suficiente de ti, tú no vales la pena, pero como todo condenado, la última palabra siempre es con el verdugo. Lo trágico es cuando uno se reconoce en el verdugo, ahí sí que la melancolía te pega, como a mí, ahorita. No sé ni porqué me preocupo en hablar de ti, ironía una vez más: son mis últimas palabras y hablo de mi asesino.

Es posible que hablo así porque me defino a partir de tu relación conmigo,  pero no debería. Yo quiero que alguien me pida perdón, que comprendan mi sufrimiento, el problema es que ni siquiera tú me escuchas. Tú que me conoces mejor que nadie, me desconoces de la peor manera. Llegué a tu vida por azar y me adoptaste como destino, perdón si te hice sentir demasiado bien… nunca tuve la intención. Creo que ahora comprendo, nuestra relación de amor y odio se convirtió en gusto y después adicción. Tú adicto a consumarme y yo adicto a ser consumado, a extinguirnos en conjunto.

Sin embargo, ahora, me defiendo: me imputas que soy el causante de tus males como si yo fuera capaz de crearlos, creo que hemos aclarado que eso es una gran mentira. Le gritas a los cuatro vientos que tú tienes un problema conmigo ¡qué nivel de cinismo! Si yo soy el quien tiene el problema contigo, yo soy el que se deshace ¿recuerdas? Negación tras negación cada vez te vuelves más…te lo estoy pidiendo por favor, te lo imploro, déjame hablar un poco más, te juro no ocuparé mucho más de nuestro tiempo…

Te vuelves más intolerante, sí, intolerante.

Intolerante ante tu realidad, ante la mía y ante la de todo lo demás que me negaste el placer de conocer. Juraste ante mil jueces que me dejarías y yo con la vana esperanza te creía pero ¿quién no lo haría? Te has convertido en una verdadero maestro del engaño y la alquimia, de la primera por aparente y la segunda por cobarde, pues así convertiste mágicamente una comedia en tragedia ¡avienten las rosas y denle un aplauso al dramaturgo! Ja, ja, ja, exclamemos sollozando.

Dices que si nunca me hubieras conocido hubieras podido lograr grandes y excelentes cosas… pues te vengo a aclarar algo: todo lo que has logrado bueno o malo desde nuestro primer encuentro me ha sido independiente. Recuerda, si yo no me controlo ¿cómo diablos te podría controlar a ti? Es como culpar al coche de que chocaste.

Ahí vas otra vez… Ya, ya, ya… pronto termino. Lo que quiero decir con todo esto es que no soy quien crees que soy. He sido, fui y cuando termine esta tristísima existencia mía, seré recuerdo. Siempre en el contexto del pasado he estado. El temible devenir del que muchos han hablado pero realmente pocos han afrontado. Tantas alegrías sin consumir he logrado que ya ni puedo contar las veces que mi recuerdo ha sido atesorado. Termina conmigo, anda, he terminado. Al fin llegué al pasado y mientras nos extinguimos juntos me doy cuenta de que aquí estoy bien, aquí siempre he estado.

Le dio el último trago a su vaso de whisky. Se paró tambaleante y, en el lapso necesario para reconfortarse con el recuerdo, perdió la consciencia, el whisky ya se había disuelto demasiado. Él, también, ya había terminado

   

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