Oscar Wilde resulta una de las  figuras más brillantes, exuberantes y originales de la literatura inglesa. Fue a la vez artista excepcional, perspicaz teórico del arte y prominente celebridad y socialité. A diferencia de muchos genios del arte, durante su vida alcanzó tanto el éxito económico, como el reconocimiento social. Sus ingeniosas  e irreverentes comedias teatrales lo consagraron como uno de los principales dramaturgos de su época y su exuberante personalidad y conversación, como uno de sus más afamados dandys.

En su gloria se le relaciona con el esteticismo, la decadencia, el narcisismo y el hedonismo. Se le ve como un artista que encarna sus principios estéticos: alguien que persiguió la belleza sensorial tanto en su vida como en su obra.  Y su trágica caída de gracia- su ingreso en prisión tras ser acusado y  juzgado de sodomía- lo consagra a los ojos de muchos como un individuo completamente divorciado de la moralidad. Pero gran parte de la obra de Wilde traiciona una elocuencia moral indiscutible: desde los cuentos que publica en su apogeo hasta el desgarrador poema The Ballad of Reading Gaol que retrata sus experiencias en prisión, sin mencionar De Profundis, el conmovedor e introspectivo reclamo que dirige a su ex amante, Lord Alfred Douglas.

Wilde resulta  una figura literaria mucho más compleja y enigmática de lo que sugieren muchas de sus consideraciones actuales: es un autor profundamente espiritual a la vez que un esteta consagrado al deleite de sus sentidos. Esta dicotomía se encuentra perfectamente encapsulada en su primera y única novela, El Retrato de Dorian Gray (1891).

Como uno de los principales exponentes del esteticismo inglés del siglo XIX, Wilde adopta el mantra “art for art’s sake”. Considera al arte la pura e inmaculada búsqueda de la belleza, alejada de cualquier utilidad. Esta concepción choca radicalmente con las nociones victorianas que consideran al arte un instrumento de educación moral o cívica. El esteticismo proclama la autonomía del arte, afirmando que la utilidad  lo somete y esclaviza: la inutilidad lo libera.

La publicación y recepción de  El Retrato de Dorian Gray, ilustran particularmente por qué es necesario delimitar la libertad del arte. Antes de su publicación en la revista literaria Lippincott’s Monthly Magazine la novela fue censurada por los editores y tras su publicación, vituperada por los críticos como indecente, ofensiva e inmoral. Wilde revisó y editó la historia para su publicación como libro y escribió un prefacio que funciona como apología de la inutilidad de toda producción artística.

En el prefacio, que desde entonces ha cobrado fama por derecho propio, Wilde defiende que al arte le interesa exclusivamente la creación de obras bellas. El artista puede utilizar entre sus materiales la moralidad, pero  no se somete a ella. La obra de arte, según Wilde, se juzga sólo en tanto que es bella : “Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo” El arte, defiende Wilde, es autónomo y libre para construir cosas bellas en tanto que es inútil. Como conclusión al aforístico prefacio,  afirma socarronamente: “A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.”

Para Wilde, así como para otros proponentes del esteticismo, la búsqueda de la belleza era más que un ideal del arte: debía ser un modo de vida. La vida de Wilde  constituye en muchos sentidos su obra no escrita. El dandy encapsula el ideal del esteticismo como forma de vida puesto que  busca hacer de su vida una obra de arte: lo distingue  su amor por  el arte, la belleza, el placer, el refinamiento y la conversación encantadora. Wilde es tal dandy y Lord Henry Wotton en Dorian Gray lo representa.

El dandy necesita una audiencia para la cual actuar, necesita de espectadores que le contemplen como a una obra de arte bella. Esta dependencia resulta peligrosa puesto que la audiencia puede eventualmente volverse contra él. El público victoriano celebraba a Wilde como un héroe: como gran literato e intrigante socialité. Este mismo público adorador  le abandonó y vituperó tras su juicio y condena por sodomía.

El ascenso y declive de Dorian Gray ilustra perfectamente porqué la noción del esteticismo como estilo de vida generalmente se asocia con la decadencia y el dandysmo. Al principio Dorian disfruta, de la frivolidad y el libertinaje sin recriminaciones. Pero su búsqueda de nuevos placeres y sensaciones lo hunde cada vez más bajo, y ver los cambios y deformaciones de su alma reflejados en su retrato le amarga la existencia y eventualmente torna agrio todo placer:

“En los últimos tiempos ese placer había desaparecido. El cuadro le impedía dormir. Cuando salía de viaje, le horrorizaba la posibilidad de que lo contemplasen otros ojos. Teñía de melancolía sus pasiones. Su simple recuerdo echaba a perder muchos momentos de alegría. Había sido para él algo así como su conciencia. Sí. Había sido su conciencia. Lo destruiría.”

La apología de la autonomía del arte que acompaña a Dorian Gray como prefacio resulta curiosa, pues la novela es indiscutiblemente moral. La historia de Dorian no es una en la que el goce del placer estético le alcance la felicidad mediante una vida rendida al hedonismo y a la ausencia de restricciones morales. Su historia- de caída y corrupción moral -entraña una advertencia de las consecuencias de una vida entregada exclusivamente al goce y los placeres.

Como un nuevo Fausto, a cambio de la eterna belleza y juventud, Dorian paga la pudrición de su alma. Se consagra al estilo de vida que le sugieren las teorías estéticas de Lord Henry pero al hacerlo pervierte su alma poco a poco. Y lo sabe, en un momento introspectivo reconoce las faltas que ha cometido en pos de las delicias y el encanto de los sentidos:

“Sabía que estaba manchado, que había llenado su espíritu de corrupción y alimentado de horrores su imaginación; que había ejercido una influencia nefasta sobre otros, y que había experimentado, al hacerlo, un júbilo incalificable; y que, de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, había hundido en el deshonor precisamente las más bellas, las más prometedoras.”

Llega a asesinar a su amigo el pintor Basil Hallward puesto que ha visto lo grotesco de su alma reflejado en la pintura y eventualmente se destruye a sí mismo en un afán de librarse de su conciencia.

Es tal la paradoja de El retrato de Dorian Gray: el autor utiliza la novela como bandera para defender la independencia del arte frente a la moralidad, pero resulta en sí misma una historia con una terrible y clara lección moral. Parecería en primera instancia defender los ideales del dandy y  el esteticismo como estilo de vida… En lugar de esto nos ofrece un terrorífico recuento de las consecuencias de vivir una vida entregada exclusivamente a los placeres sensoriales.

¿Es que Wilde estaba negando sus principios estéticos y su propio estilo de vida al concluir la obra con una funesta moraleja? No necesariamente. A mi juicio el esteticismo de Wilde no resulta tan extremo (en el sentido que se separa absolutamente de la ética) como expresa el aforístico prefacio de Dorian Gray. Lo que Wilde desprecia es el arte que es obviamente didáctico, pero como ser humano no puede evitar ser moral.

Dorian Gray no resulta una fábula con moraleja simplista que predica determinadas lecciones, pero si presenta un bello, elocuente y artístico retrato de la monstruosidad que decae  al hombre en la ausencia de espiritualidad  y respeto por la vida humana.

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